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El Buen Samaritano y las sectas judías

XV Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C

Fecha: 11/07/1971. Publicado en: Semanario Diocesano Luz y Vida 644, 6-7



    Nada más diáfano a simple vista que la parábola del Buen Samaritano. La respuesta de Jesús al doctor de la Ley se comprende por sí misma: “Haz tú lo mismo y serás salvo.” Y la figura del buen Samaritano ha inspirado durante veinte siglos lo que habrían de ser la piedad y la caridad cristianas. Sin embargo, -como sucede con todas las palabras de Jesús-, la historia conocida y oída una y mil veces en la predicación puede cobrar una viveza insospechada si la situamos, en la medida en que nos es posible, en el contexto en que Jesús la dijo.

    En primer lugar, no todo es tan claro en la parábola. ¿Por qué el sacerdote y el levita se niegan a prestar ayuda a la víctima, siendo así que estaban obligados a ello por la Ley? Sobre todo, ¿a qué se debe esa forma indirecta de enseñar Jesús al demandante cómo el hombre que cayó en manos de los ladrones es también su prójimo? Todas estas cuestiones, así como muchos otros detalles del relato, se iluminan si tenemos en cuenta la situación religiosa de Palestina en tiempos de Jesús. Divididos en varias sectas, que se odiaban entre sí, los hombres piadosos del judaísmo no podían considerar como un prójimo a quien no formaba parte del grupo religioso al que ellos pertenecían. Pues bien, son precisamente personajes característicos de estos grupos los protagonista de nuestra parábola. Eso es claro respecto al samaritano, por un parte, y al sacerdote y al levita (pertenecientes al grupo saduceo), por otra. Pero lo mismo sucede con los “ladrones” de que habla la parábola y con “el hombre que bajaba de Jerusalén a Jericó”.

    Empezaremos por los ladrones. Si es verdad que en el siglo I Palestina estaba llena de bandidos, el ataque de que habla el evangelio no es un episodio corriente. No atacan más que al hombre que bajaba a Jericó, y dejan a salvo al sacerdote, al levita y, sobre todo, al samaritano, que probablemente era comerciante, llevaba una caballería y ofrecía una presa más atrayente para unos salteadores normales. Lo más probable es que estos hombres fueran zelotas, nacionalistas exaltados y enemigos mortales del poder romano. En el Nuevo Testamento y en otros escritos judíos de la época se les llama “ladrones”, y se sabe que solían refugiarse en el desierto de Judá. Su odio se extendía a todos los judíos que, por amor a la paz, se sometían al orden establecido y que tenían una concepción de la ley distinta de la suya. Entre éstos destacaba el grupo de los esenios, a los que se llamaba también herodianos precisamente por su adhesión  al orden legal. Y como éstos habitaban precisamente en Jericó y sus alrededores -Qumran dista sólo unos pocos kilómetros de Jericó-, se ha sugerido que el hombre atacado por los “ladrones” fuera precisamente un esenio. La hipótesis no tiene nada de inverosímil: desde luego, no es ni saduceo -en ese caso el sacerdote y el levita le hubieran prestado ayuda- ni fariseo, ya que entonces los zelotes, que desde el punto de vista religioso seguían la doctrina fariseo, no le habrían atacado.

    Los esenios eran los “Herejes” por excelencia en el judaísmo. No ofrecían sacrificios en el Templo, seguían un calendario diferente al oficial y odiaban tenazmente a los sacerdotes de Jerusalén y a los zelotes; a los primeros los llamaban los “impíos”, y respecto a los segundos, en el momento de entrar en la secta, hacían juramento de no mezclarse con ellos.

    Visto todo esto, la pregunta del doctor de la Ley es mucho más que una trivialidad. Y la respuesta de Jesús, al poner como modelo la actitud de un hombre perteneciente al grupo más despreciado de todos -un samaritano- cobra algo de la frescura y la fuerza que debió tener para los que la oyeron.




F. Javier Martínez

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