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“A Dios lo que es de Dios"

XXIX Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo A

Fecha: 13/10/2005. Publicado en: Semanario Alfa y Omega 468 y en el semanario diocesano de Granada y Guadix, Fiesta 655



Mateo 22, 15-21
En aquel tiempo, se retiraron los fariseos y llegaron a un acuerdo para comprometer a Jesús con una pregunta. Le enviaron unos discípulos, con unos partidarios de Herodes, y le dijeron:
-«Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad; sin que te importe nadie, porque no miras lo que la gente sea. Dinos, pues, qué opinas: ¿es lícito pagar impuesto al César o no?»
Comprendiendo su mala voluntad, les dijo Jesús:
-«Hipócritas, ¿por qué me tentáis? Enseñadme la moneda del impuesto. »
Le presentaron un denario. Él les preguntó:
_«¿De quién son esta cara y esta inscripción?»
Le respondieron:
-«Del César.»
Entonces les replicó:
-«Pues pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. »



¡Cuántas veces se ha usado este texto para justificar el dualismo! Leído en el marco del pensamiento de la modernidad, el texto parecería legitimar una perfecta división de esferas: lo sagrado y lo profano, lo secular y lo religioso, el mundo y Dios. A Dios se le da lo que se le debe en su propio ámbito –el de lo religioso, el de lo sobrenatural–, y el César se queda con lo demás, que es la vida y lo real.

Por supuesto, la melodía no se tocaba con un solo instrumento, sino con una orquesta sinfónica: la Iglesia se ocupa de las almas, y el Estado –el buen Estado, naturalmente–, de los cuerpos. La Iglesia, de la fe, y el Estado, de la razón. Primero hay que construir al hombre, y luego al cristiano; o un periódico católico, o una Universidad católica, tienen que ser primero periódico, primero universidad, y luego, sólo luego, católicos. Más variantes: la trágica yuxtaposición entre evangelización y promoción humana, o la eterna canción de que a la Iglesia, o a la fe, hay que darles credibilidad y hacerlas aceptables añadiendo a su misión religiosa alguna obra social.

Todo esto pertenece a un mundo que agoniza. A la perfecta división entre lo sagrado y lo profano ha sustituido, hace mucho tiempo, la extensión de la soberanía del Estado a la educación y a las conciencias. Es natural: quien posee los cuerpos, y las disciplinas y las liturgias de los cuerpos, ya posee la mente y la conciencia. En la medida en que la Iglesia se entiende a sí misma en esos parámetros, que han sido los de cuatro siglos al menos, está destinada a desaparecer, junto con el mundo que dio a luz todas esas abstracciones. Uno quisiera gritar que la Iglesia no está tan vinculada al destino de la modernidad como para morir con ella (y menos aún, para morir por ella). Que un retorno a las fuentes de donde brota la vida de la Iglesia, como se decía en tiempos del Concilio Vaticano II, haría comprender inmediatamente el empobrecimiento de la experiencia cristiana que significa todo ese dualismo, y lo poco que tiene que ver con él la Tradición de la Iglesia (con mayúscula). Y esa libertad sería, tal vez, el servicio más grande que la Iglesia pudiera hacer hoy a los hombres, en medio de la perplejidad y de la confusión cultural de nuestro mundo.

Naturalmente, el comentario de Jesús implica una distinción entre Dios y el César. Ni Dios es el César, ni el César es Dios. Pero esta distinción no tiene, en absoluto, por qué ser leída en los términos del dualismo de la modernidad. De hecho, no fue leída así en la gran Tradición cristiana. Ni era ése su marco, cuando el comentario se hizo. El pago de los impuestos era una cuestión sumamente sensible en el entorno de Jesús. Para muchos judíos, pagar los impuestos era restarle a Dios su soberanía, algo así como reconocer a otro señor sobre Israel. La cuestión del tributo se convertía de ese modo en una cuestión de vida o muerte para la fe. Lo que Jesús dice –nada más y nada menos– es que no es pagar el tributo lo que impide que la vida sea de Dios. Y el que la vida sea de Dios –la vida entera, alma y cuerpo–, es para el hombre la única esperanza. Porque no es el César quien le va a salvar, sino Dios.

† Javier Martínez
Arzobispo de Granada

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