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Los ciento cuarenta y cuatro mil sellados

Todos los Santos

Fecha: 01/11/1970. Publicado en: Semanario Diocesano Luz y Vida 608, 6



LECTURA del libro del Apocalipsis:


    En aquellos días yo, Juan, vi a otro ángel que subía del oriente llevando el sello de Dios vivo. Gritó con voz potente a los cuatro ángeles encargados de maltratar a la tierra y al mar, diciéndoles: No maltratéis a la tierra y al mar, ni a los árboles, hasta que sellemos en la frente a los siervos de nuestro Dios. Oí también el número de los sellados ciento cuarenta y cuatro mil sellados de todas las tribus de Israel.
    De la tribu de Juda doce mil fueron sellados; de la tribu de Rubén, doce mil; de la tribu de Gad, doce mil; de la tribu de Aser, doce mil; de la tribu de Neptalí, doce mil; de la tribu de Manasés, doce mil; de la tribu de Simeon, doce mil; de la tribu de Leví, doce mi;l de la tribu de Isacar, doce mil; de la tribu de Zabulón, doce mil; de la tribu de José, doce mil; de la tribu de Benjamín, doce mil fueron sellados.
    Después de esto vi una gran muchedumbre que nadie podía contar, de todas las razas y tribus y pueblos y lenguas; de pie ante el trono y ante el Cordero, vestidos de blanco, con palmas en las manos.
    Y gritaban con voz potente: ¡La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en le trono y del Cordero!
    Y todos los ángeles que estaban alrededor del trono y de los ancianos y de los cuatro vivientes, cayeron rostro en tierra, y adoraron a Dios diciendo: Amen. La bendición y la gloria, y la sabiduría , y la acción de gracias, y el honor, y el poder, y la fuerza, son de nuestro Dios por los siglos de los siglos. Amen.
(7, 2-12)


    El libro de Apocalipsis tiene entre nosotros reputación de ser un libro difícil. Ello se debe a que el Apocalipsis -palabra que significa en griego “revelación”-, pertenece a un género de libros que era frecuente entre los judíos durante los dos últimos siglos que precedieron a la venida de Cristo; en el Antiguo Testamento, un ejemplo de esta literatura lo tenemos en le libro de Daniel. Lo que caracterizaba a estos libros es la exuberancia de elementos simbólicos; y si para los hombre a los que iban dirigidos, esos símbolos eran hasta cierto punto familiares, para nosotros resultan difícilmente comprensibles sin una explicación que nos guíe en la lectura.

    Para comprender los Apocalipsis -y entre ellos el que la Iglesia incluye entre los escritos del Nuevo Testamento- es, además, necesario situarlos en el ambiente histórico que les vio nacer: todos ellos están escritos en tiempos de persecución, y eso es posiblemente una de las causas de su lenguaje enigmático. Son libros de consolación, cuya finalidad es estimular la fe y afianzar la esperanza en la victoria final, pese a todas las apariencias y a la dureza de los tiempos. Así, el Apocalipsis, que la tradición atribuye a San Juan, y del que está tomada la lectura de hoy, está compuesto en su conjunto durante el reinado del emperador Domiciano, hacia el año 95; un tiempo de perturbación y persecuciones contra la Iglesia naciente.
    En nuestro pasaje, el autor habla del Nuevo Israel -la Iglesia, ahora diezmada-, sirviéndose para ello de imágenes que fueron realidad en el Israel antiguo -las tribus-, pero que en el Nuevo tienen sólo un valor simbólico. Igualmente simbólicas son las cantidades -doce mil, cuarenta mil-, números sagrados del judaísmo que le sirven para expresar la multitud de los elegidos. Junto a ellos, de pie ante el Trono y el Cordero, la muchedumbre de todo pueblo y de toda raza con la palma del triunfo en la mano, representa a los mártires. Ellos que son los que más han padecido en la persecución, son los verdaderos vencedores. Quienes más se asemejaron a Cristo en la tierra, más se le asemejarán también en el triunfo. Como los hombres ante la prueba estamos inevitablemente expuestos al desaliento, no está mal que lecturas como ésta de hoy nos lo recuerden.

F. Javier Martínez

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