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Homilía en el Jubileo de los Enfermos

Santa Iglesia Catedral de Córdoba

Fecha: 28/05/2000. Publicado en: Boletín Oficial de la Diócesis de Córdoba, I-VI de 2000. Pág. 289



Queridos hermanos sacerdotes, queridos enfermos, queridos hermanos y amigos:

La enfermedad, la muerte, son dos realidades que marcan la vida humana, y que ponen de manifiesto, que la vida no es nuestra, que la vida nos ha sido dada; y nos ha sido dada como un camino para acercarnos a Aquél, que es la fuente y la meta de toda vida. La muerte, y esa especie de anticipo de la muerte que nos acompaña a lo largo de la vida, que es el dolor y la enfermedad, son frutos de la condición humana herida por el pecado, y eso hace que ante la enfermedad o la muerte nuestra conciencia se ofusque, se pregunte; no perciba ese camino que nos conduce a la Casa del Padre, sino sencillamente algo que nos arranca de algo que es nuestro, que pensamos que es nuestro, que es la vida.

Siempre sería extraño decir: bueno, si la muerte y la enfermedad y el dolor, son realidades tan duras para la vida, ¿cómo podemos nosotros celebrar el Jubileo?, ¿cómo podemos cantar, como hemos cantado hace un momento: Aleluya, es decir, alabad al Señor?, ¿cómo podemos dar gracias a Dios por todo lo que Él nos da, cuando nuestra vida, a lo mejor, está marcada por el sufrimiento, por el dolor, o por la proximidad inexorable de la muerte? Y sin embargo, nada más razonable, nada más bueno, nada más acorde a la verdad de lo que somos, que poder dar gracias a Dios. ¿Porqué las damos por la enfermedad? No, no es Dios quien envía la enfermedad. La enfermedad forma parte de nuestra naturaleza, y el modo de vivirla, tal como los hombres hoy la vivimos, como la podemos vivir, es fruto del pecado, que nos ha oscurecido la meta de nuestro viaje. ¿Por qué entonces damos gracias a Dios? Pues, precisamente, por el hecho de que en nuestra vida, hemos conocido a Jesucristo; porque nos hemos encontrado con Él; porque sabemos que Él ha vencido al pecado, al dolor y a la muerte en su propia Pasión y muerte, en una carne semejante a la nuestra en todo, menos en el pecado.

Nosotros no podemos vivir la enfermedad como la vive quien no tiene fe. Quien no tiene fe, quien no conoce a Dios, quien no ha encontrado a Jesucristo, no puede afirmar como afirmamos los cristianos en el Credo: “Creo en el perdón de los pecados; creo en la resurrección de la carne y en la vida eterna”, porque no tiene más que esta vida para vivirla; no tiene más que las alegrías, pocas o muchas que pueda dar esta vida. Y las alegrías de esta vida duran poco, porque más tarde o más temprano todos nos acercamos a la molesta y fatigosa vejez; más tarde o más temprano a todos los hombres se nos acaba la salud; más tarde o más temprano todos tenemos que afrontar la separación de nuestros seres queridos, de un modo o de otro. Quien no tiene por tanto fe, y por lo tanto sólo puede contar con esta vida, no tiene más lugar donde poner su esperanza que en el recuerdo nostálgico de momentos de felicidad que uno vive, y que inexorablemente también, uno va situando a medida que avanza la vida en el pasado; momentos bellos de juventud: el día en que, quienes han vivido un matrimonio lleno de amor, se conocieron como esposos; el nacimiento de los hijos. Pero tener que vivir la vida sin poder afirmar esa esperanza en la vida eterna, en la resurrección de la carne, en el perdón de los pecados, es vivir la vida inevitablemente como si la vida, fuera una carga penosa.

