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Un dios falso de "todo a cien"

XXV Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C

Fecha: 16/09/2004. Publicado en: Semanario Alfa y Omega 416



Lucas 16, 1-13

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
- «Un hombre rico tenía un administrador, y le llegó la denuncia de que derrochaba sus bienes. Entonces lo llamó y le dijo: "¿Qué es eso que me cuentan de ti? Entrégame el balance de tu gestión, porque quedas despedido."
El administrador se puso a echar sus cálculos: "¿Qué voy a hacer ahora que mi amo me quita el empleo? Para cavar no tengo fuerzas; mendigar me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer para que, cuando me echen de la administración, encuentre quien me reciba en su casa."
Fue llamando uno a uno a los deudores de su amo y dijo al primero: "¿Cuánto debes a mi amo?"
Éste respondió: "Cien barriles de aceite."
Él le dijo: "Aquí está tu recibo; aprisa, siéntate y escribe cincuenta.
Luego dijo a otro: "Y tú, ¿cuánto debes?"
Él contestó: "Cien fanegas de trigo."
Le dijo: "Aquí está tu recibo, escribe ochenta."
Y el amo felicitó al administrador injusto, por la astucia con que había procedido. Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz.
Y yo os digo: Ganaos amigos con el dinero injusto, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas.
El que es de fiar en lo menudo también en lo importante es de fiar; el que no es honrado en lo menudo tampoco en lo importante es honrado.
Si no fuisteis de fiar en el injusto dinero, ¿quién os confiará lo que vale de veras? Si no fuisteis de fiar en lo ajeno, ¿lo vuestro, quién os lo dará?
Ningún siervo puede servir a dos amos, porque, o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero.»



¿Por qué el corazón se apega a las cosas, o (más aún) a las personas, y luego, cuando no se apega bien, o cuando aquello a lo que se apega no corresponde a la inmensidad de su deseo, la vida duele? Una bombilla está hecha para dar luz. Un reloj para dar la hora. Un pan, para ser comido. Y el corazón, para pegarse, para servir. Para adherirse a la verdad, al bien y a la belleza. Si no se le hace violencia, el corazón está hecho para el infinito. Por él pasa la relación del yo con la realidad, y en esa relación se juega el hombre su felicidad y su destino. (Donde está tu tesoro, allí está también tu corazón). La cuestión más importante es saber qué tesoro puede merecer el don de mi vida. A quién reconocer como el Dios del corazón. Que no sea un ídolo. Porque Dios salva la vida, pero los ídolos la devoran.

No podéis servir a Dios y al dinero. Aguas claras y frescas, como un río de montaña. Nadie puede servir a dos señores. Verdad elemental, de experiencia, acerca de nosotros mismos. En el corazón sólo cabe un centro. Igual sucede con la inteligencia: reclama siempre una lógica organizativa última, funciona siempre en torno a un centro. Esto no son ideas, es que la vida es así. Y cuando el hombre pretende servir a dos señores, es decir, cuando pretende que el corazón o la inteligencia tengan dos centros, es siempre mentira. Es siempre un equilibrio inestable, que no puede permanecer.

Jesucristo llama señor al dinero, porque pocas realidades tienen tanta capacidad de adueñarse del corazón del hombre como el dinero. El dinero, un bien, y un bien necesario, sin duda, tiende siempre a convertirse en Dios. En lugar de servirse de él para realizar mejor la meta de su vida, en todas sus dimensiones, el hombre termina sirviendo al dinero, viviendo para el dinero, entregando a cambio de él su vida, y su familia, su tiempo, todo lo que tiene. El dinero es el ídolo de los ídolos, porque casi inevitablemente tiende a ocupar en el corazón el puesto de Dios, a presentarse como el que nos va a arrancar de nuestra condición de criatura. Sólo que es un dios falso, que no puede dar la salvación que promete. Y que termina expulsando del corazón todo lo que no es él.

Cuando el culto del corazón se rinde al dinero, la palabra Dios puede tal vez sobrevivir por un tiempo en el uso corriente de los hombres. Y las rutinas rituales, que tienen unas raíces extraordinariamente resistentes a la sequía, sobreviven también. Pero ese Dios no es el Dios Vivo. Es un Dios muerto, es decir, domesticado. Obligado a servir a otros intereses, por lo general los del poder. Acomodado, Él también, al consumo, a los baratillos del todo a cien. Un Dios así no sostiene la vida, ni llena el corazón, ni suscita una adhesión gozosa y agradecida. Tampoco responde a las exigencias de la inteligencia. Ante un Dios así, los críticos de la religión tienen razón. Y le hacen a Dios el servicio que a veces no le hacemos sus fieles. Porque un Dios domesticado no es creíble. Sencillamente. Para que la vida humana pueda volver a ser una ocasión de gratitud, a lo mejor lo primero es devolverle a Dios la libertad. Poner al dinero en su sitio, y dejar que Dios sea Dios.

Perdón, Señor. No te devolvemos nada: en ese cambio, que sólo puede ser don tuyo, los que salimos de la cárcel somos nosotros.

† Javier Martínez
Arzobispo de Granada

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