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"Tanto amó Dios al mundo"

IV Domingo de Cuaresma · ciclo B

Fecha: 26/03/2006. Publicado en: Semanario diocesano de Granada y Guadix, Fiesta 678



Juan 3, 14-21 Dijo Jesús a Nicodemo: “Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. El que cree en Él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Puesto todo el que obra perversamente detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz para que se vea que sus obras están hechas según Dios”.


El mundo al que vino Jesús no era un mundo bonancible. Bueno, tal vez el mundo no lo ha sido nunca. Desde el comienzo de la historia, el mal uso de la libertad ha roto la relación de amistad que Dios había establecido con el hombre, y ha roto también, en una consecuencia inevitable, las relaciones humanas, que estaban para ser una imagen y un reflejo de lo que son las relaciones de las personas en Dios –donación, gracia y gratitud, unidad sin límites, deseo sin límites del bien del otro y afecto sin límites por el otro.

De ahí, de esa ruptura primordial y fundamental, y ratificada, y renovada mil veces en la historia humana, y en la historia de cada uno, nace el que la historia parezca ser sólo una incorregible trama de pasiones humanas. De ahí las tensiones y las luchas de poder, ya entre el hombre y la mujer; las divisiones y separaciones entre los padres y los hijos, o entre los hermanos; y lo mismo en todos los ámbitos de la vida social: los egoísmos, las envidias, los odios y las muertes; las injusticias, las manipulaciones y humillaciones a que nos sometemos unos a otros; y atravesando todas estas miserias, de las que todo ser humano tiene experiencia, la mentira, que es la primera de las corrupciones y de las injusticias, que es lo más propiamente diabólico (en el sentido etimológico de la palabra, porque la tarea del “diábolos” consiste en dividir lo que estaba hecho para estar unido).

Y es en la división donde el “enemigo de la natura humana”, como lo llamaba San Ignacio, se revela como “padre de la mentira”. No sólo porque constantemente nos mentimos y nos engañamos, a nosotros mismos y a los demás, y hasta sin darnos cuenta (hasta tal punto la mentira se convierte como en una segunda piel de nuestra vida), sino porque basamos nuestras relaciones y justificamos nuestras actitudes en una relación con nuestra plenitud, con el misterio que somos, con Dios, que es radicalmente mentirosa. Lo es porque no corresponde al designio de Dios para nosotros ni reconoce ese designio, y porque, precisamente por ello, nuestra relación con la realidad está inevitablemente abocada a dejar en la vida un poso de amargura y de tristeza que termina determinándolo todo. Oscureciéndolo todo. Entre mentira y oscuridad hay una irrompible relación, como la hay entre verdad y luz.

Pero no se trata de describir algo que es el pan nuestro de cada día, y más en una sociedad que ha hecho de la mentira uno de sus negocios más rentables, uno de sus dogmas más firmes, y tal vez su ritual más solemne y cotidiano. Tampoco se trata de escandalizarse de que el mundo sea el mundo. En realidad, es lo que es, y es lo que tiene que ser. En realidad, lo más peligroso y temible –porque es entonces cuando la mentira consuma su dominio sobre nosotros – sucede cuando el mundo trata de disfrazarse de iglesia, de jugar a ser iglesia. Cuando el mundo es mundo, puede reconocer la salvación como tal. Cuando el mundo es mundo, puede reconocer la diferencia entre su vida y ese espacio de humanidad redimida que es la Iglesia, si es que la Iglesia vive con libertad la vida que el Señor nos da y no se ha echado ya en brazos del mundo. Que es exactamente lo que tiende a pasar cuando el mundo se disfraza de iglesia, porque entonces parece no haber diferencia entre el mundo y la Iglesia, y la Iglesia se convierte, más o menos insensiblemente, en la “capellana” del mundo, en la garante de un orden social establecido y en la servidora del poder.

El verdadero motivo de escándalo, en el Evangelio de hoy y en el Cristianismo, es que, siendo el mundo el mundo, “tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino que tengan vida eterna”. Y el mundo era así cuando vino el Señor. “Y Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”. Ésa es la paradoja, ése es el estupor.

Y a esa paradoja se une, al menos, otra: que el modo en que esa salvación se realiza no es suprimiendo la libertad de los hombres, de modo que toda esa trama de pasiones desapareciera, sino sometiéndose a ella, para que desde el fondo de ella pudiera resplandecer el amor  más grande, lo único que cambia el mundo. El abrazo de Cristo en la cruz a todos los hombres, su oración al Padre por los que le crucificaban, introducía en la historia un factor nuevo, propiamente divino, que la cambia. Así el mal, sin saberlo, sin buscarlo, ha sido la ocasión de un bien más grande.  La serpiente ha sido instrumento de curación. El árbol de la cruz, árbol de la vida, plantado en medio de nuestra historia. Y así es hoy, y así será ya para siempre. Volverse hacia ese árbol es recuperar la vida y la esperanza, es acceder a la salvación.


† Javier Martínez
Arzobispo de Granada

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