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La Cruz gloriosa

Domingo XXIV T.O. · Ciclo B

Fecha: 17/09/2006. Publicado en: Semanario diocesano de Granada y Guadix, Fiesta 699



Marcos 8, 27-35 Jesús y sus discípulos se dirigieron a las aldeas de Cesarea de Felipe; por el camino, preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que soy yo?». Ellos le contestaron: «Unos, Juan Bautista; otros, Elías; y otros uno de los profetas». Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Pedro le contestó:: «Tú eres el Mesías». Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y empezó a instruirlos: «El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días».  Se lo explicaba con toda claridad. Entonces Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. Jesús se volvió y, de cara a los discípulos, increpó a Pedro: «¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!». Después llamó a la gente y a sus discípulos, y le dijo: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará».


El cristianismo no empieza ni termina en la cruz. No empieza en la cruz, sino en la belleza y la alegría de una vida cumplida, de un bien, de un amor encontrado (mejor dicho, “del Amor” encontrado). Así fue con Juan y Andrés, aquella primera tarde que estuvieron con Jesús. Así fue con la mujer Samaritana, con Zaqueo. Así fue con el ciego de nacimiento, con María Magdalena, con el buen ladrón y con tantos otros. Es esa belleza la que atrae, porque la belleza tiene siempre ese rasgo de “atraer”, la belleza es el atractivo de la verdad y del bien, del Misterio en que consiste toda la realidad. Uno se acerca a Cristo, se incorpora a la Iglesia porque ha visto o entrevisto esa belleza. La ha visto en otros, y la ha percibido, tal vez vagamente, como posibilidad para uno mismo. Y el corazón se despierta, la libertad se despierta, y se pone en camino, a perseguir esa belleza apenas entrevista.

El cristianismo tampoco termina en la cruz, sino en la mañana de Pascua, en el don del Espíritu de Pentecostés (de la mañana de Pascua nace un pueblo nuevo, hecho de todos los pueblos), y en “los cielos nuevos y la tierra nueva”, donde “no habrá más llanto, ni luto, ni dolor”. Esos cielos nuevos y esa tierra nueva, son la ciudad “engalanada como una novia para su esposo” (esta imagen de la ciudad es fundamental, para que sepamos, en estos tiempos de individualismo y de soledad pavorosa, que en la plenitud de Dios no hay soledad), son el cielo, son el lugar donde Cristo es todo en todas las cosas, son la plenitud definitivamente cumplida, son la vida eterna. Ahí es donde desemboca ese primer encuentro, si uno no se da la vuelta, si uno sigue el atractivo de la belleza entrevista. 

Y esa promesa de la vida eterna, incluso la de los cielos nuevos y la nueva tierra, no es sólo “para después”, no es para el más allá, no es para eso que nuestra fe debilitada llama “la otra vida”. Por supuesto, la vida “eterna” ha de ser “eterna”, y si no lo fuera, si no traspasase la muerte, no sería tampoco aquí una plenitud verdadera. Por muy intenso que sea un gozo, por muy grande que sea un amor, no es la plenitud si no lleva dentro la promesa de permanecer para siempre. Pero la “vida eterna” cristiana no es ese “consuelo” para después de la muerte que criticaba el marxismo (aunque para un cierto tipo de cristianismo ya deteriorado, a lo peor era eso sólo lo que quedaba de la experiencia pascual). No, el cristiano que se ha encontrado con Cristo sabe que la vida eterna empieza aquí, ya ha empezado. Ya tiene el gusto de ella, ya la conoce. “Esta es la vida eterna”, decía el Señor, “que te conozcan a Ti, único Dios verdadero, y a tu enviado Jesucristo”. Y, de nuevo, es la experiencia de esa belleza ya encontrada la que atrae, la que lleva a seguir, y a buscar más, porque la atracción por la belleza es siempre el motor de la vida moral cristiana. 

Pero entonces, ¿y la cruz? ¿No es el centro, no es “la señal del cristiano”? ¿No es la voluntad del Señor, que hay que acatar? Entendámonos. El mal, el sufrimiento, están siempre ahí. No son un invento cristiano, son una realidad misteriosa que acompaña la condición humana pecadora. No son la creación de Dios, sino el fruto amargo del pecado. Lo que el cristiano vive cuando se encuentra con ello es “otra cosa”: no es el dolor o la angustia sin sentido, sino la compañía de Cristo en el dolor; no es la muerte, sino la muerte transfigurada por esa compañía de Cristo. Por eso, no es el Señor quien “nos manda” la cruz (entendiendo por “cruz” las dificultades de la vida, el sufrimiento y la muerte); la “cruz” así entendida está siempre ahí, más o menos cerca de cada uno; y eso no es amable. Lo que es amable es que Cristo nos haya abrazado de tal modo en la Encarnación que hasta nuestra cruz se convierte en su cruz. Lo amable es la compañía de Cristo. Que transfigura y cambia, hasta lo más duro y destructivo de la condición humana, en algo que es un bien. Transforma la muerte y el suplicio más horrible en la cruz gloriosa. Señal de salvación por su presencia, infinitamente deseable, siempre. Siempre. 


† Javier Martínez
Arzobispo de Granada

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