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Homilía en la Apertura del Gran Jubileo del Año 2000

Santa Iglesia Catedral de Córdoba

Fecha: 25/12/1999. Publicado en: Boletín Oficial de la Diócesis de Córdoba, VII-XII de 1999. Pág. 91



Hemos visto su gloria como acaba de proclamar el evangelio que hemos escuchado.

A Dios nadie le ha visto jamás, sin embargo, porque Dios se ha implicado en nuestra historia y en nuestra carne, podemos decir, como el apóstol San Juan, "lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos oído con nuestros oídos, lo que nuestras manos han tocado, el Verbo de la vida que estaba en el Padre se nos ha manifestado", porque el Verbo de Dios se ha hecho carne. Y al hacerse carne ha unido toda carne, como dice y recuerda cogiéndolo de la tradición cristiana el Concilio, por la encarnación del Verbo el Hijo de Dios se ha unido en cierto modo con todo hombre, con toda la humanidad. Esa es la clave de toda la historia humana. Ese es el centro de toda la realidad. Eso es lo que hace que la realidad -y cuando digo la realidad digo también la vida- , que la vida, no sea algo banal, sin significado. Ese es el hecho que llena de sentido nacer, vivir, amar, trabajar, enfermar, morir. Ese es el hecho que llena toda nuestra existencia de una certeza, de una verdad, de una esperanza  grandes que nada ni nadie puede destruir. Eso es lo que justifica que celebremos, quienes conocemos a Jesucristo, con tanto gozo y con tanta alegría y deseo de reunirnos en torno al que es Vicario de Cristo en la tierra y, en cada diócesis, al sucesor de los apóstoles para proclamar como un solo cuerpo, como una sola realidad, como un solo espíritu la gloria de Dios que hemos visto y cuyos efectos transformadores hemos experimentado en nuestra propia vida; cuya capacidad de sostener una alegría y una gratitud verdaderas son el fundamento más sólido, más auténtico, más inamovible de nuestra fe.

Pero celebrar el Jubileo no es simplemente añadir unos actos de culto al programa del año, en absoluto. Si lo comprendiéramos así nos perderíamos lo mejor de esta celebración. Igual que celebrar la Navidad no es recordar y alegrarnos por algo que le pasó a María y a José y a los pastores y a los reyes y a aquellos que tuvieron la suerte de estar cerca de Jesús. Celebrar la Navidad es celebrar la esperanza viva que hay, porque Cristo vive,  para cada uno de nosotros, la razón por la que nuestra vida tiene un significado auténtico sobre el cual se puede construir una humanidad verdadera, sobre el cual podemos construir nuestra casa de hombres, nuestro mundo, nuestra tierra. Lo mismo, celebrar el Jubileo no es celebrar un acontecimiento ajeno a nuestra existencia de hombres y de mujeres de este momento de nuestra historia, de este momento cultural concreto. Celebrar el Jubileo es celebrar que la vida humana, que cada persona humana, porque Cristo ha nacido, tiene un valor.

Yo sé que poner este énfasis en el centro del Jubileo supone probablemente cambiar no pocas perspectivas de nuestra experiencia de la Fe. No porque estuvieran equivocadas, en absoluto, sino porque hemos perdido el gusto por ciertas dimensiones. Y es la pérdida de esas dimensiones la que ha generado en nuestro mundo tanta increencia, y tanta falta de esperanza como consecuencia de la increencia, tanta confusión en el hombre sobre qué es la vida, qué es el matrimonio, qué es la familia, qué es la vida social, qué es el trabajo, qué es una persona humana y para qué estamos aquí.

Celebrar el Jubileo, recordar que Cristo es el fundamento único de la dignidad de la persona humana, es justamente recuperar en la mirada ese aspecto central de la Fe. Cuántas veces me habéis oído recordar esas pa-labras del Papa: "el estupor ante la dignidad de la persona humana se llama Evangelio, se llama también cristianismo". Fuera de eso el cristianismo no es más que una rutina de rituales y de normas que son incapaces de conmover el corazón humano. Y por eso el Papa nos invita a esta celebración para que se haga de un modo mucho más consciente en nosotros cristianos, que la mirada esté cada vez más puesta en el Misterio en el que Dios se nos ha revelado, con más afecto, que esté más en el centro de nuestra preocupación como cristianos y en el centro de nuestra preocupación como Iglesia justamente el hombre, la persona, el hombre concreto, su vida concreta, su realidad concreta, su dignidad manchada, pisoteada cada día, la nuestra y la de hermanos y amigos nuestros, generando cada vez más en medio de la abundancia de bienes de este mundo más desesperanza, más amargura, más violencia.

