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Los galileos muertos por Pilato

III Domingo de Cuaresma. Ciclo C

Fecha: 14/03/1971. Publicado en: Semanario Diocesano Luz y Vida 627, 6-7

   

    Del incidente con que da comienzo el evangelio de hoy, “lo que sucedió a los galileos, cuya sangre había mezclado Pilato con la de los sacrificios que ofrecían”, no tenemos más referentes que esta breve alusión del relato evangélico. Sin embargo, el episodio cuadra bien con lo que por otras fuentes sabemos de la persona de Pilato y de los diez años de su gobierno en Judea. Tanto Filón como Flavio Josefo hablan desfavorablemente de él y de su mandato. “Era -dice Filón- cruel por naturaleza, y en la dureza de su corazón no se detenía ante obstáculo alguno. Bajo su gobierno no se obtenía nada en Jerusalén sino mediante soborno; el oprimido, ultrajado de todas las maneras; se condenaba a muerte sin proceso judicial; la crueldad del tirano era infatigable”.

    En cuanto a Josefo, relata algunos incidentes con los que hirió de lleno el sentimiento religioso de los judíos. El más característico tuvo lugar con motivo de un acueducto que Pilato hizo construir para traer agua a Jerusalén, sufragando los gastos con el dinero del Templo, que era sagrado. Al saberlo, una multitud de judíos se congregó ante él, gritando y pidiendo que desistiera de sus proyectos. Pilato hizo vestir a un buen número de soldados con vestidos judíos, y mandó que, armados de porras, se mezclasen entre la multitud. A una señal convenida, empezaron los que alborotaban y los pacíficos, de modo que muchos judíos perecieron en el lugar y otros huyeron malheridos. Otro golpe semejante, con motivo de una peregrinación de samaritanos al monte Garizim, había de causar precisamente su destitución, ante las quejas que los samaritanos hicieron llegar al gobernador de Siria.

    El hecho a que alude el evangelio no debió ser muy diferente. El escenario es el Templo, y la situación, la de una fiesta de la Pascua: sólo allí se ofrecían sacrificios, y sólo en esa ocasión tomaban parte los que no eran sacerdotes en ellos. En las peregrinaciones con motivo de las fiestas no faltaban los tumultos, de modo que el procurador, que vivía habitualmente en Cesarea, subía a Jerusalén por la Pascua para velar más de cerca por el orden. Y sí, como es posible, “galileo” equivale aquí a “zalote” (es decir, perteneciente a ese grupo exaltado y rabiosamente antirromano que había fundado “Judas el Galileo”), tal vez la intervención de Pilato no era del todo inmotivada. En todo caso, el hecho de que Pilato “mezclase la sangre de los galileos con la de los sacrificios”, que sin duda debe entenderse como que los mató durante el sacrificio mismo, suponía para la mentalidad judía un doble crimen: asesinato, y en el templo, que quedaba así profanado.

    Podemos deducir por el contexto a santo de qué llegó esta historia a oídos de Jesús. Para la creencia farisea no había dolor que no sea castigo, ni castigo sin culpa. Como los galileos que ofrecían su sacrificio en el templo eran sin duda gente piadosa, hechos como éste creaban un difícil problema religioso. Jesús, según su costumbre, parte del hecho concreto -él propone, además, otro ejemplo- para situarse en un plano superior: el del Reino de Dios. Sin excluir toda conexión entre el dolor y el pecado, su conclusión es bien diferente: los demás habitantes de Jerusalén no eran menos pecadores que éstos. Por eso, todos deben hacer igualmente penitencia, si no quieren perecer de la misma manera, es decir, si no quieren verse excluidos del Reino de Dios.


F. Javier Martínez

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