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El poder de la súplica

XXIX Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C

Fecha: 14/10/2004. Publicado en: Semanario Alfa y Omega 420



Lucas 18, 1-8
En aquel tiempo, Jesús, para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola:
- «Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres.
En la misma ciudad había una viuda que solía ir a decirle:
"Hazme justicia frente a mi adversario."
Por algún tiempo se negó, pero después se dijo:
"Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara."»
Y el Señor añadió:
- «Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?»


A Dios rogando, y con el mazo dando. No estoy seguro de que el refrán refleje una sabiduría cristiana. Por supuesto, es Dios quien nos ha dado la libertad, y dimitir de ella y de sus riesgos para no adherirse a la verdad, a la belleza o al bien que pasan junto a nosotros, y hacer luego reponsable a Dios de lo gris que es nuestra vida, es una miserable forma de cobardía, típicamente bourgeoise. Si lo que quisiera el refrán es recordarnos la preciosa y tremenda responsabilidad de ser libres, eso estaría muy bien. Pero yo me temo que nosotros, más bien, lo usamos de otro modo, un modo que está lleno de presupuestos ilustrados, y que encubre a duras penas un pensamiento falto de fe, en realidad, ateo.

Yo me temo que lo usemos para decir que, en el fondo, hay que vivir como si Dios no existiera. O como decía Gramci, uno de los padres del eurocomunismo, que el que Dios exista o no, en el fondo, da lo mismo, porque en cualquier caso no tiene nada que ver con nuestra vida. Eso significa que, en realidad, las cosas de la vida hay que resolverlas sin Dios. Hay que dar al mazo, que es lo que en verdad resuelve. Pero entonces, ¿no es rogarle a Dios una tontería? Si Dios no actúa, si no hay milagros, ¿para qué pedirlos?

¿Cuándo es la última vez que le hemos pedido a Dios un milagro? No me refiero yo a la bonoloto, y ni siquiera a la salud, que sabemos que un día habremos de perder. Aunque también ese milagro se le puede pedir, y a veces Dios lo hace. Pero si no lo hace, no pasa nada, porque tampoco la salud es un bien absoluto. Muchas personas, por ejemplo, tienen la experiencia de cómo una enfermedad les ha llevado a descubrir el amor de Dios, y cómo ese descubrimiento es un bien mucho más grande que la salud. No; me refiero al milagro de los milagros: al conocimiento de Cristo y de su poder salvador; a la indestructible alegría de saberse amados por Dios e hijos suyos, miembros de Cristo y parte de su familia; a la experiencia de la reconciliación con los propios límites, y con los errores y los pecados del pasado, por obra del perdón y de la misericordia divinos. Es ese conocimiento el que me descubre que la salud no lo es todo; y que el mal absoluto, el verdadero mal, no es perder la salud, sino perder a Dios.

El Señor nos enseñó en el Padre nuestro –por cierto, ¡qué dos palabras!–, lo que había que pedir. Nos dijo claramente que ningún buen padre de este mundo le da una serpiente a un hijo que le pide pan, que el amor de los buenos padres de este mundo es nada comparado con el amor de Nuestro Padre del cielo –que hasta los cabellos de nuestra cabeza los tiene contados–, y que Nuestro Padre daría sin duda el Espíritu Santo a quienes se lo piden: es decir, que Dios se daría Él mismo, y con Él, todo. Y en el evangelio de este domingo, nos enseña que Él no es como un mal juez, que hay que estarle pidiendo y pidiendo para que nos haga justicia. Que Él nos hará justicia sin tardar. «Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?»

† Javier Martínez
Arzobispo de Granada

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