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“¿Quién puede perdonar pecados fuera de Dios?”

VII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B

Fecha: 19/02/2006. Publicado en: Semanario diocesano de Granada y Guadix, Fiesta 673



Marcos 2, 1-12 
Cuando a los pocos días volvió Jesús a Cafarnaún, se supo que estaba en casa. Acudieron tantos que no quedaba sitio ni a la puerta. Él les proponía la palabra Llegaron cuatro llevando un paralítico y, como no podían meterlo, por el gentío, levantaron unas tejas encima de donde estaba Jesús, abrieron un boquete y descolgaron la camilla con el paralítico. Viendo Jesús la fe que tenían, le dijo al paralítico: “Hijo, tus pecados quedan perdonados”. Unos escribas, que estaban allí sentados, pensaban para sus adentros: “¿Por qué habla éste así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar los pecados fuera de Dios?” Jesús se dio cuneta de lo que pensaban y dijo: «¿Por qué pensáis eso? ¿Qué es más fácil: decirle al paralítico “tus pecados quedan perdonados” o decirle “levántate, toma la camilla y echa a andar”? Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados…» Entonces le dijo al paralítico: “Contigo hablo: Levántate, toma tu camilla y veta a tu casa”. Se levantó inmediatamente, tomó la camilla y salió a la vista de todos. Se quedaron  atónitos y daban gloria a Dios diciendo: “Nunca hemos visto una cosa igual”.



La necesidad primera que tenemos todos, absolutamente todos, sin excepción, es la necesidad de misericordia. De ser perdonados. Tenemos tanta necesidad de ser perdonados como del aire para respirar. Y, desde luego, mucha más necesidad de ser perdonados que de muchos de los bienes por los que sacrificamos tantas cosas valiosas de nuestra vida. Todos, en la vida, y más a medida que la vida pasa, hemos cometido un cierto número de errores, más o menos grandes, que no tienen arreglo. Como el protagonista de La Caída de Albert Camus, todos hemos hecho daño a personas, y normalmente a personas que queremos o que hemos querido, unas veces sin darnos cuenta y otras dándonos cuenta, y a veces de forma irreparable. Sin la posibilidad de un perdón que vaya hasta el fondo, más allá de los que nos podemos ofrecer y dar unos a otros, o de las excusas y razones que nos podemos dar nosotros mismos, sin la posibilidad de un perdón radical que sólo Dios puede ofrecer, la vida humana se oscurece, se vuelve miserable. En el mundo antiguo, los hombres hacía larguísimas oraciones a los dioses con listas de faltas y pecados, y grandes sacrificios, por ver de aplacarlos en su ira. En nuestro mundo descreído, la necesidad de perdón puede leerse en los rostros de las personas, como una súplica sin palabras, constantemente. Lo que sucede es que no hay a quién pedírselo, como confiesa una de las protagonistas de la película Las Horas. 

A la pregunta de “quién puede perdonar pecados fuera de Dios”, la respuesta es “nadie”. Ésa era la respuesta entonces, y ésa lo es ahora. Y sin embargo, Jesús los perdonaba. Era un aspecto esencial, absolutamente central, de su proclamación del Reino. Los evangelios están tan llenos de referencias a este hecho, y esas referencias tienen tales características, que sería imposible sin prejuicios atribuir el dato a algún accidente en la historia de la formación de la tradición evangélica. Es más, ese hecho fue sin duda determinante en la condena a muerte de Jesús. Jesús fue acusado de “acoger a los pecadores y comer con ellos”, de ser un “comilón y bebedor, amigo de publicanos y pecadores”. Zaqueo, el jefe de los impuestos indirectos en Jericó, la pecadora perdonada del capítulo 7 de S. Lucas, Mateo (otro publicano, que vino a ser uno de los Doce), la mujer adúltera, la Samaritana, todos son testimonio del perdón ofrecido por Jesús a aquellos que en el mundo judío de su tiempo estaban excluidos de la misericordia de Dios. Pero aparte están las palabras de Jesús: piénsese en las parábolas llamadas “de la misericordia” en Lucas 15, o en la dimensión del perdón unida a las curaciones de Jesús. Si todo lo que hace referencia al perdón de los pecados se retirase de los evangelios, no quedaría apenas nada. Hasta la sangre de Cristo ha sido derramada “por vosotros y por todos los hombres, para el perdón de los pecados”.

No hace mucho, una mujer que había tratado de quitarse la vida, me preguntaba con una ansiedad inmensa: “¿Usted cree que Dios me habrá perdonado?” “Sí”, le dije. “Si de algo puedes estar segura es de eso. Dios es sólo Amor, sin condiciones y sin límites. Dios sólo quiere tu bien. Quien seguramente no te has perdonado eres tú”. Se echó a llorar. “Tiene razón, soy yo quien no me he perdonado. Pero cuánta paz me da oírselo. Dígamelo otra vez”. Era su forma de decir: “Señor, ten piedad”, esa oración, ese grito, el más humano de todos.

Pues bien, ser cristiano es saber que ese grito es escuchado siempre. El perdón de Jesucristo, el Hijo de Dios, permanece en la Iglesia, intacto en su poder redentor, a pesar de las muchas miserias que podamos tener quienes somos portadores de ese tesoro. “A quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”. Este perdón está en el alma y el corazón de la Iglesia, que tiene como parte esencial de su misión anunciar y dar ese perdón, y a la vez, ofrecer a los hombres la presencia y la compañía de Cristo que está en ella, y ofrecerse ella misma, como Cristo, por el perdón de los pecados del mundo. En realidad, la experiencia cristiana es, ante todo, la experiencia de una gracia, de una liberación, y esa liberación es, en primer lugar, la liberación del peso de nuestras culpas, el perdón de nuestros pecados. El cristianismo es la experiencia del encuentro con Cristo presente, cuyo amor cambia la vida, nos devuelve a nosotros mismos. Sigue siendo Cristo quien perdona, pero lo hace a través de su Cuerpo, de la Iglesia. Allí es donde, hoy, nuestra humanidad es alcanzada por su misericordia infinita.

† Javier Martínez
Arzobispo de Granada

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