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La vida verdadera

Domingo XIII T.O. · Ciclo B

Fecha: 02/07/2006. Publicado en: Semanario diocesano de Granada y Guadix, Fiesta 693



Marcos 5, 21-43 En aquel tiempo, Jesús atravesó de nuevo en barca a la otra orilla, se le reunió mucha gente a su alrededor, y se quedó junto al lago. Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y, al verlo, se echó a sus pies, rogándole con insistencia: “Mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva”. Jesús se fue con él, acompañado de mucha gente. Llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle: “Tu hija se ha muerto ¿Para qué molestar más al maestro?” Jesús alcanzó oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: “No temas; basta que tengas fe”. No permitió que lo acompañara nadie, más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegaron a casa del jefe de la sinagoga y encontró el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos. Entró y les dijo: “¿Qué estrépito y qué lloros son estos? La niña no está muerta, está dormida”. “Talitha qumi” (que significa: “Contigo hablo, niña, levántate”). La niña se puso en pie inmediatamente y echó a andar; tenía doce años. Y se quedaron viendo visiones. Les insistió en que nadie se enterase; y les dijo que dieran de comer a la niña.


No sabemos cómo vivió después la niña de doce años que Jesús devolvió a la vida. ¿Siguió, junto con su familia, cerca de Jesús? Tras la muerte de Jesús, ¿creyeron, o creyó ella, el testimonio de los apóstoles? ¿Formó parte después de aquella comunidad cristiana de Palestina, que es la Iglesia madre de todas las iglesias? ¿Fue a anunciar el evangelio a otra parte, por ejemplo, a una parte de la familia de su padre que vivía en Mesopotamia? Todo esto sería pura especulación, porque el Evangelio no satisface nuestra curiosidad. Como los milagros de Jesús no eran un instrumento de “rentabilidad” apostólica, sino un derroche de gracia, de esa gratuidad absoluta que no necesita retorno para justificarse, los evangelios no se preocupan por lo general de seguir las biografías de aquellos a los que el Señor curó. Sólo de la samaritana se nos cuenta “un poco” el comienzo de su contribución a la misión; o al hablar de Simón de Cirene, el que fue obligado a ayudar a Jesús a llevar la cruz, S. Marcos dice que era “padre de Alejandro y de Rufo”, aludiendo claramente a que sus hijos estaban en la comunidad, eran conocidos de todos.

De la hija de Jairo, en cambio, nada. Sí sabemos una cosa: y es que en su recuperada vida, fuese como fuese, seguía cumpliéndose lo que dice un pasaje de la carta a los hebreos de la condición humana: que los hombres, “por temor a la muerte, vivimos de por vida sometidos a esclavitud” (Heb 2, 15). Es decir, que Jesús hizo allí “un signo”. Como cuando el hijo de la viuda de Naím, como en la resurrección de Lázaro, mostró en casa de Jairo la verdad que le diría más tarde a Marta: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre” (Jn 11, 25-26).  Eran signos, como calmar la tormenta en la barca, como multiplicar el vino y la alegría en aquella boda. Signos de quién era Él, y signos de para qué había venido. Pero Lázaro, más tarde, moriría, y lo mismo la hija de Jairo. Porque la gracia de Cristo nos da su compañía, nos muestra su amor. A veces nos deja entrever su poder. Pero no nos sustrae a nuestra condición humana, nunca elimina nuestro drama humano, el drama de nuestra libertad, de vivir en su presencia. Como el amor, que nunca sustituye la libertad, sino que si es verdadero la despierta.

A veces, entre los “modernos” hay la nostalgia de quienes vivieron en tiempo de Jesús, porque entonces había milagros, y –creían esos autores– entonces se estaba “más cerca” de Jesús de lo que lo estamos nosotros. Falso. Los cristianos de los primeros siglos, en cambio, sabían más. Sabían que los privilegiados éramos nosotros. Sabían que sólo unos pocos fueron entonces “beneficiarios” de los milagros del Señor. Sabían que, en el contexto en que Jesús vivió, su condición tan obviamente humana era un tremendo obstáculo para la fe, a pesar de todos los signos. Y sabían, sobre todo, que todo aquello de lo que sus milagros eran signo se ha cumplido en nosotros.
 
Así es, sencillamente. Porque la muerte no es la desgracia mayor (desde la fe, ni siquiera es una desgracia), sino que el vivir sin Dios y sin Padre, el no conocer su misericordia y su amor por nosotros, eso es una muerte más muerte y más terrible que el perder la vida. Claro, que de la muerte que es esa muerte, ese estar sin Dios, sólo se tiene una conciencia plena cuando se ha conocido la vida. Pero cuando se la ha conocido, cuando uno se ha encontrado con Cristo, entonces uno “sabe”, y sabe por experiencia, que Cristo nos ha arrancado a todos de una muerte mil veces peor que la de la hija de Jairo. Por eso, tener “envidia” de la hija de Jairo es sólo poner de manifiesto nuestra poca fe. Jesucristo, al entregarse por nosotros, nos ha arrancado del poder de la muerte para siempre, porque su misericordia y su alianza son eternas, y porque Él está con nosotros “todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28, 30). En la comunión y en la fe de la Iglesia, “hemos pasado de la muerte a la vida” (1 Jn 3, 14). Y esa vida en la que el Señor nos ha introducido es tan preciosa porque es la vida de la Jerusalén del cielo, son los “nuevos cielos y la nueva tierra”, es la vida misma de Dios. Y eso ya ahora, ya en esta carne nuestra, ya en este mundo de muerte. Esa vida sí, es tan preciosa, que no sólo cumple desbordantemente toda exigencia del corazón, sino que cuando uno tiene esa vida, se da cuenta de que la única muerte sería perderla.


† Javier Martínez
Arzobispo de Granada

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