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«El que está en Cristo es una criatura nueva» (2 Co 5,17)

Catequesis en la VIII Jornada Mundial de la Juventud (Denver)

Fecha: 12/08/1993. Publicado en: Boletín Oficial de las Diócesis de la Provincia Eclesiástica de Madrid (1993), 688-702



Muy queridos amigos:

1. Quiero comenzar pidiéndole a Jesucristo, nuestro Salvador, y a la Virgen María, madre de Cristo y madre nuestra, que me dé palabras justas y verdaderas, para llegar a vosotros, y que esta hora de gracia no pase en vano a nuestro lado. Que el Señor abra nuestra inteligencia y quite los obstáculos de nuestro corazón, para que el don que se nos ofrece dé fruto en nuestras vidas, "al ciento por uno" (Mt 13,23).

La gracia es hoy para nosotros el hecho de estar aquí, unidos por un mismo espíritu, jóvenes, educadores, pastores, provenientes de tantos países, con tantas culturas diversas. Este hecho es un signo de la Iglesia. Somos muchos, y formamos un solo pueblo. Somos un mismo cuerpo, una misma realidad. Somos un signo de que es verdad lo que hemos escuchado hace un momento: "el que está en Cristo es una criatura nueva".

2. San Pablo decía con esta frase lo que era su experiencia del encuentro con Cristo: conocer a Cristo era como ser creados de nuevo, como volver a nacer. Encontrar a Cristo   como San Pablo lo había encontrado   es una cosa así de decisiva, así de radical, porque conocer a Cristo, el Hijo de Dios, el Redentor, es acceder a la vida verdadera, es ya la vida eterna (cf. Jn 17,3). Es encontrar nuestro destino, y por eso, encontrar la verdad de nosotros mismos, la verdad de nuestra existencia.

Esto significa, al menos, dos cosas: en primer lugar, que el encuentro con Cristo es tan importante como la vida, o más aún, porque sin El vivir no tendría sentido. Por eso el Señor puede anteponer la relación con su persona a la salud y a la integridad física (cf. Mc 9,35.42-48). Y por eso la Iglesia puede exclamar, en la noche solemne de la Pascua, cuando proclama la resurrección de Cristo: "¿De qué nos serviría haber nacido, si no hubiéramos sido rescatados?" (Pregón de la Vigilia Pascual).

En segundo lugar, y precisamente porque Cristo es nuestro destino, el encuentro con Cristo, cuando es verdadero, afecta a todas las dimensiones de la vida: a mi modo de vivir la familia, la amistad, el estudio o el trabajo, el uso del tiempo libre y de las cosas, todo. En realidad, lo que sucede es que el encuentro con Cristo da un nuevo significado al hecho de vivir, y por eso determina toda mi existencia: la relación con la vida, con las personas y con las cosas, y también conmigo mismo. Todo tiene un significado nuevo, un gusto nuevo, un nuevo interés.

3. A nosotros, la afirmación de S. Pablo no nos interesa sólo como el testimonio de algo que le había sucedido a él. Si leemos sus cartas con respeto y amor, como hemos leído hace un momento este pasaje, es porque sabemos que lo que le sucedió a San Pablo es una posibilidad real para nosotros. Aquella experiencia suya no es un hecho del pasado: es una realidad viva en la historia, y una gracia que se nos ofrece a nosotros hoy.

La experiencia de San Pablo, y la de aquellos otros hombres que conocieron a Cristo en el origen, y que nos dejaron su testimonio en los escritos del Nuevo Testamento, es una experiencia viva que, desde entonces, se ha seguido dando en la historia sin interrupción, y que se sigue dando hoy, en la vida de muchas personas. Seguramente vosotros conocéis personas en las que uno puede percibir que es verdad lo que dice San Pablo. Acaso muchos de vosotros podéis reconocer la verdad de sus palabras en vuestra propia experiencia. Un cristiano es eso: alguien que ha encontrado a Cristo, y en Cristo, el significado, el centro de la vida. Eso es lo que explica el que haya personas que se "consagran" a Cristo, esto es, cuya vida es toda ella para Cristo. La racionalidad propia de la consagración de la vida a Cristo, en el sacerdocio, en la vida religiosa o en otras formas de la vida consagrada, está toda ahí: uno puede darle a Cristo la vida porque Cristo es el centro, el significado y la meta de la vida humana.

