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Yo estaré con vosotros hasta el fin de los tiempos

XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C

Fecha: 14/11/1971. Publicado en: Semanario Diocesano Luz y Vida 658, 6-7



Entre los pasajes que más extraños nos resultan del Nuevo Testamento, y en general de toda la Biblia, están las partes que se refieren a la “escatología”, palabra que proviene del griego y hace referencia a las realidades del fin de los tiempos, a las “cosas últimas”, y equivale en realidad a lo que el catecismo llamaba “los novísimos”. La Biblia está toda ella salpicada de pasajes que aluden a ese tiempo final en que la salvación de Dios (y su juicio para quienes no hayan vivido por sus sendas ni atendido a su palabra), se manifieste definitivamente y haga realidad lo que, tanto para los judíos como para los cristianos, es la esperanza suprema: la resurrección de los muertos, la vida eterna junto a Dios.

La dificultad de estos pasajes radica fundamentalmente en el tipo de lenguaje que usan. En efecto, todos ellos tienen la finalidad común de exhortar al hombre a tomarse en serio la palabra de Dios, a evitar el desastre de una condenación o de una “venganza” por parte del Señor. También a veces la de consolar a Israel o a la Iglesia (así el Apocalipsis de San Juan) en un periodo de persecución, anunciando esa venida de Dios que será juicio y castigo para los perseguidores, y señal de victoria para los que se han mantenido fieles. Para ello, el lenguaje que se emplea es casi siempre simbólico, lleno de alusiones que nos resultan oscuras, y de imágenes muy del gusto oriental, pero que siempre han tenido un enorme poder de evocación: terremotos, eclipses, etc.

Pero hay que saber distinguir las imágenes que constituyen el aparato de tales representaciones, del mensaje que tratan de inculcar. Sólo éste hace autoridad de revelación, y la oscuridad malsana de querer saber cómo sucederán aquellos días –curiosidad por otra parte muy humana- nos puede llevar a olvidar lo sabroso de la enseñanza que encierran. En el fondo de todos ellos, hay una idea que es central: se trata de la lucha y la oposición que la obra de Dios encuentra en el mundo, por obra de Satán y del pecado. El tiempo final será ante todo el tiempo de la victoria de Dios, el tiempo de la consumación y de su obra de salvación. Pero, por eso mismo, será también el tiempo en que Satán hará el esfuerzo definitivo por arrancar al mundo de las manos de Dios, y por tanto, el tiempo de la gran batalla, de la gran prueba para los creyentes.

Estas consideraciones nos permiten ahora acercarnos a nuestra lectura de hoy. La gran diferencia entre los pasajes del Antiguo Testamento que se refieren al fin de los tiempos y los del Nuevo está en que, para el judaísmo ese fin sería la venida del Mesías, y para nosotros, como para los evangelistas, el fin de los tiempos ya ha comenzado. Jesús ha traído la salvación, y ha visto a Satán “caer del cielo como un rayo”. Con su obediencia hasta la muerte, el poder de la muerte ha sido destrozado, y en su resurrección tenemos los creyentes las primicias y la garantía de nuestra resurrección. Todo esto equivale a decir que la batalla decisiva con Satán la ha dado Jesús en lugar nuestro. Pero en el tiempo que queda hasta el final, en el tiempo de nuestras vidas, el mal -ya encadenado, pero no desaparecido- hará su último esfuerzo por desarraigarnos de Jesús. Sólo que eso será para nosotros la ocasión de seguirle en su obediencia, de mostrar ante el mundo hasta dónde ha calado su palabra; por ventura, Él nos ha precedido y no estamos solos en la lucha.

F. Javier Martínez

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