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La paciencia de Dios

Domingo II de Cuaresma · Ciclo C

Fecha: 11/03/2007. Publicado en: Semanario diocesano de Granada y Guadix, Fiesta 724



Lc 13, 1-9. Se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos, cuya sangre vertió Pilato con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús les contestó: «Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no. Y si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera». Y les dijo esta parábola: «Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: "Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?" Pero el viñador contesto: "Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Sino, el año que viene la cortarás"».


Un pensamiento, muy difundido entre sus contemporáneos judíos en tiempo de Jesús, era que las desgracias de esta vida eran fruto de un castigo de Dios, fruto de los pecados. Y al revés, que los bienes y las riquezas de este mundo, incluyendo el poder, eran un signo de la bendición de Dios. Es ése un pensamiento pagano. Pero es el modo humano de pensar acerca de Dios. Es, si se quiere, el modo “natural”, el modo espontáneamente religioso, de pensar acerca de Dios, tal como nuestra imaginación puede concebirlo. Es tal vez un pensamiento inevitable fuera del cristianismo. Incluso en el cristianismo, si no nos dejamos corregir por la experiencia de Dios que enseña la Iglesia, ese modo de pensar se nos cuela constantemente, y de mil maneras.

Es verdad que es humano proyectar sobre lo que conocemos menos, o conocemos peor, los modos de ser y de obrar propios de lo que conocemos mejor. Exacto. Y en la experiencia humana, la benevolencia se manifiesta en dones y regalos, y la malevolencia en tratar de hacer daño al que se considera enemigo. ¡Ay, sin duda algo de eso tiene que haber en la relación con Dios, porque la Creación lleva su huella! Pero es la revelación la que nos descubre cómo es esa huella, y cómo sucede eso, purificando “como a través del fuego” nuestra experiencia de Dios y de lo real. Si es al revés, si sólo proyectamos sobre el ser de Dios nuestros “modos de ser”, si lo pintamos simplemente con nuestros colores, lo único que hacemos es provocar la pregunta (y la crítica, en buena medida justificada) de si no estaremos proyectando sobre Dios sencillamente nuestra humanidad, si no será la misma idea de Dios esa  proyección ideal de lo humano.
 
Los mismos judíos, para llegar al pensamiento de que lo que a uno le sucedía en la vida era fruto de sus actos, habían recorrido un largo camino. Al principio de ese camino pensaban que la cólera de Dios duraba “por mil generaciones”. Luego, fueron descubriendo la misericordia de Dios. Cuando en algún pasaje del Antiguo Testamento se dice que su cólera sólo dura por dos o tres generaciones, es todo un triunfo. Finalmente, algunos profetas fueron ayudando a Israel a comprender que, ante Dios, uno es sólo responsable de sus propios actos. Pero, todavía en tiempo de Jesús, la realidad de un ciego de nacimiento les hacía preguntarse a muchos, con una maliciosa sorna: “¿Quién pecó, éste o sus padres?”
 
Jesús, en el evangelio de hoy, corrige esa idea radicalmente. No de una forma directa, porque lo que hace el Señor es llamar a todos a la conversión, sacudirnos de la confortable y necia seguridad de quien cree poder prescindir de convertirse porque las cosas “le van bien”. La verdad es que la corrige a cada paso. Su grito, “¡Bienaventurados los pobres!”, como “¡Bienaventurados los que lloran!”,  muestran la novedad irreductible del Reino frente a las categorías humanas más espontáneas. El Reino es, en realidad, el único bien, y por eso, lo único que hay que buscar. Todo lo demás es “añadidura”.  La presencia, la gracia, la posesión de Dios es el único bien. Con Él, por Él, desde Él, todo es gracia, todo es ocasión y motivo de gratitud. Y todo lo que es bueno, verdadero y bello tiene valor y consistencia, deja de estar suspendido en el vacío. Y sin Él, en cambio, nada vale nada. Aunque uno lo tuviera todo, “todo” sería nada. 

Lo que Jesús quiere subrayar es la llamada a la conversión, necesaria para todos (y no sólo para los que viven una desgracia). Por ello, en la frase final de este evangelio, Jesús da a entender que la paciencia de Dios tiene un límite. Pero también esa afirmación hay que entenderla bien. El límite existe, no porque Dios se canse de amar, y su misericordia se acabe y, harto de esperar, venga a la fase de castigar. De nuevo, así obraríamos nosotros, pero si Dios obrara así no sería Dios. No sería el Dios verdadero, no sería Dios tal como se nos ha revelado en Jesucristo. No, el límite lo tenemos nosotros mismos en nuestra vida, porque no somos dioses inmortales. Y porque es a nosotros mismos a quienes destruye el pecado, y es el pecado mismo el que lleva dentro de sí su propio castigo, porque nos hace vivir en la mentira y por ello nos priva de Dios, destruye en nosotros la belleza de su imagen.

Recordarnos este límite es muy importante, sobre todo a nosotros, hombres modernos. Pero tal vez sea todavía más importante recordarnos –y precisamente a nosotros– la paciencia de Dios. Que mientras vivimos, Dios aguarda, aguarda siempre. Que no se cansa. Que su amor no se agota. Como decía San Pedro: “Considerad que la paciencia de Dios es vuestra salvación” (2 Pe 3, 15).


† Javier Martínez
Arzobispo de Granada

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