4. En este momento es preciso responder a una dificultad que veo apuntarse en vuestros rostros. Hay también --me diréis-- muchos cristianos, acaso entre nosotros mismos, en cuya vida resulta difícil percibir que Cristo sea el centro de todo. Es como si el ser cristiano no significara gran cosa en la vida, como si por el hecho de ser cristiano no sucediera nada importante. Entonces no nos es posible reconocernos en el texto de San Pablo, ni en el testimonio que nos dan otras personas a las que les ha sucedido lo mismo que a San Pablo, desde la primera generación de discípulos del Señor hasta hoy. Y entonces la vida cristiana   o lo que se sigue llamando así por rutina   no tiene atractivo ni belleza, es más bien un fardo pesado que uno quisiera en el fondo no tener que llevar. Un "cristiano" así no conoce el gozo y la alegría que hay en Cristo, no conoce "la vida nueva" en Cristo. Jesucristo no es quien determina nuestra mirada sobre la realidad y nuestra experiencia de la vida, sino que la determinan otras cosas, otros factores, otras instancias.

Siempre hay algo que la determina, porque nuestro corazón está hecho de tal manera, que no puede vivir sin adherirse a nada. El corazón está hecho para adherirse al Misterio que constituye la realidad, que es fuente de su verdad y de su belleza, ese Misterio al que los hombres llamamos Dios. Sólo Dios es más grande que el corazón humano, sólo Dios da sentido a su deseo, y podría colmarlo si se manifestara. Y así resulta que el corazón, o se adhiere a Dios, o se adhiere y depende entonces de otras cosas, más pequeñas que él (las cosas materiales, el engañoso mundo de los instintos) para las que no está hecho, y que no pueden saciarle. Entonces estamos "alienados", esto es, no vivimos la verdad de lo que somos, sino que hemos entregado nuestra verdad a "otras cosas". Entonces no somos nosotros mismos, y no podemos ser felices.

Pero volvamos al punto en que estábamos. ¿Cómo es posible que haya cristianos que no han experimentado ese "volver a nacer" de que habla San Pablo? Muchas personas responderían a esta pregunta diciendo: es que somos débiles, es que el ser humano es frágil. No somos coherentes, y pecamos. Y al pecar, negamos con la vida a Jesucristo, aunque le confesemos con los labios. Esto es verdad, por supuesto. Los mismos santos han conocido la fragilidad y la debilidad humana. Fijaos, por ejemplo, en la experiencia de San Pedro. Pedro había reconocido en Jesús al Hijo de Dios vivo (cf. Mt 16,16), y sabía que su vida no tenía sentido lejos de Jesucristo, pues en un momento en que muchos querían abandonar a Jesús porque algo que había dicho acerca de sí mismo les parecía intolerable, él había exclamado: "¡Señor! ¿A quién iremos? Si sólo Tú tienes palabras de vida eterna" (Jn 6,68). El encuentro con Cristo había sido para él algo tan grande, que había prometido dar su vida para defender la de Cristo (cf. Jn 13,37).  Y, sin embargo, en el momento de la prueba le negó (cf. Mt 26,69-74). La experiencia del pecado, la inadecuación de nuestra respuesta al don de Cristo, es algo que nos acompaña siempre a los hombres. El Señor lo sabe, y por eso la oración que El nos enseñó, el Padre Nuestro, contiene la súplica de que nos perdone "nuestras deudas", es decir, nuestros pecados.

La experiencia misma de San Pedro muestra que no es suficiente recurrir al pecado o a la fragilidad humana para explicar ese fenómeno de un cristianismo vivido sin alegría. Pues Pedro, tan pronto como se dio cuenta de lo que había hecho, "salió fuera y rompió a llorar amargamente" (Mt 26,75). Cuando una persona ha conocido a Cristo, y en un momento, por debilidad, lo traiciona, el corazón sufre, y ese mismo dolor, que hiere al corazón en lo más hondo, da testimonio de Jesucristo. Proclama el amor por Jesucristo, como lo proclamó el mismo Pedro al encontrase de nuevo con el Señor (Jn 21,7.15-19). Es como cuando queremos mucho a una persona, y en un momento, por cobardía o por otro motivo, le somos infieles o le hacemos daño. Al darnos cuenta sentimos vergüenza, nos duele. Si la queremos de verdad, enseguida le pedimos perdón, y buscamos deshacer el mal que hemos hecho, si es que es posible. Evidentemente, si traiciono a esa persona una y otra vez, si esas traiciones repetidas no me duelen y lo que sucede es que no siento necesidad de pedir perdón, entonces es que esa persona no me importa, que no significa nada en mi vida.

Apliquemos ahora esta experiencia a aquello de lo que estamos hablando. No sólo no es frecuente ver a un cristiano llorar por sus pecados, sino que en muchas ocasiones es evidente que Cristo no determina ni la orientación ni las decisiones cotidianas de nuestra vida, y sin embargo, no tenemos ni siquiera conciencia de ello. No lo vivimos como un pecado, no sufrimos por ello, incluso nos consideramos buenos cristianos, que hacemos todo lo que tenemos que hacer. No es, por tanto, el caso de quien ha conocido un amor y lo ha rechazado conscientemente, o lo ha destruido a base de traicionarlo. Y, sin embargo, tampoco experimentamos esa alegría profunda y verdadera que sostiene toda la vida, ni podemos quizás decir con verdad que el encuentro con Cristo nos ha hecho unas personas nuevas, que nos ha dado el ser, que es lo más decisivo que ha sucedido en nuestra vida.

