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Se escandalizaban de Él

Domingo XIV T.O. · Ciclo B

Fecha: 09/07/2006. Publicado en: Semanario diocesano de Granada y Guadix, Fiesta 694



Marcos 6, 1-6 Fue Jesús a su pueblo en compañía de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía preguntaba asombrada: “¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es ésa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?”. Y esto les resultaba escandaloso. Jesús les decía: “No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa”. No pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se extraño de su falta de fe. Y recorría los pueblos de alrededor enseñando.



Para nosotros, para quienes la vida cristiana ha sido radicalmente reducida primero a moral, y luego a una simple y pobre “ética”, el concepto de “escándalo” tiene siempre que ver, y tiene sólo que ver, con la idea de “mal ejemplo”, y por tanto, con la idea de pecado. Es un término que pertenece al lenguaje de la vida moral. Pero eso no es más que una de las múltiples y sutiles transformaciones del vocabulario, y de la experiencia cristiana que ese vocabulario expresa, para acomodarse a la sensibilidad y a la mentalidad del mundo moderno, y de su modo de entender el cristianismo.

Con respecto al evangelio de hoy, lo primero que hay que hacer es corregir la pésima traducción de la versión española, porque la frase “y esto les resultaba escandaloso” parece implicar por parte del traductor que ha asumido esa comprensión del escándalo vinculada exclusivamente al “mal ejemplo”, y eso le ha llevado a dar un giro a la frase que no se corresponde al texto griego. Pues lo que el texto griego dice, literalmente, es lo siguiente: “Y se escandalizaban de él” (o, más exactamente todavía, “en él”). A pesar del giro que le ha dado el traductor, la frase no tiene sentido alguno si comprendemos el “escándalo” en el sentido en que usamos el término en el lenguaje habitual. ¿Dónde está el escándalo en que los oyentes de Jesús conocieran a sus familiares, a su madre y a sus “hermanos”? Eso con respecto a la parte final de las observaciones de sus paisanos. Pero con respecto a la primera: ¿Donde está el escándalo, entendido en el sentido superficial moderno, en su enseñanza o en sus milagros?

Lo que pasa es sencillamente que el verbo griego skandalizo tiene, como sentido fundamental, “hacer tropezar” (por ejemplo, con una piedra). Y aquí, como en otros pasajes de los evangelios, el tropiezo tiene que ver con la fe, con la posibilidad de creer en Jesús. Y claro, es ahí donde tropezaban sus paisanos. Jesús anunciaba el Reino, es decir, el cumplimiento en su persona de las promesas que Dios había hecho al pueblo de Israel, a los “padres”, por medio de los profetas. Todo llegaba en él a su plenitud: la Ley, los profetas, las esperanzas del corazón de los hombres. Por cierto, esa “pretensión” única, que llena todas las palabras de Jesús en el evangelio, que es la clave última de todo lo que allí se nos narra, es la forma en que Jesús anunciaba, en sus palabras y en sus obras, su condición divina, su ser de Hijo de Dios. Ésa era su “blasfemia”, y ése fue el motivo humano de su condena y de su muerte.

Pues bien, esa pretensión única de Jesús, que reclamaba a la fe en Él, ésa es la que tuvieron más dificultades de aceptar los que conocían, o creían que conocían, su origen, su familia, su historia. ¿Cómo un carpintero, cuya educación podemos testificar todos (Nazaret no era en tiempo de Jesús la ciudad que es hoy, era una aldea que muy posiblemente no llegara a los mil habitantes), va a ser la clave de la vida de cada uno, y la clave de la historia entera? Tropezaban, tropezaban en él, tropezaban en su fe. Ése era el escándalo. Y entonces se comprende que el hecho de “conocer” su historia y su familia fuese causa de tropiezo en su fe. 

En realidad, ése ha sido siempre el verdadero escándalo, el más grande de todos, el escándalo que es inherente al Cristianismo, el escándalo de la Encarnación. La humanidad de Cristo era el “tropiezo” para sus contemporáneos. Alguien que iba a restaurar la creación tendría que haber aparecido, al menos, como Moisés en el Sinaí, en medio de una gran tormenta, entre temblores de tierra. Los hombres tenemos una tendencia difícilmente superable a los efectos especiales a lo hollywood. El hecho de la Encarnación siguió siendo el verdadero escándalo en los primeros siglos de la Iglesia. No costaba tanto aceptar que Jesús era verdadero Dios como el aceptar que era “semejante en todo a nosotros, menos en el pecado”. Y ese sigue siendo hoy el escándalo de la Iglesia, inherente a la experiencia de que es portadora: su demasiado visible humanidad. ¿No conocemos demasiado bien a todos sus miembros, sus defectos, su mediocridad, hasta su poca fe? ¿No están, además la psicología (especialmente ésa llamada “profunda”, no sé muy bien por qué), y la sociología para explicar todos esos fenómenos? Todo es un montaje, seguro. ¡Cómo va a estar Dios ahí! 

Pues está. Y la alegría y la libertad que brotan de su presencia no tienen otra fórmula conocida que acoger esa presencia, que abrir el corazón a esa gracia, que vivir en la comunión de la Iglesia. Porque cuando los hombres tratan de copiar la Iglesia, cuando los hombres hacen montajes para sustituirla, el resultado es bien distinto. Es lo que todos los tiranos y dictadores, antiguos y modernos, han intentado. 


† Javier Martínez
Arzobispo de Granada

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