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La liberación que viene

Solemnidad de la Inmaculada ·

Fecha: 02/12/2006. Publicado en: Semanario diocesano de Granada y Guadix, Fiesta 710-711



Lucas 1, 26-38 El ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María. El ángel, entrando en su presencia, dijo:  «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has encontrado gracia delante de Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin». Y María dijo al ángel: «¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?» El ángel le contestó: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible». María contestó: « Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra». Y la dejó el ángel.


Una de las tentaciones más frecuentes, y tal vez más humanas, es la de creer que las circunstancias en que vivimos son un obstáculo para que la vida sea de Cristo. Cristo sería el amor de nuestra vida si... (poned lo que queráis: si tuviera salud, si mi familia  no fuera la que es, si hubiese encontrado otro trabajo, si no hubiera pasado aquello, si yo tuviera otras cualidades, si mi jefe fuese distinto...). Entonces yo podría amar a Dios sobre todas las cosas. Entonces yo podría decirle que sí al Señor, y vivir para Cristo. Pero en estas circunstancias... ¡qué engaño más grande! Por varios motivos. El primero, que si las circunstancias son un obstáculo, ya no tengo que poner en juego mi libertad, ni soy responsable de nada. En ese proceso, algo de mi humanidad se pierde por el camino.
 
Luego, por creer que la historia la hacemos entera nosotros, que todo radica y está en nuestras manos, o en las otros hombres, amigos o enemigos. Que nosotros “construimos” la historia como se construye una casa o una autovía. La realidad es que esa misteriosa e inabarcable trama que es la historia está traspasada por Otra Presencia, que un hijo de Dios reconoce como Amor, y Amor infinito. Y luego también (¿o es lo mismo?), por pensar que las circunstancias son algo que está fuera de Cristo, algo que se interpone entre Cristo y nosotros. Cristo no está fuera de las circunstancias, sino en ellas. Porque Cristo no está fuera de nada, y nada está fuera de Él. Por eso, buscarle fuera de las circunstancias, buscarle fuera de la realidad, huyendo de ella, es lanzarse al vacío, o lo que es lo mismo, quedarnos solos, con nuestras solas pobres fuerzas.

La historia está llena de angustia y de locura. Y más en este mundo que trata de apagar la sed del corazón con bienes de consumo. Más en este mundo que está lleno de cosas que no llenan, y olvida o proscribe las que llenan. Pero, también en este mundo (o precisamente más que nunca en este mundo), Cristo viene. El Señor, en el evangelio de hoy, nos dice:  “No temáis”. No lo dice así, pero es lo mismo: “¡Alzad la cabeza! Se acerca vuestra liberación”. Su venida es siempre una gracia, o mejor, es la Gracia. Nos saca de la cárcel, nos da la libertad. También nos dice que estemos despiertos, vigilantes, atentos para reconocer los signos de su presencia. Y que pidamos fuerza, para escapar “del miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo”, y para salir a su encuentro.
 
¿Dónde tiene lugar ese encuentro? ¿Dónde viene el Señor? En la realidad, en la vida. Esta semana celebramos también la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. Es una fiesta que nos habla de la primacía de la gracia. De cómo la gracia precede siempre y hace posible todo el quehacer del hombre. De cómo el amor consiste “en que Él nos amó primero”. 

La fiesta de la Inmaculada me ha parecido siempre una fiesta revolucionaria. Por aquello de que la realidad es paradójica. Afirmar la primacía de la gracia, abrirse a ella, rendirse a Dios, es el único modo de que florezca la humanidad, la libertad, el amor y la belleza. Afirmar la primacía de cada una de estas cosas, su poder, después de haber cortado sus raíces en el Abismo de plenitud que es Dios, es asegurar su muerte, su agonía. Sí, es asegurar la muerte de la libertad, del amor y de la belleza. El dato está verificado: Kant desemboca en los GULAG y en los campos de exterminio. Aunque hay otras muertes más silenciosas, con guante blanco. Pero igual de muertes. Tan reales son esas muertes que ya casi nadie se toma en serio la posibilidad de una humanidad verdadera, cumplida. 

Celebrar la fiesta de la Inmaculada es ese preciso acto de fe que afirma que esa humanidad cumplida es siempre posible, hasta en la cruz. Que la humanidad se cumplió por primera vez un día, en una mujer “llena de gracia”, tan llena de gracia como para acoger a Cristo sin reservas y sin fisuras en el corazón. Y desde que Cristo vino a ella, y ella le dio a luz, la historia de aquella muchacha es siempre la verdadera historia de ese pueblo que es la Iglesia, y puede ser nuestra historia, la de cada uno. Vivir, vivir de verdad, es sólo decir que sí al anuncio bueno: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”. Vivir de verdad es acoger y amar la realidad que está delante (o a veces, sólo desear y pedir poder acogerla y amarla). Porque en ella está Cristo, que viene. Siempre está. Siempre viene. Y siempre viene para darnos el amor y la libertad y la alegría que nosotros no sabemos, no podemos darnos a nosotros mismos. ¡Alzad la cabeza! ¡Se acerca vuestra liberación!


† Javier Martínez
Arzobispo de Granada

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