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“Concédenos, Señor, vivir Tu don, llenos de Ti”

Homilía en la Santa Misa del Domingo de la Ascensión del Señor, el 24 de mayo de 2020.

Fecha: 24/05/2020

Dios mío, qué día tan grande y qué día tan hermoso, para todos nosotros y para el mundo entero. Y para nosotros mismos, no sólo por el hecho de que, por primera vez, podemos celebrar, con algunas limitaciones y con el pico ese de pollito que llevamos todos ahora mismo (ndr. mascarillas que tienen esa forma), pero podemos celebrar juntos la Eucaristía y no nos vemos a través de una pantalla ni de una manera virtual, sino de carne y hueso, como el Señor cuando se encarnó se hizo de carne y hueso, con todos los riesgos, tales riesgos que le llevaron a la cruz; con todos los riesgos que implicaba el hacerse de carne y hueso, y compartir nuestra condición humana, pecadora.

(…)

Digo que es un día grande porque la Ascensión del Señor es un momento grande de nuestra historia. Y no de nuestra historia cristiana, sino de la historia de la salvación de los hombres, de la historia de la salvación del mundo. El día de la Ascensión es uno de los momentos grandes en el Hecho Redentor que es Jesucristo. Tan grande y casi, si queréis, de alguna manera, paralelo y equivalente, en cierto sentido, al día de la Encarnación y al día de la Navidad. Y esa correspondencia se daría, hoy sería como la Encarnación, y el domingo que viene, Pentecostés, sería como el día de Navidad, como el día del nacimiento de Jesús.

En la Encarnación, el Verbo de Dios, el Hijo de Dios, viene hasta nosotros. Y comparte nuestra condición humana en un mundo de pecado. La Carta a los Hebreos dirá “se hizo pecado”, es decir, compartió la condición humana pecadora. “Semejante en todo a nosotros menos en el pecado”. Y eso es un regalo. Es un regalo para nosotros. Quiero decir, y hemos podido ver en Él la enseñanza divina, la Gloria de Dios, la humillación, el amor infinito de Dios, que no teme bajar hasta lo más profundo de la muerte. Eso es lo que significa “descendió a los infiernos” (no que bajó a lo que los cristianos llamamos el infierno, sino a lo que los judíos llamaban los infiernos, que era el lugar de los muertos), para anunciar allí que empezaba una creación nueva, que empezaba un mundo nuevo.

Pero falta como la otra mitad. Y la otra mitad es muy bonita. Y muy bonita si caemos en la cuenta, porque el Señor se había unido a nosotros. Pero cómo es eso de que “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”, que es una frase que sirve de comentario a los Evangelios que hemos estado leyendo en estos días, y que muchos seguramente habéis seguido, leído, de una manera o de otra: “Me voy y vuelvo a vosotros”, “dentro de un poco me veréis, pero dentro de otro poco me volveréis a ver”, “Yo ahora voy al Padre”.

Cuando Jesucristo, cuando el Hijo de Dios se hace carne, se hace uno de nosotros, comparte nuestra condición humana y nuestra condición miserable, se ha unido a nosotros. Pero se ha unido a nosotros aquí en la tierra y la obra no está terminada hasta que Él no regresa. Por eso dice esa palabra tan misteriosa, a veces, que dice: “Si no me voy al Padre, no os enviaré el Espíritu Santo”. Sólo cuando Él, con su humanidad, con su humanidad ya triunfadora del pecado y de la muerte, su humanidad resucitada, regresa al lugar de donde vino, introduce a nuestra humanidad en el Cielo. Es decir, primero introduce en la Encarnación Su divinidad en nuestra carne mortal, en nuestra carne pecadora; y ahora, habiéndose unido a esa humanidad, habiendo pasado por todo hasta la muerte, y una muerte inimaginable, no sólo cuando nosotros la imaginamos, lo especialmente cruel que era la crucifixión, los tormentos, las injurias, los insultos y las bofetadas, y los salivazos que precedieron a la crucifixión. Ahí Él está compartiendo nuestra condición, para que ningún hombre ni ninguna mujer pueda decir “a mí Dios no me entiende”, “lo que yo estoy pasando no lo ha pasado el Señor”. No. Él ha ido hasta el final, para que nadie podamos sentirnos, por así decir, incomprendidos de Dios.

