Inicio arrow Docs arrow Escritos pastorales arrowComentarios bíblicos

Imprimir Documento PDF
 

Una autoridad peculiar

IV Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B

Fecha: 29/01/2006. Publicado en: Semanario diocesano de Granada y Guadix, Fiesta 670



Marcos 1, 21-28
Jesús y sus discípulos entraron en Cafarnaún, y cunado el sábado siguiente fue a la sinagoga a enseñar, se quedaron asombrados de su doctrina, porque no enseñaba como los escribas, sino con autoridad. Estaba precisamente en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo, y se puso a gritar: "¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno?, ¿has venido a acabar con nosotros? Sé quien eres: el Santo de Dios". Jesús le increpó: "Cállate y sal de él". El espíritu inmundo lo retorció y, dando un grito muy fuerte, salió. Todos se preguntaron estupefactos. "¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta los espíritus inmundos les manda y le obedecen". Su fama se extendió en seguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea.



En nuestro mundo y en nuestro contexto, el concepto de autoridad está vinculado a la idea de "mandar". Y como las referencias al bien y al mal están confusas, porque nos hemos creído que "los valores" los construimos nosotros, y las referencias a la verdad también están confusas, porque creemos que la verdad es sólo el modo como nosotros percibimos las cosas y, por lo tanto, es indistinguible de la sinceridad, la autoridad ha perdido toda belleza, se convierte en arbitraria, y su ejercicio no genera sino resentimiento. 

Correlativo a este modo de comprender la autoridad es una concepción de libertad que la identifica con "escapar", con "liberarse" de la autoridad. Según esta concepción, la libertad consistiría en la falta de vínculos estables, en la ausencia de referencias vinculantes y sólidas, en el puro seguir la espontaneidad del deseo inmediato.

Es evidente que una sociedad no puede vivir sin autoridad. Pero una autoridad así no hace crecer a nadie, es intrínsecamente "totalitaria". Entonces nos volvemos hacia la libertad. Y una libertad así tampoco es libertad, convierte a las personas en esclavas de sus instintos más bajos, les hace carne de cañón para la publicidad, y para las manipulaciones sin escrúpulos del poder. Entre estos dos falsos conceptos, que llevan del uno al otro, de la anarquía intelectual a las dictaduras, del nihilismo a la moralidad formal de Kant o a la moralidad victoriana, agonizan las sociedades occidentales. Agonizan las familias, agonizan las escuelas. La educación hace aguas, y es una ruina económica y humana. Para salir del círculo vicioso, sólo hay un camino: encontrarse con una autoridad que sea distinta, vivir una libertad diferente. Vivir una libertad que sea poder adherirse sin coacción a la belleza, al bien, a la verdad. Encontrar una autoridad que verdaderamente haga crecer en el uso de la razón, en la libertad verdadera. Sólo desde ese encuentro, desde una experiencia distinta de la vida, es posible hacer una crítica razonable e inteligente a las premisas -intelectuales, morales, sociales y políticas-, que han engendrado, y dado vigencia, y convertido en dogma, esos conceptos formales y vacíos de autoridad y de libertad, que son un verdadero cáncer de nuestra vida personal y social.

Cuando el Evangelio nos dice que la gente comentaba de Jesús que "enseñaba con autoridad, y no como los escribas", sin duda el evangelista no tenía delante de sí una problemática semejante a la nuestra.  Lo que quería decir es que los escribas eran como esos guías de turismo que repiten, sin gracia y de corrido, casi sin pensar en lo que dicen, y sin interesarse por aquellos a quienes se lo dicen, una larga tira de fechas, de estilos, de nombres, de tópicos sobre la historia. Los escribas "se sabían" la ley, y eran "profesionales" en las cosas de la religión, pero el comentario del evangelista implica que no hablaban en primera persona, que no se ponían en juego a sí mismos al enseñar. "Haced lo que os dicen, diría el Señor, pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos no hacen lo que dicen". Era otra problemática, ciertamente. No quiero decir que hoy no existan escribas, o que el riesgo de hacer de la religión un "modus vivendi" y un comercio no se dé en nuestra sociedad. Aunque hoy los escribas suelen estar más al servicio de la religión secular que al servicio de Jesucristo y de su Iglesia (lo que se comprende, y es una gracia para la Iglesia), también hay escribas en la Iglesia. Sin duda. Manosear lo sagrado, reducirlo a un discurso del que se vive, es una tentación permanente.

Lo que quiero decir es que la única defensa contra los escribas, como la única manera de salir del infierno y de las trampas de una autoridad concebida como dominio y de una libertad concebida como ausencia de vínculos, es encontrarse con alguien, con unas personas, con una propuesta, con una cultura, con un pueblo, que vive autoridad y libertad en otras claves, y que con esas palabras toca otra melodía. La autoridad que se pone a sí misma en juego, que se da, que da la vida para que los otros crezcan (y crezcan, sobre todo, en lo más específicamente humano, que es en la razón y en la libertad, los dos instrumentos indispensables para reconocer y para adherirse al don de Dios). En realidad, es el ejercicio de esa autoridad la que hace crecer la razón y la libertad verdaderas, la que permite hacer experiencia de ellas, por muy paradójico que pueda parecer. Esa autoridad es la que podían reconocer en Cristo. Es la que se puede reconocer en los santos, y en la vida de la Iglesia cuando los hombres de Iglesia no se venden al mundo. Es la que permite educar de un modo que quienes reciben esa educación puedan dar gracias por ella. Esa autoridad es la que necesitamos.

† Javier Martínez
Arzobispo de Granada

arriba ⇑