No es por lo tanto por eso, por lo que nosotros damos gracias. Damos gracias porque siendo la vida así, y porque viviendo muchos de vosotros, y más tarde o más temprano todos, esta experiencia de la debilidad y de la fragilidad humana; en esa fragilidad, Dios se ha acercado a nosotros; y Dios se ha acercado a nosotros y se ha unido a nosotros a través de Jesucristo, su Hijo, a quien muchos de vosotros recibiréis, o recibiremos dentro de un momento en la Eucaristía. Y Dios se nos acerca, se une a nosotros para comunicarnos su amor, su Espíritu, su fortaleza; para sembrar en nuestra mente la esperanza de que por muy pesada que pueda hacerse la vida, cuando ya está marcada por la enfermedad, o por muy dura que pueda ser para el hombre la necesidad de afrontar la muerte, sin embargo, ni el dolor, ni la enfermedad, ni la muerte son lo determinante, lo último y lo definitivo en nuestra vida. Hay ya en ella, algo más grande, que es el amor con el que somos amados; el amor que nos ha dado la vida, y el amor que ha hecho una alianza con nosotros para prometernos la vida eterna, es decir, que nada de lo que hay de verdadero, de bueno y de bello en nuestra vida; que nada de lo que en nuestra experiencia humana proviene de Dios y es de Dios: el amor, la verdad, nuestro propio ser de personas y hasta nuestra carne, están destinados simplemente a deshacerse en el polvo, y a ser olvidados después de una generación o dos, porque nadie los ha conocido, sino que nuestro destino es participar para siempre de la vida eterna de Dios, de la vida inmortal de Dios; que aunque nuestra morada terrena se deshace, y se deshace nuestro cuerpo, como dice el texto litúrgico, tú, que eres tú, y que soy yo, somos amados por Dios de una manera que la muerte no tiene el poder de destruir. El Dios que te ha dado la vida y que te ama, ese mismo Dios, te ha prometido, te ha asegurado, te dice, que Él está contigo, y que el destino, no es la muerte sino la participación para siempre de su vida feliz e inmortal; y eso es lo que cantamos. Cantamos esa certeza de que nuestra única esperanza no tiene que ser ir matando los días poco a poco, de forma que aguantemos lo mejor posible este deshacerse de nuestro cuerpo, el dolor que lleva consigo, o la soledad que acompaña la vejez.

Damos gracias porque en esa experiencia está siempre el Señor con nosotros; porque en esa experiencia conocemos el amor de Dios; porque en esa experiencia, conocemos también, muchas veces, el valor real de las cosas en las que hemos puesto nuestra esperanza: la belleza, la juventud, la fuerza, las cualidades, la inteligencia, todo, dones de Dios y buenos; pero que sin embargo, no son el objeto de nuestra felicidad, o de nuestra esperanza; porque la vida pasa, y a medida que pasa la vida, de todas esas cosas nos hemos de desprender. Sólo Dios permanece para siempre, y sólo poniendo la vida en Dios, se puede afrontar la vida, la enfermedad, la muerte, sin que ese pensamiento destruya; sólo desde Dios se puede afrontar la vida, la enfermedad y la muerte, pudiendo mirarlos de frente, sin tener que esconderlas de la conciencia, sin temor, sin el pánico y la desesperanza que generan a quien no conoce más que lo que ha podido obtener de este trocito de vida. Y eso es por lo que uno da gracias a Dios.

Damos gracias por Jesucristo, por el don de Jesucristo, y por la fe, y la esperanza y el amor, que nacen de Jesucristo. Damos gracias porque la fe en Jesucristo, su conocimiento, nos permiten vivir la enfermedad de un modo distinto; hasta la soledad, esa soledad espantosa y humanamente durísima, que significa, a veces, en la ancianidad, el abandono de los seres más queridos, a veces de los hijos; esa soledad de un corazón que tiene necesidad de cariño, y que no lo encuentra en este mundo; y cuando uno ha encontrado a Jesucristo, es posible vivir, vivir la vida, vivir la enfermedad, afrontar la muerte de un modo en el que uno nunca está solo. Quienes estáis aquí, seguramente, tenéis experiencia de ello; y no sólo porque tengáis una idea, sino porque, seguramente, si tenéis cristianos cerca, si participáis de la vida de la Iglesia, tenéis personas a vuestro lado que os hacen carnal, tangible, cercana, esa misericordia infinita de Dios, esa ternura, y ese amor gratuito de Dios.