Pero ahora, esa humanidad pecadora el Señor la lleva consigo. Hay un Salmo, que se usa en estos días para la Ascensión, que tiene una frase: “Subiste a la cumbre llevando cautivos, les diste tributo de hombres”. Está refiriéndose a lo alto del Monte Sión, con motivo de la inauguración del Templo de Jerusalén. El Señor nos lleva cautivos consigo. Es decir, viene, se une a nosotros, se engancha a nosotros, como si fuera un anzuelo, y cuando vuelve al Padre nos arrastra consigo. Y es muy bello caer en la cuenta de que nuestra humanidad con Cristo que vuelve al Padre ha entrado en el Cielo. Ya ha entrado en el Cielo. No sólo nosotros no estamos solos y no podemos pensar que Dios no nos comprende, sino que el Padre mismo ha visto las llagas. Y en la vida divina (lo digo con una frase que decía un poeta y que algunos me habéis oído decir casi todos los años con motivo de este día) en el Cielo, desde que el Señor vuelve y entra en el Cielo, “huele a sudor”, es decir, huele a humanidad. Dios no puede ya mirar a los seres humanos, a todos, a ninguno, sin que le recordemos a Su Hijo, sin que vea en nosotros la imagen de Su Hijo, sin que sienta por nosotros el mismo amor, la misma predilección, el mismo afecto sin límites del que en la cruz estaba diciendo “Padre, en Tus manos encomiendo mi Espíritu”, encomiendo mi vida.

Y ese hecho de sabernos con Cristo arrastrados hasta el Cielo consuma -literalmente consuma, en el sentido más amplio y, si queréis, más fuerte de la palabra- el vínculo de unión que el Señor quería establecer con la humanidad, para que la humanidad no sintiera a Dios lejano, y Dios pudiera sentir a la humanidad cercana, a pesar de ser una humanidad pecadora, pero rescatada por la muerte de Su Hijo, rescatada por el amor infinito de Su Hijo. Y eso es lo grande de este día. Se completa de algún modo, se completará de manera más plena en el día de Pentecostés. Lo que celebramos hoy es lo que terminaba el Evangelio de hoy: “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo, hasta el fin de los siglos”. Está con cada uno. También con los que no han conocido al Señor. También con los que no creen. También con los que están heridos. Si la primera víctima del pecado somos nosotros mismos; si el pecado, el bien y la virtud, no son unos caprichos de Dios de ponernos unas reglas para ver si obedecemos o no obedecemos. El pecado nos destruye a nosotros y por eso el Señor nos marca un camino de una vida nueva. Pero esa vida nueva es posible porque hay un lazo permanente entre el cielo y la tierra, que ya no se romperá jamás. Y no se romperá jamás porque nadie puede ser más poderoso que el amor que ha vinculado a Jesucristo a nuestra humanidad; que ha vinculado al Hijo de Dios, por lo tanto, a Dios, con nuestra humanidad.

Cuando uno cae en la cuenta de eso, ahí se funda el artículo del Credo, de la Comunión de los Santos; ahí se funda nuestra participación en la vida divina; ahí se fundan los Sacramentos. Es decir, porque hay ese vínculo, o como ese puente aéreo, esa especie de túnel entre el infierno y la tierra que el Señor ha abierto. Es curioso, en todo el Antiguo Testamento no se abren los cielos. Y, sin embargo, con Jesús se abren los cielos. Se abren en el Bautismo, se abren en la Encarnación de una manera más sutil, pero “el Hijo que nacerá de Ti será llamado Hijo de Dios”, “el Espíritu Te cubrirá con Su sombra”. Ahí está el Dios Trino operando la Encarnación del Hijo de Dios. Pero comienza el ministerio público de Jesús y se abren los cielos en el Bautismo. Y lo ven los testigos. Y se abren los cielos en la Transfiguración, tanto que decían “Señor, que nos quedamos aquí para siempre”. Y dijo: “No, no, todavía falta un poco, falta la cruz. Mientras es de día tengo que llevar a cabo las obras del día, ya vendrá la noche”. Pero es como si hubiera eso, una especie de hilo directo. También porque hay ese hilo directo somos un Pueblo Sacerdotal, real, profético; somos un pueblo de reyes, de sacerdotes, de profetas, porque eran las figuras que tenían una relación especial con lo divino en el Antiguo Testamento. Y ahora, gracias a Cristo, ya que en Cristo nosotros hemos sido introducidos con Él en la intimidad de Dios, en el abismo de Amor infinito e inefable, y resplandeciente de belleza y de gloria que es la vida divina, hemos sido introducidos ahí y hay como un puente aéreo, que nos une a cada uno, pero que nos une a cada uno también en la medida en que formamos un pueblo, formamos una comunidad, formamos una familia. Es una cosa muy marginal, porque del tiempo éste de pandemia -donde hemos estado recluidos más o menos en nuestras casas y donde hemos perdido quizás alguno a seres queridos, se pueden decir muchas cosas y hay que digerir primero este tiempo antes de que podamos hablar de ellos con tranquilidad y con paz, sin ambages- uno de los frutos de ese tiempo es que nos ha hecho más conscientes a los cristianos de que formamos parte de un pueblo. Es el pueblo nacido de la Pascua de Cristo. Sois, mis queridos hermanos -yo termino siempre diciendo cuando introduzco la homilía-, “Santo Pueblo de Dios, Pueblo Santo de Dios”.

