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Los signos de la fe

Ascensión del Señor · Solemnidad

Fecha: 28/05/2006. Publicado en: Semanario diocesano de Granada y Guadix, Fiesta 688



Marcos 16, 15-20 Se apareció Jesús a los Once y les dijo: “Id al mundo entero y proclamad el evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará; el que se resista a creer será condenado. A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos”. Después de hablarles, el Señor Jesús subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos se fueron a pregonar el Evangelio por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con señales que los acompañaban.



Si no nos detenemos a pensarlo, una expresión como la que sirve de título a este comentario la entenderíamos, espontáneamente, como referida a los signos que dan lugar a la fe, que hacen que uno crea. Por supuesto, como veremos luego, hay un sentido en que esa interpretación es justa. Pero, por lo general, el Señor desconfiaba de los signos entendidos así. Quienes posponían el creer hasta que tuvieran “un signo”, en realidad estaban buscando una quimera. Buscaban algo que les ahorrase usar la razón, y, sobre todo, porque la libertad le da mucho más pánico al hombre que la razón, querían evitar tener que decidir, tener que ejercer la libertad. Le pedían al “signo” que ocupase el lugar de su razón y de su libertad, contra el designio de Dios, que le ha dado al hombre esos dos instrumentos –la razón y la libertad– precisamente para que, por medio de ellos, y usándolos bien,  podamos encontrarle.

El Evangelio está lleno de detalles que suponen esa desconfianza en los signos entendidos así. Por ejemplo, en un pasaje en que algunos “escribas y fariseos” le dicen a Jesús que quieren “ver una señal” hecha por él, Jesús les responde: “¡Generación malvada y adúltera! Pide una señal, y no se le dará otra señal que la señal del profeta Jonás” (Mt 11, 39).  En la versión de San Marcos, Jesús dice simplemente que no se le dará señal alguna. La desconfianza de Jesús en un cierto modo de entender los signos se pone de manifiesto, sobre todo, al final de la parábola del rico egoísta  y del pobre Lázaro. Cuando el rico, en medio de los tormentos, le pide a Abraham que envíe a Lázaro a casa de su padre, “porque” –dice– “tengo cinco hermanos, para que les dé testimonio y no vengan también ellos a este lugar de tormento”, la respuesta de Abraham es: “Tienen a Moisés y a los profetas; que les oigan”.  El rico replica: “No, padre Abraham; pero si alguno de entre los muertos va donde ellos, se convertirán”. Y Abraham responde (y esa respuesta es el climax, la enseñanza final de la parábola): “Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se convertirán aunque resucite un muerto” Estos textos corrigen radicalmente la imagen “moderna”, superficial, yo diría, casi a lo “Holywood”, de lo que son los milagros, los “signos”, y de la relación entre los milagros y la fe. Esta concepción estrambótica del signo, del milagro, que repite en nuestro tiempo (con las variantes propias) la de los “escribas y fariseos”, tiene como uno de sus principales efectos negativos, el impedirnos ver los milagros cotidianos que suceden a nuestro alrededor, que nos rodean, en los que vivimos, y el milagro que somos. Es como las películas sobre exorcismos, y el interés enorme que despiertan las cuestiones sobre “demonios”. Cuanto más extravagante y horrible sea la cosa, más interés. Y también aquí uno de los primeros efectos del interés por tales extravagancias es distraernos del enorme poder del Enemigo en la vida cotidiana, que actúa sin que nadie se ponga verde ni eche espumarajos por la boca, que va seguramente bien vestido, y es “políticamente correcto”. Ya se sabe, la necesidad que tiene el hombre de creer en algo hace que, si uno no conoce al Dios verdadero, le dé su vida a la estupidez más irracional o a la primera superstición que uno se encuentra por la calle. A la larga, “ese” interés por los “demonios” lleva a ignorar el verdadero poder del Enemigo, y conduce al cinismo sobre el mal. Y la consideración de los milagros en una clave meramente positivista conduce a la pérdida de la fe (o tal vez supone ya la pérdida de la fe). Es normal. Creer en un falso “sobrenatural” impide reconocer el sobrenatural verdadero, y lleva al escepticismo.

Los signos y los milagros no son tanto la razón de la fe como el fruto de ella. No son signos de la fe porque “producen” la fe, sino porque la suponen, la muestran, la ponen de manifiesto. Jesús, en Nazaret, dice San Mateo, “no hizo muchos milagros, por su falta de fe” (Mt 13, 58). Las curaciones de Jesús tienen por lo general la fe como condición previa. Y en el mismo evangelio de hoy, los “signos” prodigiosos de que habla, que en su expresión concreta hay que entender ciertamente como una metáfora, acompañarán “a los que crean”. Para ver el milagro –no para que suceda– es preciso creer, es preciso al menos tener los ojos sencillos, la mirada abierta a la sorpresa, el corazón abierto a la gracia. Y eso ya es fruto de la gracia, ya es el primer milagro.

Naturalmente, hay un aspecto en que los signos, los milagros, están también en el origen de la fe. “El Señor –dice el evangelio de hoy– cooperaba, confirmando la palabra con las señales que los acompañaban”. Y como es obvio, eso extendía la fe. La percepción de una vida cumplida en la comunión de la Iglesia, de una plenitud y de una alegría verdaderas, fruto de la gracia –que es el milagro por excelencia–  hace que el corazón del hombre desee participar en esa vida. Porque el corazón del hombre está hecho para la verdad, y para el bien, y para la belleza, y se conmueve cuando los encuentra. Y así se extiende la fe, cuando uno reconoce la presencia divina en la carne, lo infinito en lo finito, su santidad en nuestra pavorosa fragilidad, su riqueza en nuestra pobreza, su alegría en nuestra oscuridad.

La relación entre “signo” y “fe”, en clave cristiana, es mucho más compleja y bella, mucho más humana y verdadera de lo que parece a simple vista. Lo es por la naturaleza de los signos, y por la naturaleza de la fe. Ni los unos ni la otra implican una disminución, un asalto, una violencia sobre nuestra humanidad. Los signos verdaderos no suplen nunca la razón y la libertad, sino que las despiertan, las provocan, las ponen en movimiento. Y, correlativamente, la fe verdadera no sucede “fuera” de la razón y de la libertad, sino que constituye la plenitud de la una y de la otra. La fe es una “intensidad” de la razón, su intensidad y su realización suprema. Y lo mismo de la libertad. Son la inteligencia y la libertad las que se adhieren a la desbordante y esplendorosa verdad que uno halla en la Iglesia (en medio de mil fragilidades), es la libertad la que acoge el amor inimaginable, pero que corresponde al corazón, y que ha sido encontrado, que está ahí presente, delante de los ojos. Y son los signos que acompañan a la fe los que la verifican, los que hacen que crezca, en certeza y en luminosidad, a lo largo del camino.


† Javier Martínez
Arzobispo de Granada

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