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Dios: nuestro verdadero hogar

Domingo VI de Pascua · Ciclo C

Fecha: 13/05/2007. Publicado en: Semanario diocesano de Granada y Guadix, Fiesta 733



Juan 14, 23-29: Dijo Jesús a sus discípulos: «El que me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió. Os he hablado ahora que estoy a vuestro lado: pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho. La paz os dejo, mi paz os doy: No os la doy como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde. Me habéis oído decir: “Me voy y vuelvo a vuestro lado”. Si me amarais os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, sigáis creyendo».


Estos breves pasajes del Evangelio de San Juan tienen tanta riqueza que cada frase, bien rezada y bien saboreada, daría, no para uno, sino para muchos comentarios. Por otra parte, son como un tema musical en un concierto: el motivo se esboza, luego se despliega, se desarrolla del derecho y del revés, se repite en distintos timbres, se modifica levemente, y la belleza total de la obra no radica sólo en un punto, sino en el conjunto. O tal vez como en una buena escultura: hay que poder mirarla desde distintas perspectivas, hay que girar en torno a ella, sencillamente porque tiene tres dimensiones. O como el mar, que tanto se aproxima a una metáfora del Misterio: siempre igual a sí mismo, pero la forma de sus olas al llegar a nosotros no se repite jamás. Algo parecido pasa con tantos pasajes de S. Juan: la verdad que expresan es polifacética, hay que dejarla manifestarse en sus distintos timbres, o en sus distintas dimensiones, para que vaya dejando calar en nosotros su tesoro de verdad. Y quizás el procedimiento intenta expresar precisamente eso, que la verdad desborda siempre lo que cabe en una frase, y por eso hay que mostrarla desde perspectivas diversas, siempre limitadas, pero que se complementan mutuamente. Con frecuencia hay que leer unos pasajes a la luz de otros pasajes, hay que dejar que su verdad se desvele poco a poco, que se la vaya descubriendo desde distintos ángulos, que cale. Tal vez eso es lo que quiere expresar la última frase del Evangelio, cuando dice que si las cosas que hizo Jesús “se contaran una por una, pienso que no todo el mundo bastaría para contener los libros que se escribieran”.

Lo que precede no es más que un consejo para leer el Evangelio de San Juan, sobre todo los discursos de Jesús en él (el discurso del pan de vida, el discurso de la Última Cena, otros discursos del Evangelio), y también para leer otros escritos del llamado “corpus joánico”, especialmente esa joya que es la Primera Carta de San Juan. Este consejo está sugerido por la brevísima referencia al Espíritu Santo Defensor que hay en el Evangelio de hoy, cuyo significado sólo se comienza a percibir si uno lee todo el contexto, casi desde el capítulo 13,31 hasta el final del discurso, en 17,26. Entre medias, no sólo se habla del Espíritu Santo, sino de la relación del cristiano con Cristo, y de la del Hijo con el Padre, es decir, de los Tres Nombres Benditos en los que hemos sido bautizados. Y de nuestra condición como hijos de Dios en el mundo: en el mundo, pero sin ser del mundo, y con frecuencia odiados por el mundo, al que, sin embargo, todo lo que tenemos que darle es el testimonio de esa vida de hijos. Dicho de otro modo, el testimonio del don de Dios, que es la comunión en la que Dios nos ha introducido, que es Dios mismo haciendo de nosotros su morada, por puro amor. No como entendemos con frecuencia la palabra “testimonio”, como el ejemplo de nuestras cualidades o de nuestras virtudes, o de nuestros “valores”, o de nuestra “coherencia”. Sino el testimonio de lo que “hemos visto y oído”, es decir, de la vida que Él nos da —que es la comunión, la gratuidad de la vida divina, que es su amor, que es Él mismo—, y de la alegría con que ese don llena nuestra vida y la colma de sentido.

“Que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que Tú me has enviado...”. Esa comunión es de tal manera un milagro que es la condición de la fe del mundo. No hay otro signo más verdadero, ni otra condición que el Señor haya formulado con más claridad.
 
Leed, por favor, tan pronto como podáis, esos capítulos de San Juan. Buscad un rato tranquilo, y leedlo suavemente, del tirón. A lo mejor el domingo por la tarde.

Sólo quiero añadir una cosa acerca de este pasaje, que no quiero dejar pasar: la obra de Cristo culmina sencillamente en ese don que nos hace a nosotros morada de Dios. Pero lo que en realidad sucede, cuando sucede eso, es exactamente lo contrario. Que el hombre, esto es, nosotros, desvalidos y sin techo, sin ciudad permanente en esta tierra, hemos encontrado nuestra morada, nuestro hogar. Ese hogar es Dios.


† Javier Martínez
Arzobispo de Granada

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