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“El centro de la vida cristiana es la Eucaristía”

Homilía de Mons. Martínez en la Santa Misa con los Institutos de Teología “Lumen Gentium” y Filosofía “Edith Stein”, para festejar a Santo Tomás de Aquino.

Fecha: 27/01/2020

Muy queridos hijos e hijas;

queridos Rectores de los dos seminarios y directores de los Institutos:

 

Celebrar la fiesta de Santo Tomás le pone siempre a uno delante de los ojos una de las figuras grandes de la historia cristiana. Y una tentación muy espontánea es comprender lo que enseñó, imitar o practicar en nuestras vidas esas enseñanzas. Sin embargo, los tiempos son para cada uno los tiempos que el Señor nos da, y aunque es siempre bueno aspirar a figuras grandes, yo siempre, cuando alguien me pedía sobre qué hacer una tesis, trataba de ponérselo lo más difícil posible o con un horizonte lo más grande posible porque, cuando uno se aproxima a una figura grande, siempre crece uno; más que hacer tesis de las que son copiar y pegar, que son mucho más fáciles pero menos interesantes. Pero hay que acercarse a estas grandes figuras con una humildad muy grande, porque Santo Tomás fue posible porque hubo toda una cadena de santos y de figuras, muchas de ellas oscuras, apenas conocidas en la historia de la teología más que por los expertos, que supieron transmitir la Tradición cristiana a través de siglos muy oscuros por los que atravesó Europa. Y estoy hablando de un periodo que va desde el tiempo de San Agustín, o un poco después de San Agustín, hasta finales del siglo XII o hasta comienzos del XIII. Y Santo Tomás es como una gran catedral de esas góticas, hecha de un tirón, y tratar de imitar su obra sería una obra pretenciosa por nuestra parte.

 

Nuestro tiempo se parece mucho más al siglo VI o al VII, o a los siglos oscuros que hubo por el IX o por el XI –depende de las zonas–, pero en esos siglos oscuros lo que había que hacer era mantener viva la lámpara que se nos ha dado; mantener viva la lámpara de la fe, la esperanza y la caridad. Y eso sí, transmitir, no despreciar, la sabiduría que la Iglesia a lo largo de los siglos nos ha conservado y nos ha preservado para nosotros y enriquecerla como podamos con la pobreza de nuestras fuerzas. Un Santo Tomás, sólo es posible después de una historia y el momento en el que estamos en nuestra historia no es el de que salgan genialidades, porque la genialidad no es algo parecido a Harry Potter, la genialidad tiene que ver ciertamente con unas grandes dotes pero tiene que ver también con una tradición de pensamiento, con una tradición cultura con una comunidad de cultura y de pensamiento que cuando no existen, no existen; a lo mejor, lo que hay que hacer es esa Tradición. ¡Y en eso estamos!

 

Me parece que la figura de Santo Tomás me invita a ello de manera especial, que en un mundo donde todos estamos conscientes de que la caridad es lo más grande y que el tesoro profundo de la Iglesia es justamente, como secreto de la vida humana y como secreto del misterio profundo de Dios, es el amor y la caridad. Que la caridad tiene muchas formas y que no consiste sólo en bienes materiales o en el compartir bienes materiales, o limosnas. Hay otras formas de caridad. Nuestro mundo es un mundo muy a oscuras, muy perdido, muy confuso. La caridad de poder poner claridad en su pensamiento; la caridad de enseñar bien, de abrir los horizontes luminosos de la fe a los hombres de nuestro tiempo, –con mucha sencillez, a lo mejor no podemos hacer sesiones como las que se hacían en las universidades medievales o disputas como las que se hacían en las universidades medievales, sino sermones como los que han hecho San Agustín u otros Padres de la Iglesia (…). ¿Qué quiero decir con eso? Que no menospreciéis vuestra tarea, cada uno según las posibilidades que Dios le ha dado, los dones que el Señor le ha dado, pero no menospreciéis nunca la tarea del estudio y de la enseñanza. El Señor pasaba enseñando. Es verdad que Su enseñanza consistía en el anuncio del Reino, que era, además, el anuncio de su propia persona como portador del Reino. Pero es verdad que también enseñó a orar, enseñó a relacionarse unos con otros, enseñaba cuál es la conducta de un cristiano ante las cosas de la vida, ante el dinero, ante el poder… Los tres ídolos a los que decía Eliot a los que el hombre moderno habíamos entregado nuestras vidas que son: el dinero, la lujuria y el poder. En esos tres ámbitos, el Señor tiene una enseñanza y una enseñanza rica que nos permite vivir según el designio de Dios, es decir, según nuestra verdadera naturaleza; la naturaleza para la que Dios nos ha creado, que es para participar de Su vida divina. Esa es nuestra verdadera naturaleza.

 

(…)


Un rasgo de la Suma Teológica que no solemos tener en cuenta los católicos del siglo XX en general, ni siquiera los teólogos del siglo XX, es que cuando Santo Tomás tenía que buscar, formulaba una tesis y decía “adversarios”. Buscaba a los enemigos más duros, no buscaba a los amigos, buscaba a los enemigos más fuertes. ¿Por qué? Porque no les tenía miedo, pero porque tenía el valor de hacerlo, y porque tenía probablemente la capacidad de hacerlo, pero a nosotros nos pasa que sólo buscamos apoyos en nuestros amigos. (…)

 

Dios mío, Santo Tomás lo que hizo fue meterse en los razonamientos de los adversarios más grandes y tratar de darles respuesta desde la Tradición, que era la Tradición agustiniana. (…) Esa división que no es de Santo Tomás ha marcado la cultura moderna, a través del escotismo y el nominalismo, que no hacen al caso, pero ha marcado la cultura moderna, hasta que la cultura moderna se deshace a sí misma sola. Y eso es a lo que estamos asistiendo. Estamos asistiendo a un deshacerse de la tradición cultural que hemos recibido, que es una tradición cultural de la Ilustración, a deshacerse delante de nuestros ojos.


