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Cristo, centro de todo (y también del corazón)

Domingo XXVIII T.O. · Ciclo B

Fecha: 15/10/2006. Publicado en: Semanario diocesano de Granada y Guadix, Fiesta 703



Marcos 10, 17-30 Cuando salía Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló y le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?». Jesús le contestó: «¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios. Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre». Él replicó: «Maestro, todo esto lo he cumplido desde pequeño». Jesús se le quedó mirando con cariño y le dijo: «Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme». A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico. Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: «¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el reino de Dios!». Los discípulos se extrañaron de estas palabras. Jesús añadió: «Hijos, ¡qué difícil les es entrar en el reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios». Ellos se espantaron y comentaban: «Entonces, ¿quién puede salvarse?». Jesús se les quedó mirando y les dijo: «Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo». Pedro se puso a decirle: «Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido». Jesús dijo: «Os aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más -casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones-, y en la edad futura, vida eterna».


Se podría también titular este comentario: “¡El ciento por uno, y ya aquí!” Es la lógica de la lotería, de todas las loterías y similares. Es la lógica de los mercaderes, de la que el Señor se sirvió tantas veces para explicar quién es Él y qué es el Reino. “¿Qué mercader experto en perlas finas, cuando encuentra una de gran valor...?” ¿Y si uno “encuentra un tesoro escondido en un campo”, qué hace?  Nada de masoquismo, ni de moralismo rancio, nada de flagelos autocompasivos, sentimentales y estériles. Su anuncio resuena, nítido y viril: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida”. Y vida, vida verdadera y plena, es lo que el Señor ofrece, y da, a quien la quiere, a quien tiene sed de ella. 

Ese es el centro del Evangelio, y el centro de la experiencia cristiana. Hasta el punto de que cada pasaje, cada palabra o cada signo de Jesús, cada episodio, ha de interpretarse a la luz de este dato esencial: que en Cristo, el Hijo de Dios, Dios nos da todo, porque se nos da Él mismo, y con Él, nos da también la posibilidad de ser nosotros mismos, nos da la plenitud humana, la vida verdadera y plena. Y no sólo las Escrituras han de leerse desde ese centro, que es como su clave hermenéutica, sino también la historia, personal y colectiva, la vida social, su encarnación en determinadas instituciones, como el estado o el mercado, y lo mismo el pensamiento humano, las realidades de este mundo, las ideologías diversas, las propuestas de felicidad explícitas o implícitas, las culturas, el corazón humano, todo. Si Jesucristo es el Señor, es también el paradigma de lo humano, su plenitud. Y si es la plenitud de lo humano, contiene también su medida, es el criterio de juicio de las realidades y de las realizaciones terrenas. Poner esto en cuestión, apelando vagamente a la “autonomía de lo temporal”, por más que se quiera disfrazar, es poner al descubierto nuestra rendición al secularismo, nuestra falta de fe. 
 
Es necesario precisar: falta de fe no en el sentido de que uno niegue tal o cual verdad particular del depósito de la fe (aunque eso termina también siendo, a la larga, inevitable), sino falta de fe en el sentido de que falta la experiencia cristiana “del ciento por uno”. Falta el encuentro con Jesucristo como el acontecimiento más determinante de la vida, que “sucede” en la comunión de la Iglesia. Tan determinante, tan “liberador”, que a quien le ha sucedido, como a la Samaritana o a Zaqueo, le pasa que no puede evitar verlo todo –¡todo!– desde esa experiencia. En efecto, esa “hermenéutica” de la realidad o de la Escritura no es nunca fruto de un propósito voluntarista, de un proyecto. Sucede cuando sucede, es decir, cuando ha sucedido el milagro de que uno ha sido devuelto a sí mismo porque Cristo ha sido encontrado. Por eso ser cristiano es siempre una gracia, y no una ideología. 
 
Que Cristo sea la clave hermenéutica de lo humano es uno de los pensamientos claves que están detrás de la lección magistral de Benedicto XVI en Ratisbona. Curiosamente, lejos de “proteger” el cristianismo, de “cerrarlo”, esa afirmación lo “expone” abiertamente, en todos los sentidos: puesto que deja que el reconocimiento de la verdad cristiana (como, por otra parte, el de cualquier otra propuesta de vida, religiosa o no religiosa) tenga, en cierto modo, como “medida” el reconocimiento de la plenitud humana que esa propuesta genera. El cristianismo se ofrece a los hombres como verdad por la plenitud humana que genera y que testimonia, y no en virtud de ninguna otra cosa. Plenitud en el uso de la razón, por supuesto, y también en la libertad, en el aprecio por la belleza, en la capacidad de amar a la vida y a los hombres. El milagro de una humanidad verdadera sólo puede ser obra de Dios.

El juicio de las riquezas y de los ricos, durísimo por otra parte, que hace el evangelio de hoy, ha de entenderse en el marco de esa clave hermenéutica. Ese juicio nos juzga a todos, en la sociedad de consumo en que vivimos. Es cierto que las riquezas, junto con el poder, son tal vez el ídolo más grande que los hombres tenemos tendencia a adorar. Y las dos pasiones –riquezas y poder– son también los que más nos devoran y destruyen. Pero no hay que olvidarlo: los bienes sólo se venden para comprar un campo y un tesoro que vale mucho más que ellos. 

Lo mismo sirve para la referencia a las persecuciones junto con el ciento por uno. “Tu gracia vale más que la vida”. Y eso lo sabe bien quien tiene, cotidianamente, la experiencia del ciento por uno. La experiencia de la misericordia infinita, del don divino de la propia humanidad.


† Javier Martínez
Arzobispo de Granada

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