Claro que tenemos motivos para dar gracias: por Jesucristo, por la esperanza que Jesucristo pone; no por el dolor o la enfermedad que se llevan como se puede, sino porque en el dolor, en la enfermedad, y ni siquiera en la muerte está solo un cristiano. Hay un texto en la carta a los Tesalonicenses, en el que San Pablo expresa: “Ni siquiera en la muerte el cristiano está solo”. Un cristiano muere de la mano de Jesús; allí, ni siquiera donde los seres más queridos te pueden acompañar, allí te puede acompañar el Hijo de Dios, que te ha dado la vida, que te la ha dado para hacerte hijo, y que como hermano, te acompaña a la Casa del Padre, nos acompaña a la Casa del Padre. Y eso es un motivo de gratitud inmensa: la vida entera, la salud, todos los bienes de este mundo, no sirven para nada si a uno le falta esa esperanza. Lo decía también el Señor: “de qué le sirve a uno conseguir el mundo entero, si pierde su vida, si malogra su alma”. ¿De qué nos sirven las cosas de este mundo si tenemos que abandonarlas?, ¿de qué nos sirve lo más bello: la belleza de la amistad, la belleza del amor, si todo eso está destinado a ser nada más que cenizas?. En cambio, Jesucristo, abre en nuestro corazón un horizonte nuevo. No, vuestro amor de esposos, vuestro amor de padres, nada de lo que participa del amor de Dios y del ser de Dios, está destinado a la muerte. Se deshace nuestro cuerpo, pero el Señor hará una creación nueva de nosotros mismos, y encontraremos un día, a nuestros seres queridos, en un lugar en donde “ya no habrá llanto, ni dolor y el Señor mismo, enjugará las lágrimas de nuestros ojos”.

Yo os invito, hermanos, sobre todo a los enfermos, a que no os cerréis esta puerta de alegría y de esperanza; que sepáis que Jesucristo está siempre con vosotros, que sepáis que el Señor os acompaña permanentemente, más que a nadie, porque tenéis más necesidad de ese amor; porque estáis más desvalidos ante la vida, y porque el corazón, en ese desvalimiento, se purifica de tantas cosas para darse cuenta de que, lo único que importa, el único que puede realmente salvarnos y darnos la vida, es Dios; y en ese momento, Dios está más cerca, aunque vosotros no os deis cuenta; aunque pueda haber momentos en los que el dolor sea tan fuerte que uno no tenga ni ganas de rezar, ni posibilidad, a lo mejor, de acordarse del Señor. Pero, sabed, que el Señor está a vuestro lado; sabedlo antes; luego, cuando llegue el momento, si hay que gritar, gritáis; pero sabedlo antes, para que podáis saber que al Señor no le ofende ese grito, y que Él está a vuestro lado, también en ese grito; también en ese dolor, que hace imposible, a lo mejor, la tranquilidad o las energías físicas para pronunciar una oración; que Jesucristo, que ha derramado su sangre por vosotros, que os ha hecho hijos de Dios por el Bautismo y la Confirmación, está siempre con vosotros; nosotros somos todos miembros de su Cuerpo, parte suya; Él es nuestra cabeza, estamos unidos a Él, por los lazos de la gracia, por el don y la participación del mismo Espíritu Santo, que une al Hijo de Dios con su Padre.

Que cuando llegue la enfermedad, el Señor nos conceda vivir conscientes de la compañía, de la ternura y de la misericordia de Cristo. Que el Señor os conceda a vosotros, quienes estáis hoy en la enfermedad, la fortaleza de esa compañía; la seguridad de su amor, de su misericordia, y la esperanza de la vida eterna.