Santo Tomás fue al corazón de los adversarios para responderles desde la Tradición. Desde la Tradición cristiana, que era la Tradición agustiniana, y responder a las dificultades de los adversarios honestamente, sin manejarlos ni manipularlos, sin hacerles que dijeran lo que uno quería que dijeran, ni nada de es, sino fiel a la tradición. Siempre que hay un conflicto entre cultura y Tradición, el verdadero drama es si escogemos que la cultura sea la medida de lo que puede ser la Tradición, o si escogemos que la Tradición que hemos recibido, siempre con mucha humildad, porque podemos tener una visión de la tradición deforme, o una versión de la Tradición un poco contrahecha, o una versión de la Tradición empequeñecida o pobre. Pero veréis, en ese sentido, una llamada como la del Santo Padre a alimentar nuestras vidas con la Palabra de Dios me parece que es una… y alimentar nuestras vidas con la Eucaristía. No tengo nada contra la adoración eucarística, que lo sepáis, pero infinitamente más que la adoración eucarística es la vivencia del Acontecimiento de la Eucaristía en la que Cristo viene a nosotros, no lo olvidéis nunca, aunque haya modas de un tipo o de otro. El centro de la vida cristiana es la celebración de la Eucaristía, no de la adoración eucarística. Y la Iglesia se realiza justamente en la celebración de la Eucaristía.


¿Dónde se agarra uno en la Tradición? Fidelidad al magisterio de los concilios y de los papas, y del Papa que el Señor nos ha dado, que es el Papa para nuestro tiempo, y no hay otro. Y desde ahí juzgar, la cultura en la que vivimos, y ser también lo suficientemente libres para  no juzgarla con nuestros labios o nuestra boca, sino también con nuestras vidas. Que sea nuestra vida la que exprese que la libertad no nos la da ni la tradición de los derechos humanos europea, ni la conciencia de la creación de las libertades que provienen de la revolución francesa, ni nada de nada. Para ser libres nos ha liberado Cristo, y esa es la única medida de los hombres, de la nuestra y de los demás. Y sólo mostrando nuestra propia carne que somos libres de ese modo y felices de serlo. Y disfrutando de nuestra libertad podemos comunicar a otros algo de la semilla inmortal que se nos ha transmitido con el bautismo, y que nos transmite en la Eucaristía, y con la cual podemos hacer frente a todo. (…) Dios mío, cuando uno tiene los instrumentos y el tiempo necesario, ni siquiera a eso tenemos nosotros ningún temor.

 

Que el Señor nos conceda responder desde sus dones a nuestro presente, siendo portadores de la semilla viva en nuestras vidas del amor de Dios, por los hombres y por el bien de los hombres. Pero también por su búsqueda de la verdad, no lo olvidéis. La caridad no es algo separado ni de la teología, ni del pensamiento, ni de la caridad. La fe, la esperanza y la caridad son las tres que permanecen, y la más grande de todas es la caridad. Pero una forma exquisita de la caridad es dedicar la vida a ayudar también a que otros seres humanos puedan concebir un mundo diferente al mundo opresivo en el que vivimos, que es el del capitalismo global, y que no nos deja respirar. Un seminarista, que estaba estudiando filosofía, de los tiempos en los que yo era muy joven, me decía: “A mí me hace gracia cómo todos los filósofos estamos debajo del agua y sumergidos en este mundo nuestro tan… que nos disgusta tanto. Y nos pasamos el curso haciendo el esfuerzo por sacar un poquito la cabeza fuera del agua, respirar un poquito y volver a bajar. Si yo estoy con la cabeza fuera todo el tiempo… Si yo por vivir en la Iglesia y por vivir en la fe, estoy nadando en esa agua con toda tranquilidad y no me asusta a mí la profundidad que tenga”.

 

Que podamos vivir nadando en las aguas que nos toque vivir sin ningún temor. Cristo es el mismo ayer, hoy y siempre. Y nosotros tenemos el don que Él nos ha hecho de Su vida, la alegría que nace de ese don, la fe, la esperanza y el amor que nace de ese don. Y eso no nos lo puede quitar nadie, porque nos lo ha dado el Señor, y nadie es más fuerte que el amor con el que Dios nos ha regalado todo lo que nos ha regalado, que es todo, todo sencillamente.

 

Pedimos al Señor y nos ofrecemos en esta Eucaristía de Santo Tomás para que el Señor acoja el don de nuestras pobres vidas y lo use para su designio, en esta situación del mundo que no es la de Santo Tomás, en este contexto de este mundo que no es el de Santo Tomás, en estas circunstancias en las que nosotros estamos, que es en la Granada de la tercera década del siglo XXI. Pero que es un mundo diferente, muy diferente a como empezó el siglo, muy diferente al que teníamos hace 10 años, muy diferente no os engañéis. Rezamos por nosotros y por el mundo entero.

 

+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

 

27 de enero de 2020

Monasterio de la Cartuja

(Granada)

 

 

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