El Señor nos ha introducido en Su vida divina y podemos tener la certeza de que se cumple la Promesa del Señor: “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. Está continuando la obra que Cristo hacía: comiendo con sus discípulos, perdonando los pecados, sanando en lo profundo las heridas de nuestra mente y de nuestro corazón, abriéndonos el horizonte de nuestro destino verdadero, que es la vida eterna, que nos libra del temor a la muerte, que es el arma del diablo, es el arma del Enemigo para tenernos oprimidos, asustados, encogidos en nuestro corazón y en nuestra esperanza. No, Señor. Hacemos lo que las leyes nos pidan hacer, pero hasta en un campo de concentración se puede ser libre como lo han demostrado más de un santo, sobre todo pienso en san Maximiliano Kolbe. Se puede ser libre si el amor y la esperanza, no se empequeñecen. Y nuestro amor y nuestra esperanza no se empequeñecen porque el Rey de la Gloria está con cada uno de nosotros. Y Su don, todo el Acontecimiento de Cristo se renueva en cada Eucaristía. En cada Eucaristía, haciendo memoria del sacrificio de la cruz, sucede de nuevo el don que el Señor nos hace de Su Espíritu en Su cuerpo, que está misteriosamente presente, pero que nos acompaña a lo largo del camino de la vida.

Viático. A veces hemos reservado esa palabra para los enfermos muy graves, porque es verdad que el Señor, en ese momento, les acompaña en el último camino. Pero el Señor es “viático” a lo largo de todo nuestro camino. Nosotros somos “viatores”, los que van de camino, los peregrinos; peregrinos hacia nuestro Hogar, hacia nuestra Casa. La muerte no nos destruye, nos conduce a nuestra Casa, nos introduce en nuestra Casa, nos lleva a nuestro Hogar. Lo doloroso es que no vamos todos juntos, las personas que queremos; lo doloroso es que nos separamos y esa separación duele, hiere y amenaza, y el Enemigo la usa para destruir nuestra esperanza y nuestra fe, pero, sobre todo, nuestra esperanza.

Mis queridos amigos, Dios está con nosotros. Jesucristo está con nosotros todos los días hasta el fin del mundo. No somos un pueblo de personas temerosas. Luego, quien tiene miedo pues lo tiene, y somos pecadores, y somos frágiles, y nuestra fe es débil, y no hay nada que nos escandalice, y menos que de nadie que de nosotros mismos. Pero somos llamados a una vida de libertad. Somos llamados a una vida de no temor. De no temor de ningún tipo: ni de la muerte, ni de las circunstancias del mundo, ni de los poderes del mundo. ¿Por qué? Porque el Señor está con nosotros. Viene a nosotros. Y viene a nosotros porque se encarnó, y porque ha introducido nuestra humanidad en el Cielo para poder dejar sembrada en ella el Espíritu Santo de Dios.

Vamos a prepararnos en estos días orando, como los discípulos. Orando en común. Tenemos, mientras estemos en la fase que estemos -la una, la dos, la que sea-, más ratos para orar juntos, en familia. Pidamos, supliquemos el Espíritu de Dios, porque no vendrá ninguna salvación al mundo si no es a través de Jesucristo. Y a Jesucristo los hombres sólo le encuentran en Su cuerpo y somos nosotros. Tienen que ver en nosotros la novedad de vida que Cristo nos ha regalado, que Cristo nos regala, que Cristo nos regalará siempre que le abramos el corazón.

Y pedimos unos por otros para que ninguno desfallezcamos. Para que el Señor nos sostenga. Para que Su amor sea nuestra fortaleza. Y Su Espíritu el principio de nuestra vida, de nuestra vida verdadera, nuestra vida plena, de la vida para la que el Señor nos ha creado, que es la vida divina. Sí, hemos sido creados para la Vida de Dios. Y menos que eso nunca nos deja satisfechos. Nunca nos hace experimentar una felicidad de verdad.

Concédenos, Señor, vivir Tu don; vivir Tu Presencia de una forma que no sea ambigua, inequívoca, transparente, sencilla, porque somos pecadores y somos pobres criaturas, pero llenos de Ti. Llenos de Ti.

Que así se apara vosotros. Que así sea para todo el pueblo cristiano, el de Granada y quiera Dios el de la Iglesia entera. Que así sea también para mí, pobre hermano vuestro, igual que vosotros, pero lleno de gozo por la Redención de nuestro Señor.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

Iglesia parroquial Sagrario-Catedral (Granada)
24 de mayo de 2020

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