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“Atraeré a todos a mí” o la fuerza del amor

V Domingo de Cuaresma • ciclo B

Fecha: 02/04/2006. Publicado en: Semanario diocesano de Granada y Guadix, Fiesta 679

 



Juan 12, 20-33 Entre los que habían venido a celebrar la fiesta había algunos griegos: éstos, acercándose a Felipe, el de Betsaida de Galilea, le rogaban: “Señor, quisiéramos ver a Jesús”. Felipe fue a decírselo a Andrés; y Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús, Jesús le contestó: “Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre. Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo premiará. Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora. Pero si por esto he venido, para esta hora. Padre, glorifica tu nombre”. Entones vino una voz del cielo: “Lo he glorificado y volveré a glorificarlo”. La gente que estaba allí y lo oyó decía que había sido un trueno; otros decían que le había hablado un ángel. Jesús tomó la palabra y dijo: “Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros. Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el Príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Y cuando yo sea elevado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí”. Esto lo decía dando a entender la muerte de que iba a morir.


Hay quien cree que quien mueve la historia es la guerra. O los conflictos, o la competitividad. Se ha dicho a lo largo de la edad moderna infinidad de veces. Lo han dicho filósofos, serios y graves. Es casi uno de esos supuestos que son comunes a posiciones ideológicas por lo general consideradas como contrapuestas. Unos consideraban que la lucha de clases era el camino inevitable hacia el paraíso marxista. Otros se agarran al axioma latino: “Si vis pacem, para bellum”. (“Si quieres la paz, prepárate para la guerra”). Y el término “para-bellum” (sin el guión que recuerda el origen del nombre), se ha convertido en una marca de pistolas tristemente famosa. En general, fuera del ámbito cristiano, la violencia es considerada como formando parte del estado natural de las cosas, e incluso como el fondo último de la realidad.

La conflictividad, la violencia, en todas sus formas, forma parte, por supuesto, prominente de la trama de la historia. Desde la fe cristiana no hay la menor necesidad de censurar ese factor, ni de minimizar su poder. Al fin y al cabo, nosotros depositamos la entera esperanza de nuestra vida en Jesucristo, que fue condenado a muerte por blasfemo ante el sanedrín (la máxima autoridad religiosa del judaísmo), pero que, dado que las autoridades judías no podían ejecutar una pena de muerte sin la confirmación del procurador romano, fue presentado ante él como culpable de alta traición, y fue ejecutado con un suplicio de los más dolorosos y humillantes que haya conocido la maldad humana. En toda la historia de la pasión, que ya casi no nos impresiona por lo acostumbrados que estamos a oírla, asoma su horrible cabeza el viejo monstruo, una viscosa combinación de intrigas, intereses mezquinos, manipulaciones y mentiras. La misma, exactamente la misma, que en millones de episodios similares a lo largo de la historia que han vivido y viven millones de hermanos nuestros.

Pero que nadie se equivoque. Nietzsche, que había entendido tan bien tantas cosas, se equivocó en este punto. Los cristianos no damos culto al dolor, ni al fracaso humano, ni a la debilidad, ni a la miseria. Lo que la experiencia de haber encontrado a Cristo nos enseña es que la realidad está hecha de amor, es un don de amor, que todo es fruto del amor, que Dios es amor. Y por muy gastada que esté la palabra a base de abusar de ella, por muchas explicaciones que sean necesarias para no confundir el amor con la sensiblería, y para no separarlo de la verdad, no hay que renunciar a ella. Sí, Dios es Amor, como nos ha vuelto a recordar la reciente encíclica del Papa Benedicto XVI. Dios es Amor, comunidad de Amor (no podría ser amor, ni tener entrañas de misericordia, si no hubiese una Trinidad de personas), y los cristianos damos culto al Amor hecho carne en Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre “por nosotros y por nuestra salvación”, en un gesto de donación total –de amor y de obediencia– al designio de amor del Padre. 

Es la revelación –y la donación– de Dios, es el amor infinito de Dios el que encuentra finalmente una sorprendente complicidad con el corazón humano y con sus deseos más profundos. Desde la literatura más antigua, o desde la más recóndita, los hombres y las mujeres de todos los tiempos han vinculado el amor con su felicidad, con la plenitud de la vida. Y han cantado al amor, o se han dolido de su ausencia, o de su muerte, y han buscado su sentido con la misma ansiedad con la que se busca el sentido de la vida, y la verdad de lo que somos, porque en realidad todo es la misma búsqueda. No está de más recordarlo en una sociedad que censura el deseo, que lo reduce a aquello que se puede comprar y que se satisface con “objetos” disponibles en el “mercado”, con cosas, aunque esas “cosas” sean personas cosificadas. En una sociedad así de enferma, así de encarcelada, la Iglesia tiene que volver a proclamar y recuperar la dignidad del deseo humano de ser amado, y sus irrompibles vínculos con el infinito. Es el mismo movimiento por el que la Iglesia ha de recuperar la dignidad de la razón, y la de la belleza como “esplendor de la verdad”.

Pero tampoco hay que olvidar que los anhelos del hombre quedan sin respuesta, se perciben como sin sentido, a menos que uno haya encontrado la realidad que corresponde a ellos, que siempre es percibida como gracia. Por eso es Jesucristo quien permite “interpretar” el enigma de nuestros deseos, quien les da sentido, quien revela lo que somos, y lo que estamos llamado a ser. Quien descubre que el fondo de la realidad no es la violencia, sino el amor, el don. El Ser es don. Y por eso también la evangelización ha de dirigirse al deseo. Ha de dirigirse a la sed, que está hecha para el agua como el corazón está hecho para Cristo. 

Sí, los cristianos damos culto al Amor. Y en un mundo de egoísmo, de envidia y de odio, proclamamos el triunfo del amor. Aunque ese triunfo sea paradójico, como tantas otras realidades humanas.  La paradoja es que, como hace Dios, hay que darse para poseerse. Que sólo quien se da se tiene realmente. Que sólo si el grano de trigo muere, da fruto. Pero ese darse es la única fuente de la verdadera autoridad. Por eso dice el Señor: “Cuando sea levantado..., atraeré a todos hacia mí”. La autoridad de la cruz es también la autoridad del amor más grande.


†Javier Martínez
Arzobispo de Granada
 

 

 

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