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¡Hemos encontrado al Mesías!

II Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B.

Fecha: 15/01/2006. Publicado en: Semanario diocesano de Granada y Guadix, Fiesta 668



Juan 1,35-42
Estaba Juan con dos de sus discípulos y fijándose en Jesús que pasaba, dice: “Éste es el Cordero de Dios”.  Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, le pregunta: “¿Qué buscáis?”.  Ellos le contestaron: “Rabí -que significa Maestro-, ¿dónde vives?”.  Él le dijo: “Venid y lo veréis”.  Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día; serían las cuatro de la tarde. Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús; encuentra primero a su hermano Simón y le dice: “Hemos encontrado al Mesías -que significa Cristo-”.  Y lo llevó a Jesús.  Jesús se le quedó mirando y le dijo: “Tú eres Simón, el hijo de Juan: tú te llamarás Cefas -que se traduce Pedro-”.



No lo podía haber dicho mejor. Por muchos motivos, no podía haberlo dicho mejor. Andrés, el hermano de Simón Pedro, cuando al día siguiente se tropieza con su hermano, le dice: "¡Hemos encontrado al Mesías!" Como judío, él no podía decir más. El Mesías como precisa el mismo evangelista, "significa Cristo", es decir, significa "el Ungido". ¿Qué entendía Andrés por "el Mesías", en ese momento? Tal vez el "restaurador del Reino de Israel", tal vez "el Pastor" que había de "reunir al pueblo de Israel disperso".

Estas misiones, nosotros las describiríamos como "políticas". Pero eso se debe a que nosotros - nuestra cultura - ha cavado durante los últimos siglos una zanja enorme, abismal, entre "lo religioso" y "lo político". No una distinción, no una diferenciación, sino una zanja infranqueable. Una zanja perniciosa para lo religioso y, más aún, para lo político. ¡Por Dios! No estoy abogando por una unión entre el reino y el altar, porque esa unión es más perniciosa todavía, por más que muchos bajos instintos, tanto en el reino como en el altar, tiendan siempre a ella, de mil formas y aunque no lo parezca. Lo único que digo es que lo que llamamos "lo religioso", si no sirve para crear un pueblo, si no crea un pueblo con conciencia de pueblo, y con identidad de pueblo, es que está atrofiado, es que no es ya verdaderamente religioso. Y lo que llamamos "lo político", desgajado por entero de todo sentido religioso, es incapaz de crear un cuerpo social con identidad alguna. Sin respeto al sentido religioso de los hombres, sin más moral que la que dicten las encuestas (y esa moral la fabrican a la carta los medios de comunicación), lo político se convierte en el paraíso de oportunistas sin vergüenza, de ladrones sin escrúpulos, de neuróticos megalómanos. Por eso, "lo político secularizado" tiende a buscarse sucedáneos contrahechos y monstruosos de lo religioso, al estilo de "la nación", "la raza", o la clase social, como hicieron el nacional-socialismo y el marxismo. Esas "religiones" esperpénticas son una especie carroñera.

Entre lo religioso y lo político, en el judaísmo de tiempos de Jesús, no existía esa zanja. El Mesías era el objeto de las esperanzas de Israel, porque era el objeto de las promesas de Dios en las Escrituras. Instauraría un reino, sí, pero al mismo tiempo, "volvería el corazón de los hijos hacia los padres, y de los padres hacia los hijos". Al mismo tiempo, sería la expresión de la "nueva alianza" de Dios con su pueblo, y en ese reino, "con las espadas se fabricarían arados". Andrés no podía decir más que lo que dijo para expresar la grandeza, la inmensidad de lo que había sucedido la tarde anterior. Habían estado con Jesús, el y Juan. El Bautista lo había identificado como "el cordero de Dios", y ellos se fueron tras él, movidos por la curiosidad y el deseo de plenitud que hay en todo ser humano vivo. ¿De qué hablaron, cómo les miró, cómo se sintieron tratados por aquel hombre, como para decir al día siguiente "hemos encontrado al Mesías"? "Nunca hemos visto cosa igual", dirían otros que le conocieron después. En ese hombre "habitaba la plenitud de la divinidad", pero un judío, de entrada, jamás se atrevería a decir una cosa así. Decir "hemos encontrado al Mesías" es decir "hemos encontrado al que cumple la historia, la de cada uno y la de todos".

Ser cristiano es ese encuentro. Ser cristiano que a uno le haya sucedido eso que les sucedió a Juan y a Andrés a eso de "las cuatro de la tarde". El encuentro tiene mil formas: a veces su hora se pierde en la memoria, porque uno a aprendido a mirar a Jesús desde los ojos de su madre, antes incluso de aprender a hablar. Otras veces es a lo largo de la vida: un amigo, una novia, un compañero de trabajo, una familia vecina. Es siempre un encuentro, y es siempre algo extraordinario. Extraordinario porque corresponde de tal modo al corazón, que uno no lo puede "fabricar".

Y en ese encuentro, uno descubre siempre que no es uno quien ha encontrado a Dios, sino que es Dios quien ha encontrado al hijo pródigo.

†  Javier Martínez
Arzobispo de Granada

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