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Kant disfrazado de cristiano

IV Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo A

Fecha: 27/01/2005. Publicado en: Semanario Alfa y Omega 435 y en el semanario diocesano de Granada y Guadix, Fiesta 622



Mateo 5, 1-12a
En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió a la montaña, se sentó, y se acercaron sus discípulos; y él se puso a hablar, enseñándoles:
«Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados.
Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra.
Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.
Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán los Hijos de Dios.
Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.
Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.»



Una vez le oí decir a José Luis Garci por la radio que el amor que aparecía en la película Casablanca era el que más se parecía al Sermón de la Montaña. Aquello no era evidente para mí entonces, y sigue sin serlo del todo ahora. Pero tal vez contiene una intuición extraordinaria. Tal vez lo que José Luis Garci quería decir es que sólo el Sermón de la Montaña permite comprender cómo un amor verdaderamente grande puede hacer renunciar a la persona amada, precisamente porque esa renuncia es un bien para ella (en este caso, porque ambos descubren que el marido de ella vive). En la concepción cristiana de la vida, el amor verdadero tiene siempre que ver con el bien del otro. Y la moral tiene que ver mucho más con la búsqueda y la prosecución del bien que con la prohibición del mal.

Siempre me he rebelado contra quienes ven en las bienaventuranzas ante todo un código moral, y que luego además hacen consistir ese “código” en una serie de “exigencias”. Por supuesto que algunas, en el evangelio de S. Mateo, elogian un comportamiento moral. Así sucede evidentemente en las de los misericordiosos, los pacíficos, o los limpios de corazón. Pero la reducción moralista de las bienaventuranzas refleja e induce un empobrecimiento mucho más grande del evangelio mismo, del cristianismo. “Evangelio”  significaba “buena noticia”, y ahora resulta que trata fundamentalmente de “exigencias” y de “compromisos” que “hay que hacer”. Eso es Kant mal disfrazado de cristiano, pero por desgracia para la Iglesia y para el mundo, ésa es la ideología que ha sustituido a la fe.

Lo que no entra de ninguna manera en esa clave es “dichosos los que lloran”. Eso no puede referirse a un comportamiento moral. En cuanto a “los sufridos”, es una malísima traducción que trata de encajar la bienaventuranza en la interpretación moralista, pero lo que el texto dice es “los que sufren”, “los que están de duelo”. Y es que, como se ve más claramente en la versión de S. Lucas, las bienaventuranzas son, antes que nada, un grito: en medio de las miserias de este mundo, aquí hay algo nuevo, que suscita esa dicha que el hombre no puede darse a sí mismo. Ese algo nuevo es Jesucristo, y el primer fruto de su venida es la dicha para “los que lloran”. El bien y la dicha vienen primero, y sólo después, y sólo en función de ellos, la renuncia. El campo sólo se vende para comprar el tesoro que hay en él.

La gente no asocia la fe con el bien y la alegría, sino con “cargas” que hay que echarse encima además de las que ya la vida trae consigo. Incluso se tiene la idea de que lo que cuesta trabajo es, por sí mismo, “más agradable a Dios”. Un día le oí decir a alguien: “Esto debe ser más cristiano, porque es más difícil”. Según ese criterio, la perfección cristiana podría coincidir con el funambulismo. Y Dios no sería Dios.  Y sin embargo, la razón más humana y verdadera para ser cristiano, esto es, para vivir en la comunión de la Iglesia, es el cambio bueno que sucede en la vida, y el gozo que inexplicablemente brota –¡y permanece!–, cuando uno se encuentra con Jesucristo.

† Javier Martínez
Arzobispo de Granada

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