¿No será que en la vida de muchos cristianos no ha sucedido en realidad ese encuentro con Jesucristo? Importa mucho comprender bien esto, porque aquí radica en gran medida la descristianización de nuestro mundo, que es la causa de su desesperanza y de su confusión. Y para comprenderlo, hay que dar a la palabra "encuentro" toda su densidad, toda su riqueza en la experiencia humana. Un encuentro es siempre algo inesperado, alguien que irrumpe en la propia vida y la cambia. Es lo que sucede, por ejemplo, cuando surge el amor entre dos personas, o también cuando nace un niño, y en la vida de los padres se introduce un rostro nuevo, una persona que les reclama constantemente con su presencia a la verdad de su ser padres y a un modo nuevo de vida.

La experiencia que muchos cristianos en nuestra sociedad tienen de Cristo no podría ser adecuadamente descrita con la palabra "encuentro", pues se trata de una experiencia reductiva, en la que Jesucristo afecta sólo a su vida interior, privada. No a todas las cosas, ni a todas las dimensiones de la vida, ni a todo lo que hacen. Esto es un rasgo característico de la cultura moderna, que considera que el hombre se basta a sí mismo para realizarse; y, por tanto, que lo religioso sólo afecta al sentimiento, pero no tiene que ver con la verdad de la vida y de las cosas. Según esta mentalidad, por tanto, lo religioso (y en la cultura occidental, decir "religioso" quiere decir "cristiano") pertenece a la esfera de lo privado, íntimo, pero no tiene por qué reflejarse en realidades como el trabajo, la cultura, la política, la construcción, en definitiva, de la vida humana y de la sociedad. Muchos cristianos han absorbido, como por ósmosis, estos postulados "modernos", y han reducido el significado de la fe cristiana al espacio de la intimidad, de una experiencia "interior", sin caer en la cuenta de que con ello negaban el núcleo mismo de la fe: que Jesucristo es el origen, el centro y la meta de toda la realidad. Al mismo tiempo, y como consecuencia de ello, se dejaba de vivir o se relegaba a un segundo plano el carácter esencialmente comunitario de la pertenencia a Cristo, y de la vida cristiana, esto es, la realidad de la Iglesia como pueblo de Dios y Cuerpo de Cristo. Se olvidaba así que el cristianismo, desde el día en que nace, es un hecho comunitario, sociológicamente visible, y universal.

En la misma medida en que asumía más o menos conscientemente esos postulados "modernos", el cristianismo sólo podía sobrevivir como "sentimiento religioso", como creencia o preferencia privada, o como un sistema abstracto de verdades y de principios morales, pero no como aquella realidad humana y social que históricamente nace del costado abierto de Cristo, en la que se hace patente la redención de Cristo, que está constituida por la presencia de Cristo, y vivificada por su Espíritu Santo. Así se explica que, en nuestro mundo, muchas personas hayan recibido mucha información sobre Jesucristo, o sobre la doctrina de la Iglesia, pero no se hayan "encontrado" nunca con Jesucristo. Es decir, no le han percibido nunca como Alguien vivo y contemporáneo, presente, Alguien "por quien y para quien todo ha sido creado" (Col 1,16), que es la clave de mi existencia y la esperanza de todos los hombres. Una "vida cristiana" así reducida carece de verdad y, por tanto, de belleza, de atractivo. Cuando una persona sin fe se encuentra con cristianos así, no puede sentir deseos de acercarse a Cristo, porque no da la impresión de que Jesucristo signifique demasiado en la vida. ¡Y eso contrasta tan fuertemente con lo que vivía San Pablo y con lo que ha vivido y anunciado siempre la Iglesia! El que ha conocido verdaderamente a Jesucristo ha vuelto a nacer, "es una criatura nueva".

Frente a esta pobre y contradictoria manera de llamarse "cristianos", la Iglesia da testimonio de Jesucristo, principio y fin de todas las cosas, en quien "todo tiene su consistencia" (Col 1,17). Este es el testimonio que resplandece en la vida de los santos, y éste es el testimonio que yo quisiera poner ante vosotros hoy: ¿Quieres vivir de verdad? ¿Quieres que la vida sea algo por lo que uno pueda dar gracias cada mañana, cada minuto de la vida, a pesar de los trabajos y los sufrimientos que hay en ella, a pesar del mal y del dolor, a pesar de la misma realidad de la muerte? Acércate a Jesucristo, ábrele a Jesucristo tu vida, desea con todo tu ser que eso que le sucedió a San Pablo, y que viene sucediendo en la Iglesia desde el origen te suceda también a ti. Porque el encuentro con Jesucristo hace de la vida una realidad completamente nueva, que corresponde por entero a los deseos del corazón. Lo que afirmaba San Pablo es una posibilidad para ti y para mí, es una gracia que se nos da a nosotros hoy.

