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Trágica ingenuidad

XIII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo A

Fecha: 23/06/2005. Publicado en: Semanario Alfa y Omega 456 y en el semanario diocesano de Granada y Guadix, Fiesta 643



Mateo 10, 37-42
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles:
-«El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mi no es digno de mí; y el que no coge su cruz y me sigue no es digno de mí.
El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará. El que os recibe a vosotros me recibe a mí, y el que me recibe recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta tendrá paga de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo tendrá paga de justo.
El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pobrecillos, sólo porque es mi discípulo, no perderá su paga, os lo aseguro.»



No está de más recordar, después del sábado pasado, que la familia sí importa, pero que Cristo y la comunión de la Iglesia importan mucho más que la familia. Pues sólo cuando Cristo y la comunión de la Iglesia importan más que la familia, se sitúan de modo justo la familia y las relaciones que la constituyen. Fuera de Cristo, sólo hay dos alternativas, que a la larga coinciden mucho más de lo que parece: o la idolatría de la familia (que se parece no poco al nacionalismo, ya que familia y patria son conceptos religiosos); o su destrucción resentida, pues ni la más bella de las familias puede dar por sí sola la plenitud para la que está hecho el corazón del hombre y de la mujer.

La semana pasada, alguien me hizo llegar un artículo que llevaba por título: Chesterton «va» a la manifestación del 18 J. «Le va a gustar», me dijeron. El artículo contenía algunas citas preciosas de Chesterton sobre la familia. Luego se descolgaba con que la manifestación era aconfesional y apolítica. El artículo no me gustó. Porque la manifestación no era ni aconfesional ni apolítica, gracias a Dios. Tampoco Chesterton, por cierto. Un grupo humano aconfesional y apolítico es una masa de gente sin cerebro y sin libertad, el público de los reality shows, pero nada que ver con quienes estábamos allí. ¡Oh, yo entiendo lo que quieren decir! Yo mismo he dicho que el proyecto de ley sobre parejas homosexuales es, ante todo, una ofensa a la inteligencia. Y en el grupo al que yo acompañé hasta Madrid había un matrimonio musulmán, y también algunas personas no creyentes.

Pero también conozco esa ambigüedad cobarde, medio ñoña y medio hipócrita, con la que unos cristianos que huelen a cera por todas partes han afirmado durante años que eso del aborto no era un tema cristiano. Puro marketing. Pura vergüenza de manifestarse como cristianos. La misma actitud por la que, en lugar de hablar de moral cristiana, se prefiere hablar de ética de los negocios. ¡Como si el cristianismo no pudiera presentarse en sociedad!

Que se tengan unas posiciones aberrantes sobre el matrimonio o sobre el cuerpo pertenece al orden de los síntomas. Por supuesto, hoy la enfermedad es mortal. Pero el cáncer surge porque, desde hace muchas generaciones, los cristianos hemos creído y enseñado que Cristo y la Iglesia tiene que ver con las almas, y no con los cuerpos; con la vida sobrenatural, y no con la vida real. Que, aunque el alma pertenezca a Cristo, el cuerpo es cosa del Estado. Por lo tanto, de la política. Por lo tanto, del mundo. Y eso, lo mismo las derechas que las izquierdas. Unos y otros han aprendido eso en colegios que se suponen cristianos. Con perdón.

Sin la redención de Jesucristo se pierde el único fundamento racionalmente sólido para afirmar la dignidad absoluta de la persona humana. Por ello, si Cristo y la comunión de la Iglesia no son el pilar que sostiene la vida, ¡pobre matrimonio, pobre familia, pobre mundo! Poner esto entre paréntesis (aunque sea sólo como estrategia), es una impostura. O una trágica ingenuidad.

† Javier Martínez
Arzobispo de Granada

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