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Como ovejas sin pastor (o la familia sin padre)

Domingo XVI T.O. · Ciclo B

Fecha: 23/07/2006. Publicado en: Semanario diocesano de Granada y Guadix, Fiesta 696



Marcos 6, 30-34 Los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. Él les dijo: “Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco”. Porque era tantos los que iban y venían que no encontraban tiempo ni para comer. Se fueron en barca a un sitio tranquilo y apartado. Muchos lo vieron marcharse y los reconocieron; entonces de todas las aldeas fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron. Al desembarcar, Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma.


El tipo humano es conocido, es casi el tipo humano característico de nuestro mundo rico, saciado y desesperado. Lo conocemos más y más porque vive en el piso de al lado, o porque lo somos nosotros mismos. Es el ser humano destruido, sacrificado a Molok. Son “los niños humillados”, que diría Bernanos, marcados por el desdeño inicial a todo lo humano y por el resentimiento, por la violencia. Es un hombre que sólo piensa en sus intereses, en su placer, que considera que el mundo entero existe para satisfacer sus necesidades de felicidad. Es un manipulador y un chantajista nato. Es blando y sentimental en la superficie, pero su corazón es duro, en realidad es un ser plano, como un papel o una pantalla de televisión, y carece de entrañas. Es carne de cañón para todas las ideologías, pero si se encuentra con el poder es también potencialmente un tirano. Los dictadores, en los que el siglo XX ha sido tan fecundo, pertenecen con frecuencia a esa clase. Es el bárbaro que no sabe ni entiende nada de la vida, excepto de cómo tratar de darse gusto, pero que tiene un título universitario que le sirve para ganar dinero.   Es el ser humano sin referencias, con la vida rota, “alienado” (en el sentido clásico marxista). 

El filósofo MacIntyre, en el año 1971, y en una colección de ensayos que se titula Contra la idea que una época se hace de sí misma, describía así los rasgos de la alienación: “La alienación tiene, por lo menos, cuatro rasgos que la definen. Antes que nada, los hombres están divididos dentro de sí mismos, y entre sí, al no ser capaces en su trabajo de perseguir unos fines que sean propios a sí mismos, al tener fines externos a sí mismos impuestos a ellos. En segundo lugar, los medios y los fines se invierten. Donde los hombres deberían comer y beber en orden a actuar, resulta que tienen que trabajar para comer y beber. En tercer lugar, los hombres reifican [1] sus relaciones sociales en poderes ajenos que les dominan. En virtud de esta reificación [2], se ven implicados en toda una serie de puzzles y confusiones conceptuales. Y finalmente, los hombres hallan que la vida está irremediablemente dividida en diferentes esferas rivales y en competición entre sí, cada una con su propia serie de normas, y cada esfera reclamando su propia soberanía, estrecha y deformante”. Todos esos rasgos se han acentuado tanto desde 1971, que hoy constituyen la vida cotidiana.

El hombre (y la mujer) esclavo de Molok, adicto a los centros comerciales y a la televisión, capaz de sacrificios y penitencias sin limite para satisfacer la voracidad del ídolo, es también el hombre sin padre. La propaganda puede decir cuantas estupideces quiera sobre la maravilla de una sociedad (por fin) sin matrimonio, pero lo cierto es que los efectos de una sociedad sin las referencias familiares claras (materna y paterna, pero sobre todo la paterna) son devastadores. 

En el “desierto moral” (la frase es también de MacIntyre, y de hace muchos años), hay un lugar de esperanza, hay un espacio donde la humanidad se cumple, se encuentra a sí misma y se cumple. Un lugar desde el que es posible recrear la paternidad y la familia, y con ella de nuevo el valor de la razón, de la libertad y del afecto. Y recrear la vida laboral, y recrear la polis. Ese lugar se llama Jesucristo, y el espacio donde sale hoy a nuestro encuentro se llama Iglesia. Jesús sintió “lástima de ellos, y se puso a enseñarles con calma”. Allí estaba sucediendo el comienzo de algo radicalmente nuevo. El hombre perdido acompañado por Dios mismo, enseñado de nuevo a vivir por el Señor. Como en Caná, cuando faltó el vino, y el Señor lo proveyó. O como cuando el hijo de la viuda de Naím, o Lázaro, o la hija de Jairo. Cristo es la resurrección y la vida, “el  único nombre que nos ha sido dado bajo el cielo para que podamos ser salvos”.

Una de las iconografías cristianas antiguas más bellas, y más comunes, era la del Buen Pastor, con la oveja perdida sobre sus hombros. ¡Tómanos de nuevo, Señor, para que no andemos solos y sin sentido, para que sepamos con la certeza que da la experiencia que la vida tiene un sentido y una meta! ¡Danos tu amor y tu verdad, haz de nosotros otra vez un pueblo! 


† Javier Martínez
Arzobispo de Granada

 
[1]. Reificar: tratar abstracciones o ideas como si fueran realidades o cosas; cosificar. (nota del editor)
[2]. Reificación: representación del ser humano como algo físico necesitado de cualidades personales; en psicología, estado en el que se pierde el sentido de la realidad y la identidad personal. (nota del editor)

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