5. Tratemos ahora de comprender más en profundidad la frase de San Pablo: "El que está en Cristo es una criatura nueva". Y podemos comprenderla desde una experiencia que tenemos todos, un hecho fundamental para la persona humana. La vida se hace interesante cuando sabemos que alguien nos ama, que nuestra vida es importante para alguien. Cuando sabemos que somos amados, estamos contentos, aunque haya otras dificultades, aunque en la vida nos falten otros bienes. Y, en cambio, puede uno tener de todo, y si nos falta el amor, surge en nosotros la tristeza. En cierto modo, el amor de los demás nos crea, nos hace ser, porque ilumina algo de la verdad de nuestra vocación. Eso es verdad hasta tal punto que ningún ser humano viene a la existencia si no es como fruto de un gesto de amor, o que debiera ser de amor. Y una vez que el ser humano ha nacido, su primer gesto espiritual, la primera manifestación externa de su ser persona   la sonrisa  , sólo nace en el rostro del niño como respuesta a la sonrisa y al afecto de la madre (o de otra persona, cuando la madre no está, pero siempre que su amor sea tan incondicional como el que el niño reclama de su madre). Son hechos elementales, pero en los que se expresa el misterio de la vida humana. Y ese misterio permanece idéntico a sí mismo a lo largo de toda la vida. Un niño, un adolescente que crece sin amor, tiene una experiencia negativa de la vida y de la realidad. La ve como hostil, vive marcado por la violencia. Mientras que quien ha conocido en su infancia, en su familia, un amor gratuito y verdadero, justo y misericordioso, podrá luego traicionar ese amor, pero no puede negarlo. Nuestra felicidad es el amor. Una persona que llegara a pensar que no es amada por nadie, no tendría ningún interés por vivir. Sería una persona destruida, y desearía la muerte.

Pero no penséis que al corazón le basta cualquier amor. La palabra "amor" es hoy una palabra devaluada, gastada. No siempre que decimos "amor" o hablamos del amor, esa palabra contiene toda la densidad y la hondura que hay en el deseo de nuestro corazón. El amor que deseamos, y al que remiten todas las experiencias verdaderas de amistad y de amor que hay en la vida, es un amor que sea fiel, y, por tanto, que dure para siempre; que sea gratuito, es decir, que me ame como soy, por lo que soy, y no por lo que poseo, ni por mis cualidades; que sea misericordioso. Por eso el amor de las personas que conocemos, aun el más bello y más grande, no sacia nuestro deseo, aunque sólo fuera porque las personas que amamos y que nos aman tienen que morir. Como nosotros hemos de morir. Lo que deseamos es un amor absoluto, incondicional, definitivo y eterno. Un amor que sólo Dios puede dar. A quien deseamos es a Dios, porque todo en nuestro corazón es nostalgia de Dios, nostalgia de un Amor y de una Vida que no acaben, que no destruyan ni nuestra fragilidad ni el paso del tiempo. Sólo un Amor así podría iluminar la existencia, llenar todo de sentido, darnos verdaderamente la vida.

6. El cristianismo consiste en el anuncio de que ese amor infinito, para el que el corazón está hecho, está presente en la historia desde la Encarnación del Hijo de Dios. Ese amor "vive entre nosotros" (Jn 1,14), tiene un rostro humano, podemos encontrarlo. Por eso el cristianismo es "Buena Noticia", "Evangelio". La noticia buena de que ni siquiera la muerte determina nuestras vidas, porque hay un amor más grande y "más fuerte que la muerte" (cf. Cant 8,6). Un amor que proviene desde antes de que yo fuera concebido   "con amor eterno te amé" (Jer 31,3)  , y que no pasará nunca, que permanece para siempre.

Quiero insistir en esto. El cristianismo no es sólo la intuición de que existirá en alguna parte una justicia, y tal vez una misericordia. Esa intuición la han tenido los hombres religiosos, yo diría que en todas las culturas. El cristianismo es el anuncio de que esa misericordia se ha manifestado, en un momento de la historia, en un rostro humano: el rostro de Cristo. Y se ha manifestado como un amor infinito capaz de salvar mi vida, mi historia y la de todos los hombres, de cargar con ella a sus espaldas. Y aun después de cargar con todo el mal del mundo, ese amor sigue desbordando, infinitamente. Esa misericordia se ha manifestado, y permanece entre nosotros para siempre. Tú y yo la tenemos al alcance de la mano.

