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Cristo, cómplice del corazón humano

Domingo III de Adviento · Ciclo C

Fecha: 17/12/2006. Publicado en: Semanario diocesano de Granada y Guadix, Fiesta 712



Lucas 3, 10-18 La gente preguntaba a Juan: «Entonces, ¿qué hacemos?». Él contestó: «El que tenga dos túnicas, que se las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo». Vinieron también a bautizarse unos publicanos y le preguntaron: «Maestro, ¿qué hacemos nosotros?». Elles contestó: «No exijáis más de lo establecido». Unos militares le preguntaron: «¿Qué hacemos nosotros?». Él les contestó: «No hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie, sino contentaos con la paga». El pueblo estaba en expectación, y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías; él tomó la palabra y dijo a todos: «Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego; tiene en la mano el bieldo para aventar su parva y reunir su trigo en el granero y quemar la paja en una hoguera que no se apaga». Añadiendo otras muchas cosas, exhortaba al pueblo y le anunciaba el Evangelio.


Entre Cristo que viene y el corazón humano hay una complicidad profunda. Esa complicidad nace de que están hechos el uno para el otro. El corazón está hecho para la plenitud, para una plenitud sin límites de amor, de belleza y de verdad. Y Cristo “está hecho” (es una manera  de hablar) para el hombre. “Por nosotros y por nuestra salvación bajó del cielo”, dice el Credo. “Yo he venido para que tengáis vida, y vida abundante”, dice el Señor. Y también: “No ha enviado Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”. Al decir que Cristo “es” para el corazón humano, no quiero decir, evidentemente, que Él sólo existe en función de los deseos del corazón del hombre, o que esos deseos (que tal y como los experimentamos están en buena medida por la sociedad en que vivimos y por su cultura) sean la medida a la que ha de acomodarse Cristo. Si fuera así, tendría razón Feuerbach, cuando afirma que Dios no es más que la proyección de nuestros deseos, y no la tiene. Aunque es muy posible que su objeción describa bien el modo como muchos de los que nos decimos creyentes concebimos a Dios: como una especie de amuleto precisamente para satisfacer esos deseos (paganos) nuestros.

Si el argumento de Feuerbach, sin embargo, pretende ser una descripción de lo que es “la religión” (cristiana), es radicalmente falso. Cristo, los evangelios, la vida cristiana, no son la proyección del deseo humano. No son una creación de ese deseo. No lo fueron en la primera comunidad cristiana, y no lo son hoy. La prueba, que conoce bien todo el que se ha encontrado verdaderamente con Cristo, es que lo primero que ese encuentro revoluciona y cambia, transfigurándolos de raíz, son precisamente la imaginación y el deseo. Precisamente, lo que más le falta a la misión de la Iglesia en nuestro tiempo (y no me atrevo a decir lo que eso significa, lo que eso cuestiona), es justamente esa evangelización de la imaginación y del deseo.

El encuentro con Cristo, en efecto, purifica nuestra mirada sobre las cosas, purifica nuestros deseos “como a través del fuego”, desenmascara lo que hay en ellos de falso y de vacío, y pone al descubierto la raíz profunda, tal vez nunca reconocida, tal vez siempre censurada y rechazada, del verdadero deseo que nos constituye. “Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en Ti” (S. Agustín). Aquí está, expresado con suma sencillez, todo el misterio del ser humano, todo nuestro drama. Aunque no es menos verdad, ni es menos útil recordarlo en este contexto, otra frase del mismo S. Agustín, en el mismo libro de las Confesiones, en la que le hace decir a Dios: “No me buscarías, si no me hubieras encontrado”. Evidente. Y eso es lo que responde al argumento de Feuerbach. Porque los hombres, espontáneamente, no buscamos a Dios. Buscamos otras cosas, la salud, eso que llamamos el “bienestar” material, la ausencia de complicaciones, prestigio, afecto y poder. Sin usar normalmente hasta el fondo la razón (porque también ese uso es, por lo general, gracia de Cristo), deseamos otras cosas. Que el deseo pueda orientarse a Dios (y así ordenar todos los demás deseos, en lo que tienen de bueno y de verdadero, y en lo que tienen de limitado), es ya un fruto del encuentro con Cristo, del reconocimiento de que Él es el verdadero bien para el que nuestro corazón está hecho. La experiencia cristiana es sin duda singular, pero no tanto que no tenga ninguna analogía. Pues algo muy parecido sucede en la experiencia del amor humano verdadero: cuando aflora, es siempre una sorpresa, un imprevisto. Que sana y cambia y purifica muchas cosas en la vida. Y, sin embargo, uno entiende que, aun sin saberlo, eso era lo que uno llevaba esperando desde siempre, lo que buscaba desde siempre.

Juan el Bautista señalaba a Cristo. Pero los hombres venían a él, como a un hombre de Dios, con sus preguntas concretas, con sus “asuntos”. Y él les daba respuesta, tomaba en serio sus preguntas, sus deseos y sus necesidades. No les dejaba irse de vacío. Pero tampoco les dejaba irse con una respuesta a medias, con un discurso sobre “la justicia”, o sobre otros “valores”. Siempre apuntaba a Aquél que sustenta los “valores”, y la realidad entera, y que puede colmar el deseo radical que nos constituye: “El Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. El que nos “bautizará con Espíritu Santo y fuego”. Aquél que no esperábamos, que no conocíamos, pero que corresponde de tal modo al corazón que, una vez conocido, uno sabe que la vida no sería nada sin Él.


† Javier Martínez
Arzobispo de Granada

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