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El óbolo de la viuda

XXXII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B

Fecha: 08/11/1970. Publicado en: Semanario Diocesano Luz y Vida 609, 6

 

LECTURA del libro de los Reyes:


    En aquellos días, Elías se puso en camino hacia Sarepta, y al llegar a la puerta de la ciudad encontró allí una viuda que recogía leña. La llamo y le dijo:
    - Por favor, tráeme un poco de agua en un jarro para que beba.
    Mientras iba a buscarla le gritó:
    Por favor, tráeme también en la mano un trozo de pan.
    Respondió ella:
    -Te juro por el Señor tu Dios, que no tengo ni pan; me queda sólo un puñado de harina en el cántaro y un poco de aceite en la alcuza. Ya ves que estaba recogiendo un poco la leña. Voy a hacer un pan para mí y para mi hijo; nos lo comeremos y luego moriremos.
    Respondió Elías:
    -No temas. Anda, prepáralo como has dicho, pero primero hazme a mí un panecillo y tráemelo; para ti y para tu hijo lo harás después.
    Porque así dice el Señor de Israel:
    -la orza de harina no se vaciará, la alcuza de aceite no se agotará, hasta el día en que el Señor envíe la lluvia sobre la tierra.
    Ella se fue, hizo lo que le había dicho Elías y comieron con él, ella y su hijo.
    Ni la orza de harina se vació, ni la alcuza de aceite se agotó: como lo había dicho el Señor por medio de Elías.



    En el “Atrio de las mujeres” del Templo de Jerusalén estaba la cámara del Tesoro, con trece huchas para donativos piadosos destinados al culto. La hucha número trece estaba dedicada a las limosnas voluntarias. La lectura evangélica de hoy contiene el sabroso comentario de Jesús al pequeño donativo que una viuda hace al templo (el texto original dice “dos leptas”, y el “lepton” era la más pequeña de las monedas griegas). Como las limosnas no se depositaban directamente en las huchas, sino que se entregaban a un sacerdote con la indicación del destino, la ofrenda podía ser observada por cualquiera que pasase por allí, y eso era probablemente ocasión para ciertos donantes de mostrar ostentosamente su generosidad. Jesús elogia a la viuda porque ella dio lo que necesitaba para vivir, y así su generosidad y su donativo son mayores que los de aquellos que sólo dan lo que les sobra.
   
    Una actitud parecida encontramos en la viuda de nuestro relato del Libro de los Reyes. El pasaje aparece inmediatamente después de que Elías fulminara la amenaza de una gran sequía, que habría de durar tres años, sobre el reino de Israel, en el que el rey Acab ha introducido el culto al dios fenicio Baal. Elías, impulsado por el Señor, se ha dirigido al torrente Kerit. Allí los cuervos le alimentaban y el agua no le habría de faltar. Pero llegó un día -nos dice el relato- en que también el torrente se secó “porque no había lluvia ni agua en el país”. Es entonces cuando Elías va a Sarepta -fuera ya del territorio de Israel-, y tiene lugar el encuentro con la viuda; la generosidad de ésta al dar de beber a Elías, a pesar de su escasez, es premiada por éste multiplicando el poco de aceite y el puñado de harina que eran sus últimas provisiones; uno y otra no se acabarán  mientras dure la sequía.

    La enseñanza del relato es sencilla: Dios no deja sin recompensa la generosidad del hombre, generosidad que es tanto mayor cuanto más necesario es aquello de lo que se prescinde. Cuenta una anécdota judía, que es un paralelo notable a las dos lecturas de hoy, que una voz dijo en sueños a un sacerdote, que había rechazado la ofrenda de un puñado de harina que le daba una mujer pobre: “No la desprecies, porque eso es como si hubiera dado toda su vida.”

F. Javier Martínez

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