Ese amor infinito, esa misericordia, es Jesucristo. En la persona de Jesucristo se ha manifestado el amor infinito de Dios por todos y cada uno de los hombres, por ti y por mí, por todos. Ese amor te acoge como eres, te abraza como eres   con tu forma de ser, tu historia   y se te ofrece, se te da por entero. Es un amor infinitamente fiel, totalmente gratuito. No quiere nada de ti, sino que vivas plenamente; y además, ni tú ni yo ni ningún hombre podríamos darle nada que El necesitara de nosotros a cambio de su amor. Es un amor infinitamente justo, y por eso infinitamente misericordioso. En Cristo, Dios se nos ha acercado, se nos ha desvelado como el Amor infinito que nuestro corazón anhela. Y, por eso, en Cristo se ha manifestado lo que somos, lo que estamos llamados a ser. El sentido y la meta de nuestra vida, nuestra vocación. No hemos nacido fundamentalmente para ser ingenieros, o artistas, o trabajadores, o políticos. Hemos nacido para participar de la vida y del amor de Dios, para vivir en ese amor y de ese amor, para ser hijos de Dios en el Hijo de Dios, Jesucristo. Sólo eso importa. Todo lo demás sólo tiene sentido desde ahí.

Quiero subrayar una cosa: que Jesucristo no sólo habló del amor de Dios, no sólo nos contó y nos enseñó que Dios nos quiere. El ha realizado en su vida ese amor de tal manera, que su propia existencia, su relación con las personas, su modo de estar ante el Padre, ante la vida, las personas y las cosas, es la revelación, a la vez, de que El es el Hijo de Dios, origen y meta de la creación entera, y de que "Dios es Amor" (1 Jn 4, 8.16). Por eso podía decir: "Nadie me quita la vida, yo la doy porque quiero" (Jn 10,18). O también, poco antes de morir: "No hay amor más grande que el de dar la vida por sus amigos (...) Vosotros sois mis amigos" (Jn 15,13-14). Su muerte era el don de su vida: "Esto es mi cuerpo, entregado por vosotros... ésta es mi sangre derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados" (Palabras de la consagración en la Liturgia romana).

En su muerte, y en su victoria sobre la muerte, El nos da su Espíritu, nos hace partícipes de su vida. Por eso, su muerte y su resurrección son el acontecimiento central de la historia del mundo. En su muerte y su resurrección, se nos ha revelado el abismo sin fondo del amor de Dios, el significado de todas las cosas, y se nos da la posibilidad de participar de ese amor. Su muerte y su resurrección son el comienzo, la prenda de nuestra vida. "El que está en Cristo es una criatura nueva" (2 Co 5,17). En Cristo, muerto y resucitado, y que permanece con nosotros "todos los días, hasta el fin del mundo" (Mt 28,20), se ha manifestado la gracia, la misericordia, el Amor (cf. Tit 2,11; 3,4). Y en esa gracia se nos da la vida y la alegría que no pasan, que permanecen para siempre. La posibilidad de una sociedad más justa, más fraterna, más humana   más conforme a la verdad de lo que somos   depende también por entero de que acojamos esa gracia.

7. Este anuncio que hace la Iglesia, y que yo pongo de nuevo ante vosotros hoy, contrasta muy fuertemente con el mensaje que recibís todos los días, de todas partes, del ambiente que vivís, y especialmente, de los medios de comunicación, de la industria del entretenimiento y del espectáculo, que tanto poder tiene en el mundo, y sobre vosotros.

De ese ambiente recibís constantemente el mensaje de que la felicidad está en el dinero, en el tener cosas, en la condición social, en el éxito profesional, en el poder "divertirse" sin límite, en la satisfacción inmediata y sin trabas de cualquier instinto. Tal vez habéis probado ese camino. Entonces sabéis ya que eso no son más que sustitutivos engañosos de un amor que no se ha encontrado. Sabéis que en ese camino hay destrucción y muerte, pero no vida ni alegría. La vida y la alegría están en el amor verdadero, y ese amor verdadero sólo tiene significado a la luz de Cristo. En la presencia y la compañía de Cristo.

Otras veces, quizás, recibís un mensaje diferente, que parece más serio, pero que no es menos engañoso: que la plenitud de la vida, y, por tanto, la tarea de la vida, estaría en construir un mundo justo, solidario, fraterno. Un mundo en el que dominaran la amistad y la hermandad entre los hombres y los pueblos. Un mundo en que todos pudiéramos vivir como hermanos. Es un bello mensaje, un ideal que corresponde a un deseo muy profundo del corazón. Es, en el fondo, una expresión de ese deseo de amor absoluto que nos caracteriza. No comprendemos el por qué y el para qué de la guerra, ni el por qué del odio o de las injusticias. Nos rebelamos contra el hecho de que el mundo sea como es, y que esté lleno de víctimas causadas por otros hombres. Es un ideal grande, es un ideal de amor. El engaño está aquí en que se os da a entender que ese mundo lo podemos hacer nosotros solos, que bastan nuestras fuerzas, que basta con decidirse y optar por esos valores para caminar hacia una sociedad fraterna y en paz.

