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Una boda peculiar

XXXII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo A

Fecha: 03/11/2005. Publicado en: Semanario Alfa y Omega 471 y en el semanario diocesano de Granada y Guadix, Fiesta 658



Mateo 25, 1-13
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:
-«Se parecerá el reino de los cielos a diez doncellas que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al esposo.
Cinco de ellas eran necias y cinco eran sensatas.
Las necias, al tomar las lámparas, se dejaron el aceite; en cambio, las sensatas se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas.
El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron.
A medianoche se oyó una voz:
¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!
Entonces se despertaron todas aquellas doncellas y se pusieron a preparar sus lámparas.
Y las necias dijeron a las sensatas:
"Dadnos un poco de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas. "
Pero las sensatas contestaron:
"Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis."
Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta.
Más tarde llegaron también las otras doncellas, diciendo:
"Señor, señor, ábrenos."
Pero él respondió:
"Os lo aseguro: no os conozco.
Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora.»



El Apocalipsis pone en boca de Cristo estas palabras: «Yo soy el Alfa y la Omega», es decir, el principio y el fin de todas las cosas, «el que es, el que era y el que viene». Desde la Encarnación, al menos, Cristo no ha dejado de venir a nosotros.

Digo al menos, porque Cristo ha estado viniendo desde la creación del mundo. No como cuando vino a la Virgen, porque en ella se abrazó de tal manera a nosotros, que se hizo con nosotros una sola cosa. Pero no hay que olvidar que todo ha sido creado por Él y para Él, y que todo tiene en Él su consistencia. Y tampoco lo que dice san Pablo, que la roca de la que bebían los israelitas en el desierto era Cristo. En realidad, Cristo está en el origen, y a la vez es la meta, de toda esta historia, de toda la Historia. Y a lo largo de toda ella, no ha dejado de acompañarla, de guiarla discretamente, sin violar jamás la libertad de su criatura, dándose a conocer y suscitando pacientemente su amor, hasta el Sí sin fisuras de la Virgen. Por eso, la Historia tiene como centro el acontecimiento de Cristo. Su significado es el desposorio entre Dios y la creación, en el que se unen el cielo y la tierra. En él, Dios se revela como Dios, y revela el designio último de la creación: comunicarse al hombre por medio de su Hijo, darse, unirse a él, y darle su propia vida, su propio Espíritu.

Hoy Cristo viene a nosotros cada vez que celebramos la Eucaristía, y se une a nosotros, y nos hace miembros de su Cuerpo. La Eucaristía es una misteriosa prolongación de la Encarnación, hasta el día de su venida gloriosa. También viene a nosotros, para quien ha aprendido a reconocerle, en cada persona, miembro de Cristo y templo de Dios, o creado para serlo. Y también viene en cada acontecimiento, y está en cada cosa. «La creación –decía un Padre de la Iglesia del siglo IV– lleva a Cristo en sus símbolos como la Virgen lo llevó en sus miembros». Y por eso, para un cristiano, la realidad es siempre, en último término, amable. No siempre dulce, no siempre de color pastel, a veces terriblemente dolorosa, pero siempre digna de amor.

La intención del texto evangélico es clara: «Vigilad y orad, porque no sabéis ni el día ni la hora». El Señor viene, puede tardar –Jesús está reproduciendo en ese detalle un rasgo de las bodas palestinas de su tiempo–, y vivir es estar atentos a su venida. Pero hay otros detalles chocantes en la parábola. El primero es que es una boda sin novia. Y es que la novia eran los oyentes, somos los lectores. La boda describe la Nueva Alianza, el novio es Cristo, y la novia es la Iglesia, y en ella, cada uno de sus miembros. Tal vez lo más chocante, sin embargo, es que el Señor describa su venida con la imagen de una boda. Como nuestra imaginación ha dejado hace tiempo de pisar suelo cristiano, esa imagen no nos es familiar. Qué le vamos a hacer. Y, sin embargo, las bodas de este mundo sólo son un reflejo de esta Boda, sólo existen para que podamos entender algo del amor de Dios, y de la alegría de su venida. Por esa alegría –afirma el libro del Apocalipsis– suspiran «el Espíritu y la novia», cuando dicen: «Ven». ¡Sí, ven, Señor Jesús!

† Javier Martínez
Arzobispo de Granada

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