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Una Fiesta de bodas que no acaba

VIII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B

Fecha: 26/02/2006. Publicado en: Semanario diocesano de Granada y Guadix, Fiesta 674



Marcos 2, 18-22 En aquel tiempo, los discípulos de Juan y los fariseos estaban de ayuno. Vinieron unos y le preguntaron a Jesús: -Los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan. ¿Porqué los tuyos no? Jesús les contestó: -¿Es que pueden ayunar los amigos del novio, mientras el novio está con ellos? Mientras tienen al novio con ellos, no pueden ayunar. Llegará un día en que se lleven al novio; aquel día sí que ayunarán. Nadie le echa un remiendo de paño sin remojar a un manto pasado; porque la pieza tira del manto, lo nuevo de lo viejo, y deja un roto peor. Nadie echa vino nuevo en odres viejos; porque revientan los odres, y se pierden el vino y los odres; a vino nuevo, odres nuevos.


Balthasar, tal vez con De Lubac el teólogo católico más grande del siglo XX, escribía en alguna parte que la cumbre de la revelación del Antiguo Testamento se hallaba en el profeta Oseas y en el Cantar de los Cantares. Claro que para poder discernir un más y un menos en la larga y accidentada historia de las relaciones de Dios con el pueblo de Israel, hace falta un criterio, una clave. Y esa clave es Jesucristo, plenitud y cumplimiento de la Ley y los Profetas. Es en él en quien se ha cumplido lo que Dios le anunciaba al pueblo de Israel por el profeta Oseas: “Yo me casaré contigo en matrimonio perpetuo”. Es la alianza nueva, nueva y eterna. Es el amor que no es “sí” y “no”, sino todo “sí”. Cristo, el Verbo encarnado, es un “sí” sin condiciones a esta pobre criatura de barro, cuya vida pasa sin apenas dejar rastro en la historia, cuyos descendientes no recordarán en el mejor de los casos más allá de dos o tres generaciones, manchada del polvo del camino, doliente, herida y fatigada.

En el Cantar de los Cantares, construido sobre modelos de cantos de amor y de bodas que se cantaban en Israel y en su entorno, la esposa, en el exilio, suspira por la presencia y la compañía del Esposo, por sus amores, “más dulces que el vino”. Y el Esposo –Yahveh– expresa también su deseo de la esposa, su anhelo del reencuentro y de la unión. En realidad se pone ya allí de manifiesto lo que tantas veces han señalado los comentaristas cristianos: la esposa busca al Esposo para descubrir sorprendida, apenas lo vislumbra, que era Él quien no podía pasar sin ella. Y no es que ella lo haya seducido con sus encantos: “No porque seáis el más numeroso de todos los pueblos se ha ligado el Señor a vosotros y os ha elegido (...) sino por el amor que os tiene” (Dt 7,7-8). La amada es “negra, pero hermosa” (Cant 1,5). Aquí se vislumbra ya la única razón de la Encarnación: el amor sin más motivo que sí mismo, la infinitud de Dios que se extiende a su misericordia. 

Ese factor será subrayado hasta el escándalo en Oseas. La esposa de Oseas era infiel. Se casó con ella sabiendo que lo sería. Luego quiso repudiarla y no pudo. El gesto, como tantos otros de la vida de los profetas, fue leído simbólicamente. La historia del profeta era la historia del Señor con su pueblo. Es la historia del Señor con cada uno de nosotros. “¡Acusad a vuestra madre, acusadla, porque ella ya no es mi mujer, ni yo soy su marido!” La pasión humillada del Señor la lleva a amenazarla: “¡Que quite de su rostro sus prostituciones (...) no sea que la desnude toda entera, y la deje como el día en que nació, la ponga hecha un desierto, la reduzca a tierra árida, y la haga morir de sed!” Dios habla a la esposa, que es a la vez al pueblo y a la tierra de Israel, igual que en el Cantar de los Cantares. Pero al final Dios no puede cumplir su amenaza: “La voy a seducir, la hablaré al corazón, y ella me responderá allí como en los días de su juventud, como el día en que subió del país de Egipto.” (...) “Yo me casaré contigo para siempre”.

Ésa es la promesa cumplida. Las referencias al “novio” en el evangelio de hoy han de leerse a la luz de este pasaje, y de otros muchos pasajes de los profetas, que describen a Yahveh como el Esposo. El que Jesús hablase de sí mismo en estos términos era más que suficiente para condenarle a muerte, porque hay en esas referencias de Jesús una implicación sobre su propia condición que, de no ser verdadera, sólo podría ser una locura o una posesión diabólica. Las dos cosas se le atribuyeron, de las dos dan testimonio los mismos evangelistas. En todo caso, de no ser verdadero, aquello era una blasfemia. Si no fuera por los signos, y porque ninguna de esas dos hipótesis encajaban para nada en aquel hombre...

 No, Él era el cumplimiento de las promesas. Era el Reino prometido. Estar junto a Él era ser creados de nuevo. Era comprenderse a uno mismo, y a los demás, y a todo, de un modo completamente nuevo. Era como poder volver mirar a la vida como con ojos de niño. “¿Cómo puede uno nacer siendo ya viejo?”, le preguntó Nicodemo. Él era el Esposo, “es” el Esposo. El del Cantar y el de Oseas, que “vino a los suyos y los suyos no le recibieron”. Vino a nosotros conociendo nuestra historia, la del mundo, la tuya y la mía, toda nuestra carga de miseria. Y nos amó hasta el extremo. 

¿Cómo iba a ser posible estar de ayuno cuando la alegría es infinitamente mayor que la de una boda, cuando vivir es una fiesta, sólo porque Él está, porque Él hace nuevas todas las cosas? Yo sé que estamos a punto de empezar la Cuaresma, ese tiempo en que la Iglesia, madre siempre, nos educa, como a la esposa adúltera de Oseas, a volvernos a Él. Pero también sé que Él está con nosotros “todos los días, hasta el fin del mundo”, según su promesa, y que nadie puede arrebatarnos esa alegría. La alianza es eterna. Y la cuaresma es eso, un tiempo de volver a quien nunca se ha ido de junto a nosotros. A quien nunca ha dejado ni dejará de amarnos.

† Javier Martínez
Arzobispo de Granada

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