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Por un plato de lentejas

XXV Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo A

Fecha: 15/09/2005. Publicado en: Semanario Alfa y Omega 464 y en el semanario diocesano de Granada y Guadix, Fiesta 651



Mateo 20, 1-16
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:
-«El reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a *contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña.
Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo:
"Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido."
Ellos fueron.
Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde e hizo lo mismo-. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo:
¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?"
Le respondieron:
"Nadie nos ha contratado."
Él les dijo:
"Id también vosotros a mi viña."
Cuando oscureció, el dueño de la viña dijo al capataz:
"Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros."
Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno.
Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo:
"Estos últimos han trabajado sólo una hora, y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno."
Él replicó a uno de ellos:
"Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?"
Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos.»



Es imposible leer el evangelio de este domingo –como tantos otros–, y no darse cuenta de que implica una cultura alternativa, que choca profundamente con la concepción de la vida habitual en nuestra cultura, y también sin duda con la que era habitual en el entorno de Jesús. La parábola –como tantas otras– fue construida por Jesús para defender ante las críticas de los fariseos su modo de actuar con los pecadores y publicanos. Una defensa que consiste siempre en describir la conducta de Dios. Y esa conducta escandaliza. El texto, pues, nos habla de cómo es Dios. Pero si nos habla de cómo es Dios, inevitablemente, nos habla también de cómo es el mundo y de cómo somos nosotros.

Y ahora resulta que el mundo, visto y vivido desde la fe, es tan diferente de cómo nos lo presenta nuestra cultura, que hay que elegir. Y por alguna misteriosa razón (yo creo que por una pavorosa fragilidad humana e intelectual de nuestra experiencia de fe), hemos elegido la percepción del mundo, y hemos domesticado la fe. El choque con nuestras prácticas en la vida real es tal, que lo que hacemos es olvidarnos del Evangelio, o, sencillamente, pensar que las posibles consecuencias que se derivarían de él para nuestra vida son sólo para unas pocas personas, que libremente (y arbitrariamente, esto es, en el fondo, sin ninguna razón intrínseca para ello, excepto que a Dios parecen gustarle las extravagancias) podrían optar por construir la vida sobre la gratuidad.

A esto es a lo que Gramsci, el teórico italiano del eurocomunismo, se refería cuando decía que el cristianismo es sólo un residuo cultural del pasado, que nadie parece tomarse en serio, y que si alguien tratara de vivirlo seriamente, parecería un monstruo. En el pensamiento y en la vida de los cristianos, demasiadas cosas contribuyen a que eso parezca verdad. Si a nosotros mismos nuestra fe nos parece exagerada, ¿por qué habrían de tomársela en serio los demás?

Nos escandalizan las políticas neuróticamente anticristianas de nuestro Gobierno, en el ámbito de la familia, de la sanidad y de la educación. Pero hace mucho tiempo que nosotros mismos hemos vendido nuestra primogenitura por un plato de lentejas. Nos hemos entregado, con armas y bagajes, a la cultura ilustrada, y hemos liquidado la tradición cristiana. Ahora que la Ilustración se cae, descubrimos que no tenemos casa, ni para nosotros ni para los demás.

Nos hace falta el valor y la libertad de aceptar el ser considerados un poco monstruos, un poco extraños al mundo en que vivimos. Más exactamente, nos hace falta pedir la gracia que hace posibles ese valor y esa libertad. Pero llevamos demasiado tiempo dependiendo de la protección del mundo como para saber vivir por nosotros mismos. Y sin embargo, si nos importa el cristianismo, la Iglesia tiene que aprender a vivir así. A vivir de nuestra tradición y de nuestros recursos, no de los ajenos. Y a ser libres. Como lo eran los cristianos de los primeros siglos. La nueva evangelización pasa por ahí. Y no se dará sin esto.

† Javier Martínez
arzobispo de Granadara

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