El Jubileo de este año es celebrar a Jesucristo: ¡2000 años de Gracia para el hombre! Pero lo que viene inmediatamente después, lo que significa esa Gracia es justamente la grandeza del hombre, la grandeza de cada persona, porque es persona y no por el puesto social que ocupa, no por la misión que tiene que realizar en la sociedad humana. Porque es persona, cada hombre y cada mujer está llamado a ser hijo de Dios y posee ya en sí mismo esa realidad grande de la imagen de Dios, del sello de lo infinito, del sello del Misterio. Por eso el Santo Padre en las celebraciones jubilares, y esto es una novedad absoluta en la historia de los jubileos, ha querido que el hombre aparezca como un lugar de peregrinación porque es imagen de Cristo y está llamado a ser sagrario de Cristo. Si supiéramos mirar al hombre con ojos cristianos, si no hubiéramos perdido nosotros mismos de tal manera nuestra fe... El hombre: hay un modo de tratarlo, hay un modo de mirarlo lleno de sorpresa, que es la primera consecuencia de la Fe en Jesucristo, y hay un modo de amarlo.

Se puede por lo tanto celebrar el Jubileo, y el Papa nos lo ha recordado precisamente para recordarnos esta dimensión humana de la Redención, acudiendo al pobre, visitando al enfermo, dedicando parte de nuestro tiempo a cuidar a Cristo presente en la imagen humana más pobre, más humilde, más deteriorada. Y eso nos ayudará a recuperar el valor de nuestra Fe.

Ese camino, que el Papa ha recordado tantas veces, es el camino de la Iglesia: el camino de la Iglesia es el hombre, el camino del tercer milenio es el hombre. La celebración de este Jubileo tendrá su sello más auténtico si volvemos a descubrir que creer en Jesucristo es afirmar con todo nuestro corazón, con todas nuestras fuerzas, y decidirnos a luchar con todo nuestro corazón y con todas nuestras fuerzas por la dignidad de cada persona humana desde el momento de la concepción, y por lo tanto, desde la más inocente de todas las víctimas que es el niño no nacido en el seno de su madre, hasta su muerte natural, hasta esos ancianos que aparcamos en residencias para que la vida pueda ser normal para los demás.

Hemos de redescubrir que eso forma parte de nuestra Fe, que eso no es un añadido, que es la entraña misma. Si no, creer en Jesucristo no tendría nada que celebrar. Y  así claro que podemos alegrarnos. Por eso el Evangelio es buena noticia: porque es buena noticia para nosotros, para la vida de los hombres.

En tres puntos quisiera subrayar en qué sentido el Evangelio es buena noticia, en qué sentido el Jubileo nos abre un horizonte de recuperación de nuestra Fe y de recuperación del Espíritu misionero frente a lo que se nos dice por activa y por pasiva en el mundo, hasta tal punto de que nosotros mismos, sin darnos cuenta muchas veces, llegamos a creerlo.

