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Dios, al encuentro de nuestra sed

III Domingo de Cuaresma. Ciclo A

Fecha: 24/02/2005. Publicado en: Semanario Alfa y Omega 439 y en el semanario diocesano de Granada y Guadix, Fiesta 626



Juan 4, 5-42
En aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaria llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el manantial de Jacob.
Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al manantial. Era alrededor del mediodía.
Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice:
-«Dame de beber.»
Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida.
La samaritana le dice:
-«¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana? »
Porque los judíos no se tratan con los samaritanos.
Jesús le contestó:
-«Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva.»
La mujer le dice:
-«Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?»
Jesús le contestó:
-«El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna.»
La mujer le dice:
-«Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla.»
Él le dice:
-«Anda, llama a tu marido y vuelve.»
La mujer le contesta:
-«No tengo marido.»
Jesús le dice:
-«Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad.»
La mujer le dice:
-«Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén.»
Jesús le dice:
-«Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni
en Jerusalén daréis culto al Padre. Vosotros dais culto a uno que no
conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos.
Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto así. Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad.»
La mujer le dice:
-«Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo. »
Jesús le dice:
-«Soy yo, el que habla contigo.»
En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera hablando con una mujer, aunque ninguno le dijo: «¿Qué le preguntas o de qué le hablas?»
La mujer entonces dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente:
-«Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será éste el Mesías?»
Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba él.
Mientras tanto sus discípulos le insistían:
-«Maestro, come.»
Él les dijo:
-«Yo tengo por comida un alimento que vosotros no conocéis.»
Los discípulos comentaban entre ellos:
-«¿Le habrá traído alguien de comer?»
Jesús les dice:
-«Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra.
¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo os digo esto: Levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega; el segador ya está recibiendo salario y almacenando fruto para la vida eterna: y así, se alegran lo mismo sembrador y segador. Con todo, tiene razón el proverbio: Uno siembra y otro siega. Yo os envié a segar lo que no habéis sudado. Otros sudaron, y vosotros recogéis el fruto de sus sudores.»
En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testimonio que había dado la mujer: «Me ha dicho todo lo que he hecho.»
Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer:
-«Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo.»



El misterio más grande de la vida –o lo que es lo mismo, su belleza más sorprendente (por inabarcable)– no es que nosotros tengamos sed de Dios. Esa sed nos constituye. Ya sé que muchos no la llaman así, porque no conocen al que puede saciarla. Y si no lo conocen, o si no pueden percibir lo que conocen de Él (a través de nosotros) como relacionado con la plenitud de su vida, no pueden ni siquiera nombrarlo.

Santa Edith Stein, refiriéndose a su maestro Edmund Husserl, que no era creyente, decía que todo el que busca la verdad busca a Dios, aunque no lo sepa. Lo mismo puede decirse de quien ama la belleza, en cualquiera de sus manifestaciones. O de quien desea el amor (el bien supremo), o la felicidad; esto es, lo mismo puede decirse de todos los hombres.

Porque quienes no se conmueven ante nada –o dicen que no se conmueven, o hacen como si no se conmovieran–, no suele ser en virtud de un acto verdaderamente racional y libre. El escepticismo cínico no es la posición espontánea de la razón, sino que supone una violencia. Por lo general, los escépticos recuerdan el comentario que hacía la zorra al abandonar la viña, en la clásica fábula de la zorra y las uvas: «No están maduras». Se hacen escépticos por resentimiento y frustración, porque el corazón está herido (y tal vez muy herido, muchas veces), al haber esperado la plenitud de algo o de alguien que no la puede dar. Esa herida hace comprensible el despecho, y permite abrazar a quien se refugia en él. A la vez, esa herida da inevitablemente testimonio del abismo infinito de nuestra sed, aunque ese abismo sólo pueda reconocerse y nombrarse cuando uno encuentra a quien lo colma.

Pero, repito, lo más sorprendente de la creación y de la Historia no es esa sed. Lo más sorprendente –por inimaginable–, y a la vez la raíz última y la justificación final de todo amor a la sabiduría –y también de toda épica, de todo drama, de toda lírica–, es que Dios haya salido, en Jesucristo, al encuentro de nuestra sed. Y eso sin que nosotros lo buscáramos, más que, si acaso, buscando otra agua, como en general nos es posible a nosotros antes de conocerle.

Como a la samaritana, Él nos lleva hasta el fondo de nuestro deseo de plenitud y lo ilumina, sin ceder a nuestros innumerables intentos de distracción. Y allí nos revela el misterio de los misterios: no la sed que nosotros tenemos de Él, sino la que Él tiene de nosotros y de nuestro amor. Y no porque Él tenga una carencia, porque nos necesite para completarse. Ése no es ciertamente el caso del Dios Trino, en sí mismo plenitud desbordante de amor y de correspondencia. Tiene sed de darse a nosotros porque amarle es nuestra plenitud. Él es el agua viva, pero el agua que corre en pos del sediento para saciarle. Precisamente esa sed, innecesaria para Él, y cuestión de vida o muerte para nosotros, le revela como Dios, como puro Amor. Sólo el silencio que adora, o el testimonio que canta, son adecuados aquí.

† Javier Martínez
Arzobispo de Granada

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