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El Señor es mi pastor

XVI Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B

Fecha: 19/07/1970. Publicado en: Semanario Diocesano Luz y Vida 598, 6



LECTURA del Profeta Jeremías:


¡ Ay de los pastores que dispersan y dejan perecer las ovejas de mi rebaño!
-oráculo del Señor-

Por eso, así dice el Señor, Dios de Israel:
A los pastores que pastorean a mi pueblo:
Vosotros dispersasteis mis ovejas, las expulsasteis, no las guardasteis: pues yo tomaré cuentas, por la maldad de vuestras acciones.
- oráculo del Señor-
Yo mismo reuniré el resto de mis ovejas, de todos los países adonde las expulsé, y las volveré a traer a sus dehesas, para que crezcan y se multipliquen.
Les pondré pastores que las pastoreen: ya no temerán ni se espantarán y ninguna se perderá.
-oráculo del Señor-
en que suscitaré a David un vástago legítimo: reinará como rey prudente, hará justicia y derecho en la tierra. En sus días se salvará Judá, Israel habitará seguro. Y lo llamarán por este nombre:
“El Señor nuestra justicia.”        (23, 1-6)


    Dios ha hablado en un lenguaje humano, dura o tierna, dolida o esperanzada, su Palabra suena cerca del corazón del hombre, porque sus timbres corresponden a los registros de ese corazón. Por eso la Biblia no es un libro voluntariamente oscuro, lleno de misteriosas claves para iniciados, sino que es un libro en cierto modo familiar, que el hombre religioso y sencillo comprende con frecuencia mejor que muchos “sabios”; y sus oscuridades provienen sólo de haber sido escrito en un tiempo tan alejado del nuestro.

    Para expresar lo que Dios era para Israel, los autores bíblico emplean término familiares, en ocasiones extraordinariamente expresivos, siempre inteligibles. Así Dios es el Padre, el Señor de Israel; pero también el rey, el esposo, el pastor de su pueblo. El pastor: en torno a esta imagen, tan cercana para un pueblo de honda raigambre pastoril como lo era Israel, giran las lecturas de la Misa de hoy.

    El pasaje del profeta Jeremías es a la vez una queja y una promesa. Una queja, porque de los males que aquejan a Israel, los responsables son en buena medida los reyes, que hubieran debido pastorear al pueblo en nombre de Dios, pero que no supieron guardar las ovejas. Por eso, Dios los castigará u enviará nuevos pastores: más aún, Dios mismo reunirá a sus ovejas y se pondrá al frente de ellas. Los profetas que siguieron a Jeremías recogen de nuevo el tema y anuncian más claramente que el Mesías, nuevo David- que había sido rey y pastor-, será el verdadero pastor de su pueblo.

    En el Nuevo Testamento Jesús se aplica varias veces la imagen del pastor. ¿Quién no recuerda la parábola de la oveja perdida? En el evangelio de hoy se dice que Jesús “tuvo lástima de la multitud, porque andaban como ovejas sin pastor”. Y en un pasaje del evangelio de San Juan, conocido como “la alegoría del Buen Pastor”. Jesús explica largamente el contenido religioso de la imagen. El es el Buen Pastor, que ama a sus ovejas y de la vida por ellas, justo lo contrario de lo que hacían los falsos pastores de Jeremías, y los asalariados que siempre huido y habrá en el pueblo de Dios. Para quien ha comprendido este mensaje, la mejor respuesta es el Salmo 22, que acompaña a las lecturas de hoy: en él se expresa toda la confianza y el sosiego de quien sabe que su pastor es Dios.


F. J. Martínez

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