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La libertad que desconcierta

II Domingo de Adviento. Ciclo A

Fecha: 02/12/2004. Publicado en: Semanario Alfa y Omega 427



Mateo 3, 1-12
Por aquel tiempo, Juan Bautista se presentó en el desierto de Judea, predicando: -«Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos.» Éste es el que anunció el profeta Isaías, diciendo:
«Una voz grita en el desierto: "Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos."
Juan llevaba un vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre.
Y acudía a él toda la gente de Jerusalén, de Judea y del valle del Jordán; confesaban sus pecados; y él los bautizaba en el Jordán.
Al ver que muchos fariseos y saduceos venían a que los bautizara, les dijo:
-«¡Camada de víboras!, ¿quién os ha enseñado a escapar del castigo inminente?
Dad el fruto que pide la conversión. Y no os hagáis ilusiones, pensando: "Abraham es nuestro padre", pues os digo que Dios es capaz de sacar hijos de Abraham de estas piedras.
Ya toca el hacha la base de los árboles, y el árbol que no da buen fruto será talado y echado al fuego.
Yo os bautizo con agua para que os convirtáis; pero el que viene detrás de mí puede más que yo, y no merezco ni llevarle las sandalias.
Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego. Él tiene el bieldo en la mano: aventará su parva, reunirá su trigo en el granero y quemará la paja en una hoguera que no se apaga.»



Hay una idea de la libertad, vulgar y falsa, pero extraordinariamente difundida, según la cual la libertad consiste en no tener lazos, en no depender de nadie, en seguir en cada momento los propios intereses. Es la idea de la libertad que promociona Leviatán, es decir, el Poder. La persona que no pertenece a nadie, no termina siendo libre, sino un pobre ser perdido e inerme, sin razón para vivir, y esclavo de sus instintos animales. Y esos instintos son lo que sabe gestionar el Poder, que conoce perfectamente sus mecanismos, porque son los suyos. El Poder, en cambio, se desconcierta ante la libertad verdadera, no sabe qué hacer con ella, porque la desconoce.

Partiendo de esa mala idea de libertad como ausencia de vínculos, el ideal en las relaciones humanas es que nadie proponga nunca nada a nadie en relación con la verdad y el bien de la persona, que serían sólo palabras vacías para encubrir preferencias o intereses. Lo que habría que hacer es dejar que cada uno viva su vida, y juntarse sólo cuando coinciden los intereses, la soledad o el miedo.

Y, sin embargo, la experiencia muestra que libertad y razón tienden a dimitir de sí mismas cuando no son provocadas. Una y otra, por lo general, asustan, y sólo se despiertan ante una llamada. Las despierta el estupor ante la realidad o, más aún, el que suscita el amor. Es quien dice Te quiero quien hace surgir la pregunta por el sentido y el valor de la vida. Quien dice Te quiero suscita la razón y la libertad, porque semejante declaración me invita a arriesgarme, y yo necesito saber si aquello por lo que voy a arriesgarme es verdadero.

No solemos entender la Eucaristía en esta clave. Ni tampoco las lecturas que se hacen en ella. Y, sin embargo, todo está ahí. En la Eucaristía se nos hace la proposición más inaudita: acoger el amor de Cristo, el Hijo de Dios, que quiere unirse a mí, uniéndonos a todos en un solo cuerpo. En la Eucaristía sucede que, si queremos, se nos da ese don, más grande que la vida. Por eso la Eucaristía nos dice quiénes somos para Dios, y entre nosotros, y cuánto vale nuestra vida: la sangre preciosa del Hijo de Dios, derramada por vosotros. Y por eso la Eucaristía, cuando es bien vivida, genera un pueblo, y es la fuente última de la libertad, la clave de la resistencia frente a cualquier pretensión totalitaria. Gracias a la Eucaristía, el pueblo cristiano es un pueblo de hombres libres.

Las lecturas de la Misa son el testimonio del amor invencible de Dios por ti y por mí, y por todos los hombres, que culmina en la encarnación del Verbo y en el misterio pascual de Cristo. Desde las lecturas y el Evangelio, es Dios quien nos dice a cada uno: Te quiero, con un amor que no te puedes ni imaginar. Y así nos despierta, y nos llama a la vida nueva y libre de los hijos.

Hoy es san Juan Bautista quien señala al Redentor, y quien provoca nuestra libertad. Quien nos dice que el tiempo de la cosecha ya ha llegado, que el Esposo está a la puerta.

† Javier Martínez
Arzobispo de Granada

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