Conocer a Jesucristo, y por lo tanto afirmar la verdad del hombre, le da al hombre la posibilidad de vivir en la verdad y de usar adecuadamente su razón. Se nos dice constantemente que la Fe es una cosa para personas que no tienen estudios, para personas que no han descubierto que el mundo hoy lo domina la ciencia. ¡Dios mío! Y toda esa ciencia va dejando cada vez al hombre más solo consigo mismo, más confuso, más incapaz de responder a las preguntas más auténticas de su vida, a las preguntas que nacen de lo más profundo de su corazón. Y en cambio, la Fe de la persona más sencilla contiene lo único esencial: saber quién es, saber quién soy, qué valor tiene mi vida. Eso no lo responden los libros de textos de las escuelas hoy, ni las universidades. Lo responde Jesucristo. ¿Y qué es lo que más necesita uno en la vida? ¿Qué es cultura? Decía un maestro muy anciano de un pueblo vasco muy lejos de aquí: cultura es saber quién es uno, de dónde viene y a dónde va. Quien tiene respuesta a eso está equipado para la vida. Y quien puede saber mil cosas sobre la fisión y la fusión del átomo y sobre la composición de las más complicadas moléculas y de las partes de los más complicados elementos de la realidad y no sabe para qué está en esta vida, no deja de ser un hombre ignorante sobre lo único que importa, sobre lo que más importa. La Fe nos da un conocimiento sobre la vida cuyo único nombre adecuado es sabiduría: la Fe nos da sabiduría. Conocer a Jesucristo nos da sabiduría sobre lo único importante en la vida: conocer quién es el hombre, quién soy yo, quién eres tú, qué es el amor humano, qué es la vida, qué es la muerte, qué es el dolor, de dónde viene, qué esperanza puede tener un hombre, qué esperanza puede tener un matrimonio, qué esperanza puede tener un niño el primer día que nace. Qué esperanza… ¿o todo es un juego?, ¿o todo es una diversión vacía? La Fe nos da conocimiento y nos permite usar la razón, nos permite mirar la vida, mirar las cosas, mirar sobre todo al ser humano con una mirada nueva, llena de verdad, llena de capacidad de reconocer la verdad que hay en cada cosa, la verdad que hay en cada persona, la verdad, sobre todo, de la misma persona humana y para poder tratar a cada uno según esa verdad. Y eso, mis queridos hermanos, no es un añadido. Eso es la Fe cristiana. No hay otra.

La libertad. La razón y la libertad: capacidad para conocer la verdad y capacidad para adherirse a ella. En el mundo en que vivimos la palabra li-bertad nos llena la boca a todas  horas, pero cada vez es más mentiroso el uso de esa pa-labra. Cada vez la libertad se identifica más con poder comprar y elegir entre veintiocho clases de productos casi idénticos pero de colores distintos. Y cada vez más la sociedad en la que vivimos nos hace esclavos, aunque sea esclavos del mercado o esclavos del consumo, precisamente porque deja sin respuesta la identidad de lo que somos. La celebración de nuestra Fe es una celebración alegre porque en el nacimiento de Cristo está el alba, el despuntar de la libertad de los hombres. No ha existido en la historia humana, a pesar de todos los defectos y los errores y los pecados de quienes hemos formado la Iglesia, un pueblo ni una cultura en la que haya resplandecido de un modo semejante la dignidad y la libertad de los hombres, un lugar donde los hombres sean libres, donde los hombres sean capaces de dar su vida, alegremente, precisamente porque saben el valor de esa vida y porque saben que disponen de ella, que nadie dispone de ella más que Dios que la ha dado por amor. Y eso es lo que hace a los hombres libres, no el poder elegir entre veinticuatro productos todos iguales incapaces de responder al corazón del hombre. La libertad es no depender de la suerte porque sé quién soy y me adhiero a la verdad de lo que soy. Y quién soy me lo dices Tú, Señor. La libertad es justamente tener conciencia de que mi vida es infinitamente valiosa por el amor del que soy objeto sean cuales sean las circunstancias de mi vida: desde el niño enfermo o con una parálisis cerebral hasta el anciano. Allí está la imagen de Cristo. Y ese niño, esa persona, es amada por Cristo con un amor único. Y ese es el valor de su vida. Cuando yo sé que mi vida vale eso, nadie me da nada. La libertad no nos la dan ni las leyes, ni los políticos, ni la sociedad. Un pueblo de cristianos es un pueblo de hombres libres porque tiene conciencia del valor de la vida de cada uno: cada uno de la suya, y cada uno de la de los demás. Y defiende no sólo sus derechos (eso también es muy común: defender mis derechos y luego de los demás nada), el cristiano defiende, tanto y más que los suyos, la libertad de los otros, incluso de quien no es cristiano, porque defiende la libertad de la persona, porque defiende a la persona con una dignidad única.

