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Una parábola de Jesús: El fariseo y el publicano

XXX Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C

Fecha: 17/10/1971. Publicado en: Semanario Diocesano Luz y Vida 654, 6-7



Según el evangelista San Lucas, la parábola del fariseo y el publicano, que se lee en la misa de hoy, va dirigida “a unos que ponían su confianza en sí mismos y despreciaban a los demás”, es decir, a los fariseos. Una lectura atenta de la parábola no hace sino confirmar esta indicación. Siguiendo su costumbre más general, Jesús toma los rasgos de la parábola de la vida cotidiana de Palestina: los dos hombres “suben” al templo, “bajan” a sus casas, expresiones ambas que se explican perfectamente en el marco de Jerusalén; el lugar del templo está en un alto, rodeado de valles por tres de sus lados, y la ciudad toda puede decirse que está más baja con relación a él. Pero hay más: el Talmud nos ha conservado una oración judía del siglo I que puede considerarse como un magnífico comentario a la oración del fariseo en la parábola, y que no estará de más copiar; dice así: “Te doy gracias, Señor, Dios mío, porque me has dado parte entre aquellos que se sientan en la casa de la enseñanza y no entre los que se sientan en los rincones de las calles; pues yo me pongo en camino pronto y ellos se ponen en camino pronto: yo me encamino a las palabras de la Ley y ellos se encaminan a las cosas vanas. Yo me fatigo y ellos se fatigan: yo me fatigo y recibo recompensa, y ellos se fatigan y no reciben recompensa. Yo corro y ellos corren: yo corro hacia la vida del mundo futuro, y ellos corren a la fosa de la perdición”.

Vemos, pues, que Jesús no ha caricaturizado la figura del fariseo orante. Es una figura real, sacada de la vida. Ya hemos dicho algunas veces cómo todas estas parábolas –la de hoy, la del hijo pródigo y otras- vienen motivadas por las críticas que los judíos piadosos –y especialmente los fariseos- hacen de Jesús, debido a la atención que Éste dedicaba a los pecadores. Esta dedicación les escandalizaba: si alguien merecía la venida del Reino, ¿no eran ellos, los que guardaban la Ley, “ayunan y pagan el diezmo de cuanto poseen”? “No son los sanos quienes tienen necesidad de médico, sino los enfermos”, les había dicho Jesús en una ocasión. Pero además –esto es lo que viene a decir la parábola de hoy- vosotros, que creéis conocer a Dios, en realidad no le agradáis. Estáis tan satisfechos de vuestra virtud, que creéis no necesitarle. En cambio, el pecador que se acerca a Dios con el corazón destrozado, está más cerca de la verdad y le agrada más. “Por eso os digo que éste bajó a su casa habiendo hallado gracia, y el otro no”.

Esta conclusión tuvo que resultarles a los oyentes totalmente inesperada, sobre todo si se tiene en cuenta lo que el pensamiento judío contemporáneo decía de los publicanos, y en general de los pecadores. ¿No nos parece a nosotros mismos chocante la aplicación de Jesús? ¿Qué ha hecho mal el fariseo? ¿Qué ha hecho el publicano para reparar su culpa? ¿Habrá querido decir Jesús que la virtud y las buenas obras son inútiles? De ningún modo. Es evidente que las exigencias morales del evangelio son mayores y más hondas que las del judaísmo. Lo que Él rechaza no es la virtud del fariseo, sino su suficiencia y su desprecio a los pecadores, que le convierten a él –a su pesar- en un pecador más sutil, por cuanto impenitente. El alma verdaderamente religiosa sabe muy bien que no puede esgrimir su virtud como una hoja de servicios delante de Dios. Como dice el salmo Miserere, del que Jesús toma, modificándolo, la oración del publicano, Dios no desprecia un corazón contrito, por muy pecador que sea. Así es Dios, dice Jesús, aunque a nosotros nos parezca injusto.

F. Javier Martínez

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