Cuando uno comprende eso, hay otra dimensión que el Señor abre a algunas personas; y es que cuando uno se da cuenta, de cómo el amor de Dios se ha unido a nuestro dolor en la Pasión de Cristo, es cuando uno experimenta la gratitud, el bien que Jesucristo significa en la vida. Entonces, uno desea compartir con Él ese amor por todos los hombres, y no sólo se afronta con libertad el dolor, o la enfermedad, sino que uno da gracias por ello; y uno la ofrece como vamos a ofrecer ahora el Pan y el Vino en la Eucaristía; la ofrece como un don pobre, de lo que uno es, mendigo, pobre; y lo pone junto al Señor para que el Señor haga de ese dolor parte de su Pasión, parte de su dolor para el bien del mundo, y para el bien de los hombres. Y os aseguro que cuando el Señor le da a uno intuir un poquito de esa experiencia; que cuando el Señor nos concede poder vivir la enfermedad así, ofreciéndola junto a la cruz de Cristo, poniéndola junto a la cruz de Cristo, como un gesto de amor y de gratitud por la redención de Cristo, y para bien de los hombres; cuando uno ofrece el dolor que uno tiene, y repito, cuando uno está en la cumbre del dolor, o cuando uno está ya sin energías, y a lo mejor el corazón no tiene la capacidad de hacer ese ofrecimiento, uno lo ofrece antes. Decía un sacerdote santo, a quien yo he conocido, que las cruces de verdad, que todos nos encontramos en la vida, se ofrecen antes de que lleguen, y luego se pasan como se puede, que Dios sabe de nuestro dolor, ¿no?. Ofrecer antes de que llegue, ofreced hoy, por ejemplo, en este día jubilar nuestro dolor al Señor, nuestras fatigas, nuestros achaques, nuestras soledades, nuestras miserias, hasta nuestras debilidades humanas, ¿no?, nuestras quejas; ponedlo todo junto al pan y el vino en el altar, para que el Señor consagre ese sufrimiento, y ese dolor, y la Pasión de Cristo sea enriquecida con la pasión de aquellos que sois sus miembros, sus hermanos, parte de su Cuerpo, unidos a Él por el Espíritu Santo y por el Bautismo. Cuando el Señor le da a uno la posibilidad de comprender algo de este misterio de la Pasión, este hecho luminoso del amor infinito de Dios por el hombre, entonces la enfermedad se convierte en un tesoro; y no os estoy dando ideas, os estoy dando cosas que he visto con mis ojos, y personas que he conocido con mis manos. Recuerdo a una mujer, enferma de artrosis deformante, que tenía que llevar, porque ya no podía andar, una sillita de ruedas y unas botas ortopédicas que producían un dolor que casi le impedían hablar; y ya no había calmantes que calmaran ese dolor. Y visitándola, le dije: “¿tú le ofreces tus sufrimientos al Señor por esas botas?”, y me contestó: “¡Ay, Padre!, no entiende usted nada; ¡si usted supiera qué agradecida estoy a esas botas!, ¡si usted supiera cuánto amor pasa por ellas para Jesucristo y para el mundo!”. Y lo decía sonriendo, con una mirada limpia, de estas transparentes que uno reconoce, llenas de paz y de alegría.

Que algo tan terrible y tan destructivo como el dolor pueda convertirse en un motivo de alegría y de gratitud, eso es un tesoro; eso sí que es un misterio; pero es al mismo tiempo un signo de Dios; un signo de cómo Dios actúa en nuestra vida, de cómo es verdad que Dios hace milagros en el hombre; de cómo su gracia cambia el corazón. Yo le he pedido muchas veces al Señor desde que sucedió aquello, no hace muchos años, poder vivir así; muchas veces le he pedido al Señor: Señor, que el día que me toque a mí la enfermedad, que el día que me toque a mí la vejez, o los achaques, o el sufrimiento, que me des tu gracia, de forma que pueda vivirlo como aquella mujer lo vivía: con la misma libertad, con la misma alegría en el corazón, con la misma paz en el alma, y con la misma transparencia y verdad en la mirada. Es una gracia, y uno la pide, y si queréis, hoy, la pedimos para todos los que estáis aquí.

