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Todo lo que Dios pide al hombre

XXX Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo A

Fecha: 20/10/2005. Publicado en: Semanario Alfa y Omega 469 y en el semanario diocesano de Granada y Guadix, Fiesta 656



Mateo 22, 34-40
En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús habla hecho callar a los saduceos, formaron grupo, y uno de ellos, que era experto en la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba:
-«Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?»
Él le dijo:
-«"Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser. "
Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él:
"Amarás a tu prójimo como a ti mismo."
Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas.»


Que el mandamiento primero –y el segundo–, y que toda la Ley (esto es, todo lo que Dios pide al hombre), sea amar, es una cosa paradójica. Es algo misterioso, sobrecogedor, nada evidente. Y no sólo amar, sino amar «con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente». Esto, a Dios. Y luego, al próximo, a éste «como a ti mismo». Ahí es nada.

Y aquí mismo comienzan las preguntas. ¿No es el amor, la donación de uno mismo, algo que sólo puede ser absolutamente libre, y que sólo tiene valor en la medida en que es libre? Entonces, ¿cómo puede el amor ser objeto de un mandamiento? Si amo porque me ha sido mandado, ¿es eso amor?

Que nos sea pedido amar a Dios y al prójimo así, y de una forma apodíctica, significa sencillamente que ese mandamiento expresa la entera clave de la existencia humana. Si de aquí depende toda la Ley y los Profetas, en efecto, este amor es el contenido mismo de la vida, la vocación única y universal para todos, en tanto que seres humanos. Que la vida se cumpla, se realice, eso es algo que sucede cuando se vive un amor así. Y sin un amor así, a Dios y al prójimo, a la vida le falta lo mejor, aquello en lo que la vida consiste, aquello para lo que la vida nos ha sido dada. La felicidad, por tanto, está en cumplir este mandamiento.

A la luz de Jesucristo, que nos ha revelado al Padre y su designio de amor, y que, de ese modo, nos ha revelado también quiénes somos nosotros, y cuál es nuestra vocación, algo de esto puede entenderse. Porque, en Cristo, Dios se ha manifestado como Amor infinito, sin límites y sin condiciones. Ahora bien, si por una parte «Dios es Amor», si la vida de Dios –Padre, Hijo y Espíritu Santo– es una comunión de amor, y si en consecuencia todo lo que Dios hace, también hacia fuera, es amar, es darse –empezando por la creación, esa primera gracia–; y si, por otra parte, nosotros somos imagen y semejanza suya, se entiende que lo que el mandamiento de Dios hace es permitirnos ser verdaderamente nosotros mismos, devolvernos a nosotros mismos. Ser enteramente para Dios, y vivir, «no ya para nosotros mismos», sino para Cristo, «que por nosotros murió y resucitó», es el modo más pleno y más jugoso de decir Yo, de decir Tú, de decir Nosotros, de decir Te quiero.

Otra pregunta inevitable. ¿Cómo le es posible al ser humano cumplir en absoluto semejante mandamiento? La respuesta rompe (una vez más) los esquemas habituales con los que concebimos nuestra relación con Dios. Eso sólo es posible si Dios e nos da primero, sólo es posible por gracia. Y esa gracia es la que nos es dada, ofrecida, en Cristo, y por medio de su Cuerpo, que es la Iglesia. Ahí, Dios se nos da –belleza infinita de un Amor que traspasa la carne–, y se une a nosotros. Y a partir de ese don, acogido por la libertad que el don mismo genera, es su Espíritu, es el Espíritu de su Hijo, quien ama en nosotros, quien ora en nosotros, quien suspira en nosotros por la plenitud de la Redención. Es Dios mismo, en nuestra carne, quien da gloria a Dios. Y es por eso por lo que yo puedo glorificarle, y amarle, y darle gracias.

† Javier Martínez
arzobispo de Granada

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