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La pertenencia decisiva

III Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B

Fecha: 22/01/2006. Publicado en: Semanario diocesano de Granada y Guadix, Fiesta 669



Marcos 1, 14-20
Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía:
- «Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio.»
Pasando junto al lado de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que eran pescadores y estaban echando el copo en el lago.
Jesús les dijo:«Venid conmigo y os haré pescadores de hombres.»
Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.
Un poco más adelante vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes. Los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon con él.



Tal vez, detrás de la fascinación y de la adición de los adolescentes (y de muchos adultos) a los teléfonos móviles está, junto al misterioso poder que le concede a un ser humano el hablar con otro que está a cientos o miles de kilómetros de distancia (el misterio mayor está ahí en cómo el celular encuentra, con sólo marcar unos números, el otro celular que está en otra parte de la ciudad, o del mundo), y también junto a otros factores, la necesidad de pertenencia que tenemos las personas humanas. A los adolescentes, como a los adultos, pero más, y más cuanto menos firme sea el suelo en que se pisa, les agrada que les llamen, que "alguien" en el mundo se acuerde de ellos, que sepa su nombre y su número, y lo marque. Esas llamadas te definen, dicen quién eres para otros, señalan, después de todo, que no eres simplemente un NIF.  Lo decía el protagonista de “Desayuno con diamantes”, al final: "Los hombres pertenecemos unos a otros porque es la única manera de ser felices". Sí, los seres humanos no somos -no estamos hechos para ser- como el gato del mismo film, ariscos, sin nombre, sin casa, sin fidelidad, sin meta.

Naturalmente, lo que define las pertenencias en una determinada cultura es la concepción global de la vida y del destino del hombre que esa cultura encarna, el horizonte de sentido que da a la existencia humana. En el mundo del capitalismo avanzado, en "la era del vacío", esas pertenencias son alienantes: uno pertenece por entero (casi como en una religión, o sin "casi") a la empresa para la que trabaja, o al equipo de football del que es socio, o al estilo de moda con que se viste. 

Sin duda, no todas las pertenencias son tan banales como la del equipo de football o la de la marca de la ropa y el modo de vestir. La misma de la empresa es más seria, o tiene más pretensiones de serlo. Pero están la familia, la nación, por ejemplo. O lo que queda de ellas, porque la familia ha sufrido tales metamorfosis que ha quedado reducida, donde existe, a algo que apenas tiene que ver con la experiencia de familia de la que hemos oído hablar o hemos visto todavía algunos, aquí mismo en España o en otros lugares. Y similares transformaciones han sufrido los términos de nación o de empresa. De ser lugares de crecimiento y de realización humana han pasado o están pasando a ser espacios vacíos y anónimos, de pura explotación. El ser humano, sacrificado por entero a la producción y a los intereses del poder. El título de la película podría ser: "El retorno de Molok". (Molok era un ídolo que se nutría de sacrificios humanos).

El evangelio de hoy - que contiene un resumen de lo que era la predicación de Jesús, de lo que fue su ministerio -, dice por lo menos dos cosas. Una, que con Cristo ha llegado lo definitivo, y que lo definitivo es bueno. Lo definitivo es el Reino de Dios, pero el Reino de Dios es el mismo Jesucristo, y la relación con Él, que Él empieza a establecer con los hombres con los que se va encontrando: Juan, Andrés, Simón, Mateo, la Samaritana, el paralítico perdonado, Zaqueo...  Ese encuentro con Jesús significa para estos hombres -y para los millones de hombres que le hemos encontrado más tarde-, el encuentro que cambia todo, las relaciones humanas, los valores, el sentido del espacio y del tiempo, la vida entera. El otro nombre de ese cambio es la palabra "conversión". Hay otro nombre todavía: "fe". La fe es adherirse a ese encuentro, que es "evangelio", es decir, "buena noticia". La buena noticia por excelencia. La noticia que expresa el valor definitivo de la vida, que la abre al horizonte de la vida eterna.

Por eso, y esta es la segunda cosa que dice el evangelio de hoy, para quien ha encontrado a Jesucristo, la pertenencia a Jesucristo "es" la primera pertenencia, la más decisiva, y la que determina todas las demás, en función de lo que ahora sabemos que es nuestro destino y la meta de nuestra vida. Un signo de la verdad del evangelio es su fuerza liberadora, que experimenta todo aquél que accede con sencillez a la fe. En efecto, la pertenencia a Jesucristo, que se vive en la comunión de la Iglesia,  "recoloca" las demás pertenencias, las transfigura, las vuelve humanas. Les despoja de su poder de alienación, de su pretensión de dominio absoluto sobre el hombre, las coloca en su lugar. Cristo, con su venida, con su llamada, pone al hombre "en lo último", y todo lo demás pasa a ser "penúltimo", algo que viene después, y que vale sólo en función de la plenitud de la persona.

Simón, Andrés, Juan y Santiago, dejaron todo y le siguieron. Era lo lógico. Sigue siendo lo lógico. Cristo llama. Sigue llamando. Es una llamada siempre única, siempre personal. Es una llamada a la vida, a la libertad.

†  Javier Martínez
Arzobispo de Granada

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