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Bastaría una gota de fe

XXVII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C

Fecha: 30/09/2004. Publicado en: Semanario Alfa y Omega 418



Lucas 17, 5-10
En aquel tiempo, los apóstoles le pidieron al Señor:
«Auméntanos la fe.»
El Señor contestó:
- «Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa montaña:
"Arráncate de raíz y plántate en el mar."
Y os obedecería.
Suponed que un criado vuestro trabaja como labrador o como pastor; cuando vuelve del campo, ¿quién de vosotros le dice:
"En seguida, ven y ponte a la mesa`?
¿No le diréis:
"Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú"?
¿Tenéis que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado? Lo mismo vosotros: Cuando hayáis hecho todo lo mandado, decid:
"Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer. " »



No me es posible leer este evangelio sin que me brote del corazón la súplica que le hizo a Jesús aquel hombre que tenía a su hijo enfermo: «Creo, Señor, pero aumenta mi fe». Al mismo tiempo, me es muy difícil no pensar en nuestra enorme crisis de fe, de civilización, de humanidad.

Cuando buscamos las causas de esta crisis, ¡qué fácil es atribuirla a los de fuera, a las dificultades que el mundo nos pone para vivir la fe! Es como si nos escandalizara que el mundo fuera mundo. O como si, por una extraña inversión de nuestra conciencia de las cosas, creyéramos que es el mundo el que tiene la obligación de ayudarnos a vivir la fe, en lugar de ser nosotros los que la tenemos de dar testimonio de su inmenso valor para la vida. Y así surge el género literario del lamento, que tiende a dominar hoy el lenguaje cristiano. Es un género hipócrita, que a duras penas cubre lo que pretende ocultar, que es la patética debilidad de nuestra fe. Porque, si para que nuestra propia fe pueda mantenerse, es preciso que el mundo sea ya cristiano, y que los poderes del mundo la sostengan, y que el viento (el de los beneficios de este mundo, naturalmente) sople favorable, uno no puede menos de preguntarse que para qué vale esa fe. Se lo pregunta cualquiera. Y la respuesta es obvia. El género literario del lamento tiene justamente como efecto provocar el desprecio a la fe. Pero no hay que engañarse: de ese desprecio sólo somos responsables nosotros, nadie más.

Yo no encuentro muchos antecedentes en la tradición cristiana a ese lenguaje lamentoso. El señor, desde luego, dijo que en el evangelio que si a Él le habían llamado Belzebú (término popular en su entorno para designar una especie de demonio), mucho más se lo llamarían a sus servidores. Y dijo también que el mundo nos odiaría, y también que nos alegráramos y nos regocijáramos cuando nos insultaran por causa suya. Los mártires de los primeros siglos consideraban un privilegio poder dar testimonio de Cristo. Es decir, dar testimonio de que el único valor que valía su vida era Cristo. Y un doctor de la Iglesia del siglo IV, ante la persecución que desató en Oriente Juliano el Apóstata, comentaba de las persecuciones que, como las tormentas, sólo hacen caer del árbol las hojas secas. La melodía es, indudablemente, distinta.

Por supuesto, huir de la cruz es humano. Y tal vez también tener poca fe. Por lo menos, el Señor tuvo que reconvenir varias veces a sus discípulos precisamente por esas dos cosas. Uno lo reconoce, y se echa a los pies de Cristo llorando, y el Señor tendrá misericordia con nosotros, como la tuvo con Pedro, y con la mujer pecadora, y con el buen ladrón. Pero eso es muy distinto a engañarnos a nosotros mismos, y creernos encima que somos unos buenísimos cristianos porque nos ponemos nerviosos cuando vemos la cruz a lo lejos.

Yo le pido al Señor que aumente mi fe. Que haga volver mi corazón una y otra vez a Él, que me convierta. Que pueda apoyar mi vida en su poder misericordioso, que construya mi casa sobre roca. Lo pido para mí y para todos. ¡Una gota, sólo una gota! Una gota de fe cambiaría el mundo.


† Javier Martínez
Arzobispo de Granada

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