Y el tercer punto sería la capacidad de amar. La razón y la libertad, la inteligencia y la libertad son como estructuras que componen esa imagen de Dios precisamente para que podamos amar. Y también de nuevo en un mundo sin Fe el hombre se muestra cada vez más incapaz de amar la vida, de amar a los demás, de amarse a sí mismo de una manera verdadera, de querer la vida. Es evidente que a nuestro mundo le falta esa capacidad de querer. Una boda maravillosa… y dice uno ¿cuánto durará?, ¿cuánto durará ese amor? Uno habla con las personas y ve cómo cada vez más la vida se convierte para los hombres en una losa que tienen que llevar penosamente. Yo decía anoche que hace sólo dos días me comunicaron que se había hecho pública la tasa de natalidad en España: 1.07. Y esa realidad es el suicidio de un pueblo. No necesitamos terroristas que nos asesinen, nos estamos matando nosotros solos por falta de esperanza, por falta de capacidad de amar la vida, porque donde no está Cristo al final la vida no es amable. Uno no tiene energías ni para amar la vida, ni para amar nada de una manera duradera y estable, ni para comunicarla a nadie, porque uno no quiere comunicar algo que experimenta como un peso y como un mal.

La capacidad de amar. La capacidad de amar hasta perdonar sin límite, como Dios nos perdona. La capacidad de una misericordia, que no significa más que un afecto que nada puede romper, reflejo del amor y del afecto con el que Dios nos ama a cada uno, es otro fruto de la Encarnación del Verbo. ¿Cómo no vamos a celebrarlo? Seríamos verdaderamente imbéciles en el sentido más hondo de la palabra. ¿Cómo no vamos a celebrar que Cristo ha nacido? ¿Cómo no vamos a celebrar que desde hace 2000 años y hasta nosotros, no porque seamos mejores que nadie, tenemos la posibilidad de vivir de un modo que es el que todo ser humano desea? ¿Cómo no vamos a celebrarlo? Pero repito, esa celebración tiene que ser, y el Papa nos lo ha recordado en la Bula de convocatoria y en los pasajes que hemos leído, de alguna manera una ocasión de purificar nuestra Fe, de purificar nuestra memoria. ¡Claro que en nuestra propia historia pesan mucho nuestras debi-lidades y nuestros pecados! Si me dejáis, yo en este momento de inauguración del Jubileo y como Pastor de la Iglesia, y en cierto modo ante Dios, y sin cierto modo, ante Dios, representante suya, dejadme pedir perdón por todas las ocasiones en las que nosotros hemos ocultado el rostro de Cristo, como decía el Concilio, en lugar de desvelarlo; por las veces que hemos reducido la Fe a una rutina vacía; por las veces en que nosotros, cristianos y quizás sobre todo sacerdotes, hemos utilizado la Fe en beneficio propio, para nosotros mismos, como una ocasión de provecho o de ambición personal y hemos escandalizado a quienes buscaban sinceramente a Dios. Dejadme pedir perdón por todas las veces que los cristianos hemos usado la Fe como un arma contra nuestros hermanos, como se usan las ideologías, o como luchan entre sí los poderes de este mundo, en lugar de anunciar con transparencia la buena noticia de Jesucristo para los hombres. Por todas las veces que nuestros pecados han sido motivo de escándalo. Pido perdón por los míos, por los de todos nosotros, sacerdotes, y por los de todo el pueblo cristiano. Pero al mismo tiempo que pedimos ese perdón, y sin ningún tipo de escándalo porque a nosotros el pecado no nos escandaliza porque conocemos la misericordia de Dios, dejadme decir que la celebración del Jubileo tiene que ser el comienzo, es, puede ser, si escuchamos la voz de Dios, el comienzo de un camino nuevo lleno de esperanza para los hombres y para el mundo con tal de que nosotros nos dejemos realmente, verdaderamente, tocar por la Gracia de Cristo y por la voz de la Iglesia que nos llama a redescubrir esas dimensiones de la Fe por nosotros perdidas. Que sea la nueva evangelización esa proclamación de la dignidad del hombre, esa afirmación constante de la dignidad de todo hombre, de toda mujer, para que pueda ser nuestro Evangelio, de nuevo, buena noticia para cada uno.

Vamos a dar gracias en esta Eucaristía y a suplicarle humildemente al Señor que Él elimine los obstáculos que hay en nuestro corazón y nos dé la sencillez, la generosidad y el deseo de andar por este camino que es el camino del Verbo encarnado, que es el camino de Dios, que es el camino de la Eucaristía si entendiéramos lo que significa la Eucaristía y que es, no puede ser otro, el camino del hombre, en su existencia concreta, salvado, amado, redimido, abrazado por el amor infinito del Verbo que hemos conocido en Navidad.

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