Se olvida que en todos nosotros está la herida del pecado. Que no hay entre nosotros quien pueda juzgar a otros, porque todos participamos en la injusticia y en la insolidaridad del mundo. ¿Quién podría decir que no ha hecho nunca daño a nadie? Sólo Dios puede juzgar. Y sólo Dios puede sanar esa herida, "quitar de nosotros el corazón de piedra y darnos un corazón de carne" (Ez 11,19), un corazón capaz de amar sin límites. Pensar que podemos, sin la gracia de Dios, darnos a nosotros mismos ese corazón, es, cuando menos una ingenuidad. Y en la mayor parte de los casos, una hipocresía.

Todos los hombres entendemos que un mundo construido sobre la fraternidad y el amor sería un mundo mejor. Todos deseamos la justicia y la paz. Pero entonces, ¿por qué no somos capaces de realizarlo? Desde hace dos siglos al menos, este mensaje, esta especie de "evangelio descafeinado y light" no ha cesado de resonar en el mundo. Con él se ha querido sustituir el único Evangelio, el Evangelio de Jesucristo. Se ha querido construir un mundo en paz sin Dios, una esperanza sin Cristo, un amor sin la transformación de la gracia. La experiencia de nuestro siglo ha destrozado esta hipótesis, de modo que ya casi nadie es capaz de tomársela en serio, pero el mensaje sigue resonando por rutina, por ingenuidad, y a veces, también por intereses de otro tipo. El intento de construir un mundo sin Dios no puede sino conducir a la destrucción del hombre. Eso lo ha mostrado dramáticamente la situación de los países que adoptaron la ideología marxista, que es la que ha intentado más sistemáticamente el experimento. Pero también se pone de manifiesto en la llamada "cultura occidental", en la que hay riqueza, pero también unas pobrezas espeluznantes, y en la que lo que más abunda es la soledad, el desamor y la desesperanza. Nunca como en nuestro siglo se ha proclamado la justicia, la igualdad entre los hombres, la libertad, la solidaridad. Son grandes palabras, grandes ideales, que han nacido y crecido en el corazón de los hombres a la sombra de la experiencia del amor de Cristo, en el alma de los pueblos que han vivido la vida de la Iglesia. Pero, después de nuestro siglo, de las dos guerras mundiales, de las experiencias nazi y comunista, de tanta destrucción en el tercer mundo, y de la quiebra de la alegría y la esperanza en el mundo occidental, no es posible creer que el hombre puede realizarlos sin convertirse de nuevo a Dios, sin abrir su vida   toda su vida, de raíz   a la gracia de Cristo. Un mundo sin Cristo es un mundo abocado a la violencia. Violencia del hombre consigo mismo   ésa se llama desesperación  , y violencia con los demás y con las cosas. La violencia era el signo que dominaba el mundo antes de la Encarnación. Y quizás vuelve a dominarlo ahora. Sólo que no es igual la violencia de un mundo que no ha conocido a Cristo   en el que hay lugar para la súplica y para la búsqueda de la verdad y el amor  , a la de un mundo que reniega de la gracia. Quien rechaza el amor se destruye a sí mismo.

8. Los frutos, en cambio, de haber encontrado a Cristo, y de vivir la vida en su compañía, de su mano, son completamente distintos. Al enumerarlos, se describe la existencia humana auténtica. El primero de esos frutos   ya hemos hablado de esto antes   es el gusto por la vida. No es que la vida pierda su carácter dramático, ni su misterio. Pero ese misterio deja de ser una realidad amenazante, hostil, para convertirse en algo fascinante, inmensamente atractivo. Todo tiene interés, porque en el fondo de todo uno percibe el Amor que me ha sido dado, que es la consistencia de todo y que lo llena todo. Todo es amable, todo es don. Las cosas, las personas. Quien tiene la clave de la existencia, porque ha encontrado a Cristo, puede acogerlo todo. El contenido de la vida es la gratitud y la alegría. No la alegría superficial y prefabricada que es sólo un estado de ánimo, sino la alegría que producen la verdad y el amor. Un cristiano ama todas las cosas, como Dios las ama. Puede, incluso, acoger el mal y transformarlo, como Cristo, porque el mal es menos poderoso que el Amor que nos ha sido dado en Cristo. Para quien está en Cristo, hasta el mal o la injusticia de que uno es objeto son ocasión de testimoniar el "amor más grande".

