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¡Quédate con nosotros!

III Domingo de Pascua. Ciclo A

Fecha: 07/04/2005. Publicado en: Semanario Alfa y Omega 445 y en el semanario diocesano de Granada y Guadix, Fiesta 632



Lucas 24, 13-35
Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.
Él les dijo:
-«¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?»
Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le replicó:
-«¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabes lo que ha pasado allí estos días?»
El les preguntó:
-«¿Qué?»
Ellos le contestaron:
-«Lo de Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves: hace dos días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado: pues fueron muy de mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron.»
Entonces Jesús les dijo:
¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?»
Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura.
Ya cerca de la aldea donde iban, él hizo ademán de seguir adelante; pero ellos le apremiaron, diciendo:
-«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída.»
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció.
Ellos comentaron:
-«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?»
Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:
-«Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón.»
Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.



Le reconocieron al partir el pan. Sin duda, como siempre que narramos un hecho decisivo en nuestra vida, también aquí los cristianos que contaron aquella aparición de Jesús resucitado ya sabían que la Eucaristía era el momento privilegiado de la presencia de Cristo entre nosotros. Y dejaron que el aroma de esa certeza se insinuase levemente en el relato. También tenían muy clara la conciencia, por el testimonio de los apóstoles y por lo que ellos mismos habían vivido junto al Señor, de que lo más importante –en realidad, lo único necesario– era esa presencia de Cristo, «el único nombre que nos ha sido dado bajo el cielo para que podamos ser salvos». Y por eso también resuena ese dramatismo en la súplica de aquellos dos que le encontraron, sin esperanza y sin darse cuenta al principio de lo que estaba pasando, camino de Emaús: «¡Quédate con nosotros, porque atardece, y el día va de caída!»

¡Qué difícil es no escuchar estas palabras, y todo este Evangelio, a la luz de lo que la Iglesia está viviendo! En los miles de vigilias, de celebraciones, de gestos espontáneos de oración, en las incontables lágrimas de gratitud y de súplica que ha suscitado en todo el mundo la muerte de Juan Pablo II, hay latente una súplica similar, si no idéntica, a la de aquellos dos discípulos de Emaús: «¡Quédate con nosotros, Señor!» Huérfanos, ésa es la palabra. Afloraba en los labios, se podía leer en mil rostros. Huérfanos, ésa es la experiencia humana inmediata, para millones de hombres, de la pérdida de Juan Pablo II.

Juan Pablo II ha sido –y mucho más allá de las fronteras visibles de la Iglesia– un icono vivo de Cristo, el Hijo de Dios. De ese modo hacía experimentable la paternidad de Dios, esa paternidad que hace del mundo un hogar, y cuya ausencia lo convierte en una jungla inhóspita. Hasta en su enfermedad y en su muerte, Juan Pablo II nos daba su vida. Como hace un padre. Y en su vida, nos daba a Cristo. Y ese don, esa presencia, daba confianza y energía para acometer la Historia. Por ello su ausencia, por un momento, da vértigo. Porque sin Cristo todo hace agua. La vida de cada uno, la vida cotidiana, su sentido y su dirección, parecen volverse inciertos. La súplica expresa el anhelo y la necesidad de Cristo: «¡Quédate con nosotros, Señor!»

Y, sin embargo, no estamos huérfanos. «Yo estoy con vosotros, todos los días, hasta el fin del mundo». Dios es fiel, y no deja de cumplir sus promesas. Mientras damos gracias a Dios Padre por Juan Pablo II, y mientras le pedimos por el nuevo Papa, para que su ministerio nos sostenga a todos en la comunión y en la fe, hoy y siempre, está la fracción del pan. Está la Eucaristía, el don del cuerpo y de la sangre de Cristo, de cuya verdad, por medio de la sucesión apostólica, también el Papa es garante. A través del Papa, como en la Eucaristía, es Cristo quien hace nacer y crecer, y quien sostiene, a este pueblo, nacido de su costado abierto. Es Cristo quien guía la nave de la Iglesia.

† Javier Martínez
Arzobispo de Granada

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