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«No preparéis vuestra defensa»

XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C

Fecha: 11/11/2004. Publicado en: Semanario Alfa y Omega 424



Lucas 21, 5-19
En aquel tiempo, algunos ponderaban la belleza del templo, por la calidad de la piedra y los exvotos.  Jesús les dijo:
-Esto que comtempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido.
Ellos le preguntaron:
-Maestro, ¿Cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?
Él contestó:
- «Cuidado con que nadie os engañe. Porque muchos vendrán usurpando mi nombre, diciendo: "Yo soy", o bien: "El momento está cerca"; no vayáis tras ellos.
Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico.
Porque eso tiene que ocurrir primero, pero el final no vendrá en seguida.»
Luego les dijo:
- «Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países epidemias y hambre.
Habrá también espantos y grandes signos en el cielo.
Pero antes de todo eso os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a la cárcel, y os harán comparecer ante reyes y gobernadores, por causa mía. Así tendréis ocasión de dar testimonio.
Haced propósito de no preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro.
Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os traicionarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán por causa mía.
Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.»



Para quien ha encontrado a Cristo, la vida es una ocasión de dar testimonio. El testimonio no es el ejemplo, como una reducción moralista de la vida cristiana tiende a hacernos pensar. Según esa concepción, de una pobreza mortal, el cristianismo consistiría en una serie de principios morales o de prácticas rituales, y dar testimonio de la fe sería, ante todo, dar testimonio de la coherencia con que vivimos lo que pensamos, esto es, de la seriedad con que nos tomamos esas prácticas y esos principios. En perfecta coherencia, eso sí, con lo que la sociedad secular piensa de quién es Dios, dar testimonio sería, ante todo, dar testimonio de nosotros mismos. Y al entender el testimonio así, confirmamos a esa misma cultura en la imagen que ella se hace de lo religioso: algo que nace y que termina en el hombre, puramente subjetivo, que se reduce a nuestras ideas.

En la tradición cristiana, dar testimonio es otra cosa: es contar lo que uno ha visto, decir lo que a uno le ha pasado; y hace siempre referencia a un acontecimiento. Las ideas son discutibles siempre; el accidente de coche que uno tuvo un día, los padres que tiene o el hijo que le ha nacido, no. Los evangelios y las Cartas del Nuevo Testamento son, en realidad, eso: el testimonio de unos hombres que encontraron a Cristo. Dar testimonio es siempre contar el encuentro con Cristo, la experiencia de la redención de Cristo, en la propia vida, en la vida de otros, en la historia de la Iglesia. No contar lo buenos que somos, sino lo bueno que Dios es con nosotros. Porque nos da a Cristo, y a su Espíritu, en la comunión de su Iglesia, y ese don cambia la vida, y la mirada sobre la vida. La cambia de tal modo, que el relato de ese encuentro es siempre el testimonio de que Cristo es el bien más precioso, sin el cual todos los demás bienes dejan de serlo. Para dar ese testimonio, no es imprescindible –como nos quieren hacer creer los moralistas del mundo– ser coherente. Lo que es imprescindible es haber encontrado a Cristo y a su amor, anhelar ese amor como el aire para respirar, ser cristiano.

Para quien ha encontrado a Cristo, la vida y todas sus circunstancias no son más que eso: una ocasión de dar testimonio. Y la Historia, y lo que parece ser el legado de la Historia –catástrofes y guerras–, tampoco son más que eso: una ocasión de dar testimonio de que el único bien sin el que no podríamos vivir, pero que sólo es don de Dios, y nadie en este mundo tiene el poder de arrebatarnos, se llama Cristo.

La cruz fue, es, el más grande de los pecados. Pero Dios no se deja vencer por el mal, y la hizo su mensajera, y la cruz sirve, después de todo, a su designio: la cruz sirve para revelar el Amor más fuerte que la muerte. Así Dios da testimonio de su invencible amor por todos los hombres.

† Javier Martínez
Arzobispo de Granada

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