Por eso, porque el contenido de la vida es la gratitud y la alegría, un segundo fruto del encuentro con Cristo es la reconciliación con todo: con uno mismo, con su pasado, con su historia, con sus circunstancias. Con los demás y con las cosas. La certeza de la misericordia que uno ha experimentado se vuelve una fuente de misericordia para con todo lo que le rodea.

Es aquí, en este corazón regenerado por el encuentro con el Amor, donde surge como una posibilidad real y duradera el amor y la unidad entre los hombres. Esta ya no nace de intereses o de necesidades comunes, sino que tiene como fundamento la común participación en la misma vida, en el mismo Amor de Dios, o la común vocación a participar de esa vida. Y esto en todas la relaciones humanas. El encuentro con Cristo hace posible la unión del hombre y de la mujer en una profundidad nueva, da un nuevo significado al amor y la fidelidad. Como da un significado y una verdad nuevos a la familia, a la amistad, a las relaciones comerciales, laborales, a las relaciones entre los pueblos y las naciones. Les da un significado nuevo, y las hace posibles de un modo nuevo. Esta unidad, imposible para los hombres de una forma verdaderamente gratuita y duradera, es el primer testimonio de que Cristo vive, y de su presencia entre nosotros. Es, por eso, la primera condición del anuncio cristiano y de la fe del mundo, como dijo el mismo Señor: "Que todos sean uno (...) como nosotros somos uno (...) y el mundo conozca que Tú me has enviado, y que yo les he amado a ellos como Tú me has amado a mí" (Jn 17,21-23).

Un último fruto del encuentro con Cristo y de la vida nueva en Cristo es la esperanza de la vida eterna. Ni la muerte ni el pecado   el mío o el de los demás   determinan ya mi vida, porque el Amor de Cristo es más fuerte que ambos. El Amor de Cristo nos crea, literalmente, y nos sostiene. Mientras Cristo me ame, yo existiré, y como el Amor de Cristo permanece para siempre, nosotros, y todo lo que hay de verdadero, de bello y de bueno en nosotros, permanecerá para siempre, salvado y rescatado por el Hijo de Dios.

Estoy seguro de no expresar esto adecuadamente. No podéis imaginaros qué diferente es vivir sabiendo que la muerte tiene la última palabra sobre todo, también sobre mí, y sobre las personas a las que quiero (y eso es algo que el hombre sabe siempre, aunque no esté pensando en la muerte), de vivir sabiendo que el Amor que me ha creado y me da la vida es un amor que no acaba. Eso ilumina todo en la vida: le da color y sentido, hace de repente que todo sea importante.

Se pueden describir estos frutos con una sola palabra: libertad. El encuentro con Cristo nos hace libres. Libres en un sentido radical, verdadero. El mundo, y nosotros muchas veces, entendemos la libertad como la posibilidad de elegir entre varias marcas de coches, o de equipos de video, o de dentífricos. Pero en eso no consiste la libertad. Se puede tener esa libertad y no ser libre, sino esclavo. Y esclavo, precisamente, del coche o del equipo de video. O esclavo de sus instintos, del poder, o del sexo, o de la gula, o del apetito de poseer, esclavo en todo caso de la muerte. Sólo el encuentro con Cristo, sólo la experiencia del amor de Cristo puede romper estas esclavitudes. Sólo un corazón renovado y sostenido constantemente por la gracia presente de ese encuentro va ensanchándose y creciendo en la libertad verdadera. Va gustando esa libertad, que le es dada, y desde la cual puede vencer al pecado y vivir en el amor. La experiencia de esa libertad, inaccesible al hombre desde sí mismo, es ya prenda de la otra libertad, la libertad de la muerte.

9. Un último punto. Yo quiero encontrar a Cristo, yo deseo que me suceda lo que le había sucedido a San Pablo, lo que les ha sucedido a tantos otros, que al encontrar a Cristo encontraron la vida, el valor de su vida, hasta el punto que muchos   de ayer y de hoy   dan su vida con tal de no perder a Cristo, de negarle con la vida o con los labios. Esos son los mártires. Pero ¿dónde puedo yo encontrar a Cristo? ¿Qué debo hacer?

Cristo vive en su Iglesia, en los suyos, en los que están unidos a El por la fe y el amor. "Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo" (Mt 28,20). Estas son las últimas palabras del Señor resucitado que nos relata el evangelio de San Mateo. Cristo resucitado y vivo está presente en la Iglesia, a la que El ha comunicado su Espíritu, su principio de vida. Por eso decimos que la Iglesia es "su cuerpo", es decir, la humanidad en la cual nosotros hoy nos podemos encontrar a Cristo como nosotros nos encontramos entre nosotros: en un rostro, en unos gestos, a través de un cuerpo que nos expresa y nos dice, con el que nos acercamos y nos damos unos a otros. La Iglesia es hoy el cuerpo de Cristo, la prolongación de aquel cuerpo que él asumió de la Virgen, y que permitió que los hombres le vieran, le oyeran, le tocaran, pudieran experimentar su amor.

