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Tres tentaciones en el desierto

I Domingo de Cuaresma. Ciclo C

Fecha: 28/02/1971. Publicado en: Semanario Diocesano Luz y Vida 625, 6-7



    La lectura evangélica de la Misa de hoy nos pone, por así decir, ante los ojos uno de los relatos más conocidos de los evangelios: el de las tentaciones de Jesús. En él, Jesús rechaza por tres veces la proposición del tentador de que demostrara con un signo espectacular y evidente que él era el Hijo de Dios. Pero ¿cuál es el significado preciso y  cómo hemos de comprender este episodio? Sobre todo, ¿cuál es el origen de una narración como ésta?

    Algunos estudiosos, fijándose sólo en lo que el episodio tienen de escenografía, han pensado que el relato ha nacido en la comunidad cristiana, bien para poner un ejemplo a nuestras tentaciones o bien para responder a la pregunta de por qué Jesús se había negado a hacer ciertos milagros. Esta explicación, sin embargo, tiene muy poco de verosímil. En efecto, los primeros cristianos que veían en Jesús al Hijo de Dios, difícilmente hubieran podido inventarse un relato semejante. Y si las tentaciones de Jesús frente al tentador es una significación para los cristianos de todos los tiempos (en el sentido de que la actitud de Jesús frente al tentador es un ejemplo a imitar), en el caso de que los predicadores cristianos hubieran querido proponer un ejemplo a los fieles, habrían puesto allí unas “tentaciones” más semejantes a las nuestras.

    ¿Qué hemos de decir entonces? Que el relato contiene una experiencia vivida por Jesús. Basta ojear los evangelios para darse cuenta que Jesús se enfrentó en su vida con pruebas semejantes. Ante la autoridad de Mesías que se arrogaba, con frecuencia le pidieron los judíos “un signo venido del cielo”, es decir, un acto hecho en condiciones tales que le intervención divina fuera espectacular. Jesús rechazó siempre con energía esa propuesta, tras la cual nunca se esconde la sencillez de la fe y la confianza en Dios. Los mismos discípulos compartían las esperanzas de sus compatriotas, y se rebelaban contra la manera de comprender su misión que tenía Jesús.: una persona capaz de hacer tales milagros podría evitar sin duda esos sufrimientos que machaconamente les anunciaba. Una vez, Pedro, que había reprochado al Maestro por decirles que el Hijo del hombre debía padecer muchas cosas, recibe la misma respuesta que el tentador en el evangelio de hoy: Apártate de mí, Satanás.” El mesianismo a lo humano, la salvación por una intervención deslumbrante de Dios, fue siempre rechazada por Jesús como algo que proviene del que lucha contra la obra de Dios, de Satán.
   
    Lo que sucede es que una tentación es siempre algo de naturaleza espiritual, y no puede describirse y relatarse sin la ayuda de un lenguaje figurado, que es el único del que disponemos para expresar las realidades espirituales. Este lenguaje debió estar ya en el relato de la “tentación” que Jesús poseía la expresividad y la fuerza creadora que aparecen en este pasaje evangélico.

    Pero, además, los discípulos, que trataban de comprender la vida de Jesús a la luz de las Santas Escrituras, vieron en la tentación de Jesús un evo de las tentaciones de Israel en el desierto, y se inspiraron para componer su relato en este pasaje del libro del Deuteronomio: “Acuérdate de todo el camino que Yahvé tu Dios te ha hecho andar durante cuarenta años en el desierto para tentarte y saber lo que había en tu corazón… Te hizo sentir hambre, te dio a comer maná que ni tú ni tus padres habíais conocido, para mostrarte que no sólo de pan vive el hombre, sino de toda la palabra que sale de la boca de Dios.” A esto mismo se debe que las tentaciones de Jesús sean narradas al comienzo de su ministerio público, inmediatamente después del Bautismo; también las “tentaciones” de Israel siguieron al paso del pueblo por el mar Rojo.

F. Javir Martínez

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