Los que estáis aquí sois como una representación pequeña de todo el inmenso sufrimiento que hay en las familias y en las vidas de tantos enfermos. No hay familia en la que no haya alguien, porque a todos nos toca; no hay familia en la que no haya una situación, bien sea de ancianidad, o de enfermedad, a veces de jóvenes, o de niños ¿no?. ¡Dios mío!, que el Señor pueda aproximarse a cada uno de los enfermos para que puedan vivir con paz, con alegría, su enfermedad; sobre todo, para que nunca se sientan solos; para que puedan saber, que Dios no los abandona jamás, y si Dios quiere, para que puedan ofrecerle ese dolor, de forma que la Redención de Cristo pueda llegar a los hombres; que el Amor de Cristo pueda transparentarse en sus vidas como se transparentaba en aquella mujer que yo encontré.

Esa es nuestra súplica de hoy, y para fortaleceros en vuestra enfermedad, celebramos el Sacramento de la Unción de los enfermos, que tiene ese significado fundamentalmente: suplicarle al Señor, que si Él quiere, os dé la salud; pero sobre todo, que os dé su Espíritu, que es el bien más grande, para que con salud, o con enfermedad, podáis vivir conscientes de que nunca estáis solos, y de que Cristo está con vosotros; de que Cristo está con nosotros, y no nos abandona nunca.

Sólo hay dos cosas que no quisiera dejar de deciros. Una, que nunca atribuyáis vuestro dolor como a una venganza de Dios, o como a un enfado de Dios. Yo sé que es humano que pensemos así, y que es humano que pensemos, que nos imaginemos a Dios de esta manera; pero ese Dios, no es Dios. Es tan pequeñito, es tan parecido a nosotros... El mal de nuestra vida no nace de Dios. Nunca penséis que si estáis sufriendo es porque Dios os ha castigado, o por algo que hicisteis mal. Todos hemos hecho cosas malas en la vida, todos, sin excepción. El justo, decía un salmo, peca siete veces. No hay ser humano, que no tenga miles de cosas por las que pedir perdón. Pero Dios no castiga, y si castigara, Dios no castigaría de este modo; es el mal que hacemos el que nos castiga; pero Dios no envía el dolor, Dios no envía el sufrimiento. Dios no es la causa de la enfermedad, o de la muerte, en absoluto, nunca: Dios no es así, Dios cura. Donde Dios está, pone paz; donde Dios está, pone esperanza; donde Dios está, pone misericordia. No os imaginéis a Dios como si fuera un hombre mezquino, igual que lo somos nosotros.

 Y la segunda cosa que yo quisiera deciros en relación con la enfermedad, también como un pensamiento, sobre todo para las personas ancianas, es que no caigáis en la tentación de decir: “Señor, si ya no sirvo para nada.”. Cuando el dolor se hace muy fuerte, o muy largo, o cuando uno se da cuenta de que el propio dolor altera la vida de los demás porque tienen que estar pendientes de mí; o porque tienen que estar cuidándome permanentemente, y no pueden salir a la calle, o no pueden hacer su vida, y supone un sacrificio para las personas que están alrededor, a uno le viene la tentación de decir: “Señor, si ya no sirvo para nada, si soy una carga”; y muchas veces, a lo mejor, se os viene al corazón:” para qué me tienes ya aquí, si yo aquí ya no estoy haciendo nada”. ¿Me dejáis deciros que eso es una tentación muy grande?. Es humano, también, que eso salga del corazón; pero no es verdad. Aunque humanamente hablando no sirvierais para lo que el mundo considera las cosas importantes, servís; todo ser humano, el más necesitado, sirve siempre, justo para lo más importante, que es darles a los demás la posibilidad de que lo quieran. No sé si me entendéis, pero yo os aseguro, que eso es así. Usar las medidas del mundo, que mide a las personas por lo que producen; que mide a las personas, en función de la utilidad económica, material de la vida… Un ser humano, un ser humano inconsciente, un ser humano enfermo, un ser humano en coma, hace un regalo inmenso a quienes tiene alrededor: la posibilidad de que le quieran, que es lo más grande que puede hacer un hombre en la vida. Y también en eso no os estoy hablando por daros una idea, o por daros un sermón, sino que lo he conocido. He conocido y conozco a personas que viven así su relación con los enfermos, dando gracias a Dios por ellos.