Cristo vive en su palabra, que por ser la Palabra del Hijo de Dios "permanece para siempre": "los cielos y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán" (Mt 24,35). Esa palabra resuena en la Iglesia, pero es la Palabra de Dios, a través de la cual Cristo te llama y te habla. Cristo vive en los sacramentos, en esos gestos que El dejó a su Iglesia, a través de los cuales El sigue actuando en el mundo, renovando día tras día la Redención. En el bautismo, en el que la Iglesia Madre me engendra y me da a luz a la "vida nueva" en Cristo. En el perdón de los pecados, en el que Cristo sigue hoy perdonando, a través de su "cuerpo", que es la Iglesia, como perdonó al paralítico, y a María Magdalena, y al ladrón arrepentido, y a Zaqueo, y a tantos otros. Y en la Eucaristía. Cristo vive sobre todo en la Eucaristía, presencia viva y constante de su amor infinito entre nosotros, renovación misteriosa y permanente del don de su vida al Padre y a nosotros, y por eso, alimento que nos fortalece en el camino. Y vive en los demás sacramentos, en los que se comunica de diferentes modos a los hombres, y comunica a las diferentes situaciones de nuestra vida toda la potencia transformadora de su amor.

Por último, Cristo vive en las personas que han sido transformadas por su gracia, por el encuentro con El y la participación en su amor. De algún modo, ésta es la presencia más importante, porque su presencia en la palabra y en los sacramentos de la Iglesia se ordena a esto: a que los hombres "tengan vida y la tengan abundante" (Jn 10,10), esto es, a que los hombres, por el encuentro con su amor, accedan a la vida plena y eterna. Esta presencia también es especialmente importante porque es una presencia que podemos encontrar, que podemos percibir, al hilo de la vida. En los lugares de estudio y de trabajo, en el trato con los amigos, en el tiempo libre. El encuentro con Cristo sucede, en primer lugar, ahí. En realidad es ahí donde tiene lugar como encuentro humano en el sentido verdadero, como Cristo mismo ha querido que nos encontremos con El. Para que eso fuera posible asumió nuestra carne y se hizo hombre. Y para que eso nos sea posible a nosotros hoy ha comunicado su Espíritu a la Iglesia. El encuentro con Cristo sucede siempre primero ahí, como un encuentro con otras personas, en cuyas vidas hay un atractivo, una vida distinta, que corresponde a los deseos del propio corazón. Luego, uno va percibiendo, poco a poco, que esa vida está sostenida por la fuerza de lo alto, que ese atractivo que uno había sentido es la verdad y la belleza de la gracia de Cristo, que se hallan en la vida de la Iglesia. Pero no se empieza por ahí. La presencia de Cristo en su palabra o en los sacramentos de la Iglesia sólo la percibe quien ya conoce a Cristo, quien ya cree en El. Mientras que todo ser humano puede conmoverse ante una vida que desborda alegría y amor.

Por eso, mis queridos amigos, éste es mi consejo, mi última reflexión de esta mañana: ¿Queréis encontrar a Cristo? ¿Queréis gustar esa vida nueva que hay en Cristo? En primer lugar, suplicadle que ese deseo crezca más y más en vosotros, que ese deseo guíe vuestra vida y abra vuestros ojos, para que Cristo no pase a vuestro lado y no le veáis. Suplicadle que ese deseo de vuestro corazón y de vuestros ojos esté particularmente despierto estos días, en los que la presencia de Cristo   en la persona del Papa, en la unidad de todos nosotros en torno al Vicario de Cristo   resplandezca de forma extraordinaria.

Suplicadle todo esto, y buscadle, que El no se oculta de nadie que le busca sinceramente, y se dejará encontrar. Ya ese deseo que hay en tu corazón, y que te ha traído hasta Denver, es don suyo, es obra de su gracia, y quiere decir que El te ha llamado, que quiere hacerte partícipe de su amor. Buscadle donde El está, en la vida de la Iglesia, en el rostro de los santos, de las personas que han experimentado su amor. Buscad a aquellos en los que Cristo vive, en los que podéis reconocerle, en los que podéis reconocer su amor. Buscadlos y seguidlos   hay muchos cerca de vosotros  , haced de ellos vuestros maestros, fijaos en ellos y aprended de ellos qué significa vivir. Ellos os conducirán hasta la plenitud de Cristo. Y así experimentaréis ese nuevo nacimiento, esa vida verdadera para la que hemos nacido, hecha de gozo y de esperanza, de libertad y de amor.

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