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Allanad los caminos del Señor

II Domingo de Adviento. Ciclo B

Fecha: 04/12/2005. Publicado en: Semanario diocesano de Granada y Guadix, Fiesta 662-663



Marcos 1,1-8
Comienza el Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios.
Está escrito en el profeta Isaías: «Yo envío mi mensajero delante de ti para que te prepare el camino. Una voz grita en el desierto: “Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos”». Juan bautizaba en el desierto; predicaba que se convirtieran y se bautizaran, para que se les perdonases los pecados. Acudía la gente de Judea y de Jerusalén, confesaban sus pecados, y él los bautizaba en el Jordán. Juan iba vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y proclamaba: «Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo».


El Apocalipsis pone en boca de Cristo estas palabras: “Yo soy el Alfa y la Omega”, es decir, el principio y el fin de todas las cosas, “el que es, el que era y el que viene” (Ap 1, 8). Desde la Encarnación, al menos, Cristo no ha dejado de venir a nosotros.

En la manera habitual de ver las cosas, libertad y gracia son incompatibles. Como fe y razón. O como, a otro nivel, libertad y comunión, libertad y amor. De manera que, si está la gracia -se piensa-, no puede estar la libertad. Y hasta donde llega la libertad, no puede estar, y no hace falta que esté, la gracia, que sólo empezaría allí donde la libertad se termina. Una cosa (la gracia, la fe, la comunión) es “contigua” y, por tanto, limítrofe, con la otra (la libertad, la fe). Donde la naturaleza se basta a sí misma, ¿para que habría que apelar a lo sobrenatural? ¿No sería, incluso, una especie de intromisión de Dios en terrenos que no son los suyos propios, terrenos que ha querido dejar en las manos del hombre?

Esta manera de ver las cosas refleja alguna de las fracturas más profundas de la experiencia cristiana en el período de la historia que se llama la modernidad. En términos técnicos, refleja la fractura, la separación, entre “natural” y “sobrenatural”. En realidad, refleja una percepción de Dios en la que Dios es también “contiguo” al mundo. El mundo está fuera de Dios, y Dios fuera del mundo, como una manzana está al lado de otra manzana, yuxtapuestos. Cuando se admite la existencia de un Dios Creador, resulta que Dios ha creado el mundo como un ingeniero construye una máquina (la imagen favorita es la del relojero). El reloj, obviamente, no forma parte del relojero. Ni el relojero está en el reloj. El mundo está fuera de Dios. Y Dios está fuera del mundo. Y no tiene que ver con el mundo, excepto en su origen, o cuando al mundo se le agotan sus posibilidades, y el reloj se avería.  No es éste, claro está, el lugar de mostrar lo que ahora voy a decir, pero esta manera de ver las cosas es absolutamente inadecuada para describir la relación entre Dios y la realidad creada. Esta manera de ver las cosas es fruto de algunas transformaciones sutiles, pero decisivas, que tuvieron lugar al comienzo de la modernidad, y que no sólo afectaron al concepto de Dios, sino a la antropología y a la teoría social. Como consecuencia de esas transformaciones, los conceptos de razón, de libertad, de afecto, quedaron también profundamente transformados respecto a los que habían regido la tradición cristiana. Y sin embargo, esta  manera de ver las cosas determina toda nuestra experiencia de Dios, de la vida y de las cosas, y  la verdad es que tiene una lógica interna que, a la larga, termina haciendo imposible la fe.

No sólo la fe no se opone a la razón, sino que la reclama, la estimula, la lleva a su límite. En cierto modo, la fe no es sino una “intensidad” de la razón, una forma de la razón más comprensiva y abierta de lo que generalmente llamamos “razón”, que en el pensamiento moderno ha quedado reducida a poca cosa: su tarea principal (en muchos casos la única) se limita a medir y a contar aquellas cosas que pueden ser medidas y contadas, que, aun siendo muchas, no son nunca las más importantes de la vida.

Y lo mismo sucede con la gracia y la libertad, o con la libertad y el amor. Nunca son dos realidades que se excluyen la una a la otra, sino que se implican mutuamente: no es la falta de amor lo que hace que la persona sea libre, sino que lo hace esclavo de su propia instintividad, de la opinión general, del poder. Es el amor, acogido, recibido, el que despierta y suscita la libertad verdadera. “Todos los hombres felices son demócratas”, decía G. K. Chesterton en un tiempo en que las dictaduras barrían el panorama europeo. La frase vuelve a ser dramáticamente actual. Y lo mismo con la gracia. La libertad se despierta, empieza, cuando encuentra su objeto. Y su objeto es el amor, su objeto es la gracia.

Al oír, al comienzo del Adviento, la exhortación de Juan el Bautista: “¡Preparad el camino al Señor! ¡Enderezad vuestras sendas!”, todos entendemos que se trata de una llamada a la conversión, de una apelación a nuestra libertad. E inmediatamente deducimos: que lo primero de todo es que tenemos que convertirnos; que convertirnos consiste en decidirse a empezar a ser buenos; y que, si somos buenos, Dios tendrá misericordia de nosotros. ¡Qué de errores acumulados! ¡Qué miseria de idea de Dios, y qué miseria de vida! Si nosotros pudiéramos convertirnos solos, ¿para qué necesitaríamos a Cristo? Si convertirse fuese una cuestión de decisión y de fuerza de voluntad, ¿a qué viene toda esta historia de la salvación (la historia de la paciencia de Dios), y la Encarnación y la Cruz?

¿Y si convertirnos fuera empezar a mirar al lugar de donde nos puede venir la misericordia y la ternura que necesitamos? “Ojalá rasgases el cielo y bajases...”.

O también: “Que brille tu rostro y nos salve...” ¿Y si convertirnos fuera desearte, desear tu venida y tu compañía, anhelarla, suplicarla? Ese deseo y esa súplica sería ya la primera gracia, porque tenía razón S. Agustín, cuando escribía: “No me buscarías si no me hubieras encontrado”. ¿O sería la primera gracia esta llamada de la Iglesia -que sí ha encontrado a Aquél para quien nuestro corazón está hecho- a reconocer en nuestro desasosiego un negativo del deseo que aún no ha encontrado su objeto? No, la primera gracia es esa misma insatisfacción, esa inextinguible llama del deseo infinito de plenitud puesto en nuestro corazón, gracias al cual podemos reconocer al Amor cuando llega.  ¡Abre tu corazón a Cristo! ¡O al me-nos, al deseo de Cristo, o al menos, al deseo de plenitud que hay en ti! ¡No lo censures, no lo bloquees, por mucho que te digan que no hay nada que lo satisfaga, o que sólo tienes para satisfacerlo productos del “todo a cien”! Ese deseo es ya deseo de Cristo, aunque no lo sepas.

† Javier Martínez
Arzobispo de Granada

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