Os podría hablar de algunas personas que tienen que consagrar su vida a un niño que ni siquiera puede hablar, y a quien hay que darle la comida, y que cuando hablan de su relación, porque han conocido a Jesucristo, dicen: “ es la gracia más grande que Dios nos ha dado en la vida. Este niño, a quien hay que hacerle todo, desde cambiarle los pañales, hasta darle de comer con una pajita, y que nunca jamás hablará, es el regalo más grande que Dios nos ha hecho”.

Una familia, podría dar los nombres, que tiene hace tres años una persona en su casa en coma, y que viven…, os hacéis idea. Y uno podría decir: “y estas personas, ¿para qué sirven?”. El mundo se hace estas preguntas, y quienes defienden la eutanasia, y en la televisión oiréis ese razonamiento: “si esta persona ya no sirve para nada, si está gastando de la Seguridad Social, o supone un gasto, y está, además, llenando de fatiga la vida de las personas de al lado...” ¡Mentira! Esa persona está contribuyendo, de la manera más eficaz, a la verdad de nuestra humanidad, al bien de nuestra humanidad, que es darnos a los demás la posibilidad de quererles; y por lo tanto, darnos a los demás la posibilidad de vivir lo más grande que se puede vivir, lo que es la vocación humana, de la persona humana, siempre: el amor. La plenitud de la vida es el amor, y un enfermo hace siempre a los demás el don de darles la posibilidad de amar; y también de eso vosotros tenéis experiencia seguro si tenéis amor cerca. Las personas que están a vuestro lado, no cambiarían el estar a vuestro lado por nada del mundo. ¿Verdad que no, hermana?

Las personas saben que para ellos es un don cuidaros; que para ellos es un regalo inmenso, poder quereros; y que es el bien más grande que vosotros hacéis, o que ellos os hacen. Cuántas veces, he oído decir a personas que están junto a enfermos: “ellos se creerán que a lo mejor agradecen mucho el cariño que les damos, pero los que tendríamos que estar agradecidos siempre somos nosotros.” Esa es la verdad de nuestra existencia. Esa, es la verdad de lo que somos; lo otro, son mentiras; lo otro, son falsedades; lo otro, son engaños. Y el enemigo nos engaña. Por eso digo que es una tentación. Nunca penséis: “ mi vida no vale para nada”; claro que es humano el no querer molestar a los del al lado.

Es una caridad, que vosotros les hacéis, que el enfermo hace a quien está sano. Es un don, es un regalo que el enfermo hace a quien está sano; y si nuestro mundo no estuviera pervertido, es decir, vuelto del revés, lo entendería. Pero no caigáis en esa tentación.

Y quienes cuidáis a los enfermos, cuando los veáis que caen, ayudadles, decídselo; decidles la verdad; decidles claramente que son un regalo en la vida, que son un don para vosotros; que vosotros estáis agradecidos por poder cuidarlos y tenerlos cerca.

Vamos a celebrar esta Eucaristía, conscientes de esta verdad, que el mundo, seguramente muchas personas del mundo, no entenderían; porque es un privilegio, es decir, una gracia, que el Señor nos haya dado a nosotros la posibilidad de entender.

Por lo tanto suplicamos por estas cosas que acabamos de pedir; suplicamos todos al Señor, para que Él, con su Espíritu, fortalezca y dé la vida, la Vida con mayúscula, a los enfermos que van a recibir el Sacramento.

Y simplemente que recordéis: Primero, que sois predilectos de Dios. Cuanto más grande sea el dolor, más cerca está Dios de uno. Y lo segundo, que ofrezcáis vuestro sufrimiento por el mundo, por este mundo tan herido, y tan lleno de dolor sin sentido. Esa es vuestra Misa. Esa es vuestra Eucaristía. Ese es el tesoro del que vosotros sois portadores junto a Cristo. Estáis más cerca de Cristo que nadie, o si queréis, Cristo está más cerca de vosotros que de nadie.

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