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Un punto de luz en la noche

III Domingo de Adviento. Ciclo A

Fecha: 04/12/2004. Publicado en: Semanario Alfa y Omega 428



Mateo 11, 2-11
En aquel tiempo, Juan, que había oído en la cárcel las obras del Mesías, le mandó a preguntar por medio de sus discípulos: -«¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?»
Jesús les respondió: -«Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio. ¡Y dichoso el que no se escandalice de mí!»
Al irse ellos, Jesús se puso a hablar a la gente sobre Juan: -«¿Qué salisteis a contemplar en el desierto, una caña sacudida por el viento? ¿0 qué fuisteis a ver, un hombre vestido con lujo? Los que visten con lujo habitan en los palacios. Entonces, ¿a qué salisteis?, ¿a ver a un profeta? Sí, os digo, y más que profeta; él es de quien está escrito: "Yo envío mi mensajero delante de ti, para que prepare el camino ante ti." Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan, el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él.»


El hermano mayor de Rocío se había quitado la vida. Él era joven, estaba casado y tenía dos hijos. Ella había terminado su licenciatura en Filosofía, aunque el trabajo que hacía no tenía nada que ver con lo que había estudiado. Dios me la puso en el camino. Empezamos a hablar. Rocío decía que había perdido la fe, que no creía en nada. Luego me contó la historia. Dios no existe, me decía. Si existiera, no habría permitido esto. Tampoco existe la verdad, que nos la construimos los hombres. No hay nada sólido en lo que apoyarse. El escepticismo ocultaba con dificultad una amargura indecible.

«¿Cómo están tus padres?» –«Se lo puede imaginar. Hundidos».

Yo no argumentaba, yo no quería más que estar cerca de aquel crucifijo vivo, aunque a cada una de sus rotundas negaciones yo insistía: «Eso no es verdad». Al cabo de un rato, yo quise ir a casa de sus padres a darles un beso. Por el camino ella me hablaba de ellos. Era evidente que los quería entrañablemente. Casi a la puerta de la casa, ella seguía dejando salir de su corazón la rabia y el dolor de que todo fuera tan oscuro. «Rocío, el amor que tú tienes a tus padres, ¿es verdadero?» –«¡Ah, sí, eso sí!» –«¿Y el que tus padres te tienen a ti?» –«¡Sí, sí! Si es lo único que tengo». –«Pues, Rocío, la noche puede ser muy negra, pero si hay un punto de luz, por pequeño que sea, por aislado y solo que esté, la luz existe. Y entonces de lo que se trata es de acercarse a ella, para que pueda crecer e iluminar la vida entera».

Si traigo aquí aquel encuentro, es para recordar que la fe no es nunca una preferencia caprichosa. La fe –al menos la fe cristiana– es siempre un acto de la inteligencia, que se apoya en signos. Como sucede con el amor, esos signos no eliminan la razón ni el libre albedrío, justamente para que la fe, como el amor, puedan ser verdaderamente humanos, es decir, una libre donación de sí a la verdad del amor que se insinúa, que se ofrece, que atrae. Pero que no se impone.

A la pregunta de Juan, Jesucristo responde con los signos que permiten reconocerle a quien tiene el corazón sencillo. Quien no quiere creer siempre tendrá mil razones para no hacerlo. En cambio, a quien busca con sencillez, le basta un signo. Uno solo, si es verdadero, determina la vida, porque uno lo ha visto, y ya no es posible negarlo. Por mucho escándalo que produzca pensar que en este hombre mora la plenitud de la divinidad. O que Dios vive en este pueblo, o que viene a mí en este pan consagrado, o en este pequeño gesto de un hombre que en nombre de Dios me perdona los pecados.

Es verdad que hay situaciones, y muchas, y cerca de nosotros, en las que parece faltar hasta el más pequeño punto de luz. Tal vez eso arrebató la vida al hermano de Rocío. ¡Quisiera el Señor concedernos que cada uno de nosotros, y nuestra vida entera, pudiera ser ese signo que ilumina a quienes tenemos cerca! En todo caso, para el hermano de Rocío, y para todos los que han muerto sin ver la luz, yo espero que ya la estén viendo toda entera. Lo espero con una certeza muy grande, porque yo sí la he visto un poco, y sé que el amor de Dios es infinito.

† Javier Martínez
Arzobispo de Granada

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