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Cuando el viento arrecia

·Domingo XII T.O. Ciclo B

Fecha: 25/06/2006. Publicado en: Semanario diocesano de Granada y Guadix, Fiesta 692

Marcos 4, 35-40 Un día, al atardecer, dijo Jesús a sus discípulos; “Vamos a la otra orilla”. Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; otras barcas lo acompañaban.  Se levantó un fuerte huracán, y las oras rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. Él estaba a popa, dormido sobre un almohadón. Lo despertaron, diciéndole: “Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?”. Se puso en pie, increpó al viento y dijo al lago: “¡Silencio, cállate!” El viento cesó y vino una gran calma. Él les dijo: “¿Por qué sois tan cobardes?, ¿Aún no tenéis fe?”. Se quedaron espantados y se decían unos a otros: “¿Quién es éste? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!”


El reproche más frecuente (o tal vez el único) de Jesús a sus discípulos es el de la “poca fe” (oligopistia). San Marcos no usa la expresión aquí, pero la usa San Mateo. Y hay otros pasajes, como cuando Jesús les pide que vivan con la despreocupación con que viven las flores del campo: “Pues si a la hierba del campo, que hoy es y mañana va a ser echada al horno, Dios así la viste, ¿no lo hará mucho más con vosotros, hombres de poca fe?”

Bueno, están también las demoledoras críticas a los fariseos y a quienes se sirven de la relación con Dios para hacer negocio (fue la única vez que el Señor cogió un látigo), pero la irritación del Señor ahí era siempre con algo que parecía fe y no lo era. Y está también la vez en que Pedro trató de apartarle de la pasión y Jesús le dijo: “¡Apártate de mí, Satanás!” Pero el reproche tiene también que ver con la fe, pues Jesús añade: “Tú piensas como los hombres, no como Dios”. El comentario es casi una definición de la fe, que según esto consistiría sobre todo en participar en el “pensamiento” de Dios sobre las cosas. En hacer nuestro ese “pensamiento” suyo. En ver las cosas, las personas, los acontecimientos, como Dios las ve. Es obvio que eso no puede suceder a menos que Dios mismo nos haga partícipes de su pensamiento. Que es exactamente lo que ha hecho, primero educando al pueblo de Israel y luego, finalmente, enviando a su Hijo, que se ha entregado a nosotros hasta comunicarnos su propio Espíritu. Y quien vive “en el Espíritu de Dios”, ya no ve o juzga las cosas “según la carne”, es decir, al modo humano, según los cálculos humanos.

Este pasaje evangélico del reproche a Pedro es interesantísimo, porque pone de manifiesto que la fe no consiste principalmente en “creer” en la existencia de un cierto número de cosas, como Dios, el Cielo, la Virgen, y los santos, y otras similares, a la manera de quienes “creen” que hay brujas, o unicornios, o extraterrestres, o en dar una cierta importancia (relativa, en función de sus enseñanzas morales) a una especie de cuentos de hadas que llamamos “evangelios”. La fe es algo grande y bueno que sucede en la vida, y que sucede en relación con una persona, en un encuentro con Jesucristo y la presencia de Jesucristo, que vive en su cuerpo, que es la Iglesia. Ese encuentro permite reconocer el don de Dios en Jesucristo y acogerlo, de modo que se hace posible afrontar la realidad “desde Dios”, por así decir. O, con otras palabras, de modo que sea posible “vivir en la verdad” de la vida y de las cosas. Y esto es algo que uno “sabe”, o termina “sabiendo”, algo de lo que uno adquiere certeza en el tiempo, precisamente porque la vida y la percepción de la vida cambia, y cambia para bien, de un modo que no sucedería nunca sobre la base de una mentira, o de una fantasía .

Lo que quiero subrayar es que ese ver las cosas desde Dios, al final, tiene que ver sobre todo con nosotros mismos y con la verdad de lo que somos, y con cómo vemos y vivimos la vida. Mientras que la otra concepción de la fe, la que la concibe ante todo como una especie de “botánica” de seres y realidades extrañas, imaginarias, nunca vistas, es absolutamente irrelevante: no es extraño que quienes conciben la fe así la abandonen. Y que al abandonarla tampoco suceda nada importante en la vida. Lo que abandonan no es la fe cristiana

Otro rasgo muy significativo, estrechamente relacionado con lo anterior: Jesús nunca reprocha a sus discípulos su temperamento, sus límites, sus deficiencias de carácter, su inmadurez. Sólo la falta o la pequeñez de la fe. Al contrario de cómo los hombres modernos concebimos la vida moral, a Jesús sólo parece importarle la fe, y la necesidad de esa fe para la vida moral. Nunca les habría dicho a sus discípulos algo así como: “Voy a hacer primero de vosotros unos hombres, y luego ya vendrá la formación teológica o la vida espiritual. Un día, según narra San Juan, los discípulos le preguntaron: “¿Qué hemos de hacer para hacer las obras de Dios? Jesús les respondió: La obra de dios es que creáis en quien Él ha enviado”. Nos es muy necesario recordar esto para comprender el evangelio de hoy, o cualquier otro pasaje de los evangelios. El evangelio de hoy, como todos, habla de la fe en Jesucristo. Y de la presencia de Cristo en nuestra barca, y de las tempestades de la vida, cuando el viento arrecia. El viento arrecia muchas veces. Pero el Señor está siempre, aunque parezca dormido. Y el Señor sabe lo que necesitamos. Y sólo necesita nuestra fe, y nuestra libertad, para que nuestra vida se cumpla.


† Javier Martínez
Arzobispo de Granada

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