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La puerta del Paraíso

IV Domingo de Pascua. Ciclo A.

Fecha: 17/04/2005. Publicado en: Semanario Alfa y Omega 446 y en el semanario diocesano de Granada y Guadix, Fiesta 633



Juan 10, 1-10
En aquel tiempo, dijo Jesús:
-«Os aseguro que el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ése es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el guarda, y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños.»
Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús:
-«Os aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon.
Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y, salir, Y encontrará pastos.
El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estrago; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante.»



Las imágenes no son más que imágenes, pero son también el modo más expresivo de asomarse al misterio, precisamente porque las imágenes no ocultan su limitación. La puerta del aprisco es Cristo. Él es la puerta de un lugar donde hay vida, y vida abundante. Él es la puerta del Paraíso. Para eso ha venido Él, para reunir a los hijos de Dios dispersos, para que tengan vida y la tengan abundante. Porque el Paraíso es eso, un lugar donde la vida corresponde al corazón. Cristo es la puerta de ese lugar y, luego, es ese lugar mismo, y es también quien nos lleva hasta él. Cristo es el Buen Pastor, y conoce a sus ovejas, y de tal manera las ama que pone su vida por la suya. Y sale a buscarlas, adonde ellas están. Ellas están en el desierto. En el desierto moral, según la expresión del filósofo MacIntyre en un artículo de 1959. Perdidas como Jennifer, la Jota de la película Educando a J. En busca de alimento de vida, y sin esperanza de poder encontrarlo, haciendo elegías o viviendo en ellas, flirteando con la muerte.

Por supuesto, en el mercado supuestamente libre hay mil ofertas de felicidad a bajo precio. Mil escapadas de un desierto a otro desierto, mil paraísos artificiales a los que descender, en los que hundirse, si uno renuncia a su razón y a las exigencias de su corazón. Algunos hombres sesudos, pero ciegos, se creen, incluso, que la ciencia y el progreso y la tecnología y el bienestar y todo eso ya han traído el cielo a la tierra, o están a punto de traerlo (faltan sólo algunos ajustes técnicos), y que esa nueva religión ha sustituido a las religiones antiguas. En fin. El Evangelio de hoy habla también de ellos. O de los que, teniendo confiada la vida de las ovejas, seguimos ofreciendo sucedáneos, en lugar de ofrecer a Cristo.

Camino del funeral del Papa, en el avión, a mi lado, se sentó una muchacha joven. Veintitantos. «¿Vas al mismo sitio al que voy yo?» –«Sí, por supuesto». Al cabo de un rato de conversación, era evidente que no tenía mucha experiencia de la Iglesia por dentro. «¿Qué quiere decir esa cruz grande que lleva usted?» –«Soy obispo». –«Ya me parecía que tendría que significar algo». Era ingeniero, había sido catequista hacía tiempo; luego en la parroquia hubo un cambio, y el grupo se había venido abajo. Ahora, recién terminada su carrera, trabajaba lejos de su ciudad natal. «¿Estás en algún grupo, en alguna comunidad, o algo?» –«No… Bueno, tengo algunos amigos que sí están». En algún momento le pregunté: «¿Por qué vas a Roma?» –«Bueno, yo estuve en Cuatro Vientos… Aquello cambió mi vida. Tengo una amiga que estudia en Roma, y la he llamado por si podía estar esta noche con ella. Voy a darle al Papa las gracias».

El Paraíso, el Reino, no son una utopía, sino una gracia. Que empieza aquí. Que se puede ver, tocar. Que se da con Cristo, y en la comunión de la Iglesia. Juan Pablo II se ha gastado ofreciendo a Cristo a todos. En estos días, un escalofrío de esa belleza posible que él nos mostraba ha cruzado el mundo.

† Javier Martínez
Arzobispo de Granada

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