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“Todos los días, hasta el fin del mundo”

Solemnidad de Pentecostés · Ciclo C

Fecha: 27/05/2007. Publicado en: Semanario diocesano de Granada y Guadix, Fiesta 735



Jn 20, 19-23: Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cenadas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonáis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

 
Cuando decimos, repitiendo la expresión de San Pablo, que la Iglesia es “el cuerpo de Cristo”, estamos diciendo muchas cosas a la vez, y todas importantes. Sobre todo, estamos diciendo que Cristo está presente en la Iglesia, de manera misteriosa, pero real. No sólo en la memoria, como cuando decimos que Mozart vive en su obra, o que Cervantes vive en El ingenioso hidalgo. A veces decimos, al referirnos a esas obras o a otras igualmente grandes, que son “inmortales”. Pero todo esto es hipérbole, exceso en la metáfora. Por supuesto que en la Escritura también hay hipérboles, como debe haberlas en toda lírica, y en toda épica. Y en toda buena narrativa de una historia que ha sido determinante en la vida. Pero cuando hablamos de la resurrección de Cristo, o de que en Cristo “habita corporalmente la plenitud de la divinidad”, o de que Cristo es el Señor, entonces estamos diciendo, sin duda con la pobreza y la limitación de la palabra humana, la verdad de un hecho, de un acontecimiento: un acontecimiento único en la historia, que sólo puede compararse a la creación del universo, y que constituye “el centro del cosmos y de la historia”. Es el acontecimiento de Cristo, es la Encarnación del Hijo de Dios y su obra redentora. No es mera hipérbole. Ese acontecimiento ha cambiado decisivamente la historia del mundo, y para siempre.

Un aspecto esencial de ese acontecimiento —tan extraordinariamente rico que no puede abarcarse en una sola perspectiva (¡pero también al amor humano le pasa eso! Y si no, ¿qué es la historia entera de la literatura?)—, es el don del Espíritu Santo. En realidad, ese don culmina la obra redentora de Cristo, culmina la Encarnación. Desde que el Señor fue exaltado, en el cielo está ya nuestra carne, primero la de Cristo, como primicias, y luego la de la Santísima Virgen, la primera de los redimidos, como prenda nuestra. Pero desde que el Señor fue exaltado, también “su gloria llena la tierra”. Porque el “admirable intercambio” se cumple. Nuestra humanidad ha entrado por el Cielo, cuya impenetrable santidad Cristo ha rasgado. Y la divinidad, el Espíritu de Santidad, por ese mismo hueco que el Hijo ha abierto, se derrama por la tierra. Y así Él está en nosotros, con nosotros, “todos los días, hasta el fin del mundo”.

Sí, Cristo está presente en la Iglesia, de manera misteriosa, pero absolutamente real. Lo está en su Palabra, lo está en los sacramentos, gestos de Cristo resucitado, vivo, presente en su Cuerpo. Lo está en nuestra comunión, que es siempre el fruto de la Palabra y de los sacramentos, el milagro de los milagros, y por ello, el signo por excelencia de la presencia de Dios en nosotros. Esos gestos, esos signos los hace hoy el Señor por medio de su Cuerpo, que es la Iglesia. Porque en Ella mora su Espíritu Santo. Eso también significa muchas cosas: entre otras, y por ejemplo, que los hombres de hoy, para acercarse a Cristo, para desear conocerlo, para amarle, no tienen otro camino que el sacramento de su Cuerpo, es decir, nosotros. Sólo la novedad de nuestra vida puede, con su belleza —y de nuevo, esa belleza es siempre, ante todo, la belleza de “la comunión del Espíritu Santo”—, dar a conocer la gracia de Cristo, esa gracia que “vale más que la vida”.

Una implicación de esto que venimos diciendo, y que no es sino una pobre glosa de algo de lo que está detrás del evangelio de hoy, es que la Iglesia, por el don del Espíritu Santo, prolonga, en cierto modo —pero en un cierto modo muy real—, la encarnación del Hijo de Dios en el tiempo, siglo tras siglo. En algunas liturgias orientales, al invocar el Espíritu Santo sobre el pan y el vino antes de la consagración, el sacerdote agita sobre los dones un paño. En nuestra liturgia, los sacerdotes extendemos las manos sobre las ofrendas en ese momento. En ambos casos, uno de los ricos contenidos de ese gesto se refiere al relato del Génesis de la creación del mundo, y a la Anunciación. En el relato de la creación, el Espíritu “aleteaba”, o “incubaba” la faz del abismo, para hacer posible la creación. En la Encarnación del Verbo, el mismo Espíritu —le dice el ángel a María—, “te cubrirá con su sombra”, y el hijo que nacerá de ti “será Santo, y será llamado Hijo de Dios”.

En la Eucaristía, misteriosamente, se prolonga, se renueva, no sólo el sacrificio de la cruz, sino todo el misterio de la Encarnación y de la obra redentora de Cristo. Y el don del cuerpo de Cristo en la Eucaristía es para hacernos a nosotros su cuerpo. En la Iglesia, en los sacramentos —“a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados...”—, y en nuestra vida cotidiana, se prolonga lo que sucede en la Eucaristía. Se prolonga el don de Dios al mundo.   


† Javier Martínez
Arzobispo de Granada

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