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Fiesta para todos

Solemnidad de la Natividad del Señor. Ciclo A

Fecha: 23/12/2004. Publicado en: Semanario Alfa y Omega 430



Juan 1, 1-18
En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios.
La Palabra en el principio estaba junto a Dios.
Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho.
En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres.
La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió.
Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan:
Este venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe.
No era él la luz, sino testigo de la luz.
La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre.
Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció.
Vino a su casa, y los suyos no la recibieron.
Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre.
Estos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios.
Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad.
Juan da testimonio de él y grita diciendo:
«Éste es de quien dije: El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo.»
Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia.
Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo.
A Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.



¡Ya viene el Esposo, salid a su encuentro!» La Navidad es una boda, la boda que hace que la alegría de todas las demás bodas (las de verdad) pueda ser alegría verdadera, y no un arrebato irracional hecho del olvido de la realidad y de su dureza cotidiana. En realidad, el matrimonio (y los sexos) existen en la creación para que podamos atisbar quién es Dios y cómo nos quiere, y a la luz de su amor podamos aprender qué es amar. Dicho de otro modo, el amor nupcial entre el hombre y la mujer existen en la tierra para que podamos entender algo de esta boda del Hijo de Dios con nosotros, y a la luz de este misterio, podamos entendernos algo a nosotros mismos. Todas las bodas, desde el principio y en todas las culturas, existen en función de esta unión.

En la Navidad, el Hijo de Dios se une a su creatura hasta venir a ser Él mismo criatura, hasta ser los dos una sola carne, de un modo tan pleno como no podrían serlo jamás los esposos que más se quieran. Dios se hace hombre. Y como no se es hombre sino siendo hijo, viene a ser hijo. Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Hijo de su hija, es decir, de su criatura, a quien Él ha querido hacer su madre. Y ella, María, la Madre de Jesús, vino a ser, como decía Dante, hija de su Hijo, puesto que todo lo que ella es lo ha recibido de Él.

El Verbo se hizo carne. En Belén se desvela la vocación de toda carne, se ilumina nuestro destino. Él se ha unido a nosotros para que nosotros podamos vivir con Él, vivir de Él. En cierto modo, en un modo que el amor de los esposos o el de una madre y su hijo apenas permite intuir, la Encarnación nos permite ser Él, transformarnos en Él, participar de su vida inmortal. Una vida que no nos pertenece como criaturas, pero que es para la que hemos sido creados, para la que late nuestro inquieto corazón, aunque de eso no se da uno cuenta hasta que la ha encontrado.

«La alegría que encuentra el esposo con la esposa, la encontrará el Señor contigo», se anunciaba en el Antiguo Testamento. Y la adoración del Niño divino –el gesto propio de la Navidad– es la inagotable sorpresa de esa alegría de Dios, el infinito atractivo de ese amor. Porque en esa alegría de Dios, más que en las estrellas, más que en ninguna otra belleza imponente de la creación, se revelan la grandeza y la verdad divinas.

Sólo cuando uno cae en la cuenta de que la Navidad es esto, la Navidad es para todos. También para los que están rotos o heridos por la vida, para los que han perdido a sus seres queridos, para los que sufren. Es decir, para todos nosotros. Si sólo estuviéramos hablando de las alegrías o del amor que nos podemos dar unos a otros, siempre nos faltaría alguien o algo, nunca habría motivos para una alegría verdaderamente pura.

Pero la Navidad es el don que Dios nos hace de sí mismo. Que empezó en la Virgen, y que continúa, para todos los hombres, para nosotros, para siempre. Y, por eso, la Navidad es la fiesta de la Humanidad liberada.

† Javier Martínez
Arzobispo de Granada

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