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Homilía en el primer aniversario de la dedicación de la Catedral de la Virgen de la Almudena

Catedral de la Virgen de la Almudena (Madrid)

Fecha: 15/06/1994. Publicado en: Boletín Oficial de las Diócesis de la Provincia Eclesiástica de Madrid (1994), 502-508



Excelentísimo Cabildo Catedral,
queridos hermanos sacerdotes,
muy queridos hermanos y hermanas:

1. Hace hoy exactamente un año que los católicos de Madrid vivíamos, unos en este mismo lugar, otros, a través de las pantallas de televisión instaladas en la plaza de la Catedral o en sus casas, aquella tarde memorable en la que Su Santidad el Papa Juan Pablo II inauguraba y dedicaba este templo de Santa María la Real de la Almudena como Templo Catedral de la Archidiócesis de Madrid.
Será muy difícil que quienes tuvimos la ocasión de vivir aquel momento de gracia podamos olvidarlo nunca. Será muy difícil que se borren de nuestra memoria aquellas imágenes del Santo Padre incensando o ungiendo el nuevo altar, símbolo de Cristo en medio de su pueblo, roca sobre la que se edifica su Iglesia, de forma que ni vientos ni tempestades puedan derribar la casa que el Señor ha construido para nosotros.

Era un gozo, era una gracia ver a la Roca de carne y hueso, al sucesor de Pedro, principio personal de la unidad de la fe y de la comunión de toda la Iglesia Católica, ungiendo con tanta humildad, con tanta verdad y tanto amor, esta otra roca, este altar de piedra que representa simbólicamente a Cristo, la fuente de la verdad y de la vida para todos los hombres.
Era un gozo, era una gracia que el Santo Padre viniese hasta nosotros para "confirmar en la fe a sus hermanos" (Lc 22,32), haciendo así patente con su presencia la unidad de la Iglesia en la fe y el amor al Unico Señor, nuestra vida y nuestra esperanza: Jesucristo, el Hijo de Dios, por quien y para quien todo ha sido creado, y en quien todo tiene su consistencia (cf. Cl 1,16-17).
2. Por eso, un año después, nos reunimos en esta celebración de acción de gracias al Padre, por Jesucristo y en la unidad del Espíritu Santo, para expresar nuestra alegría y nuestra gratitud porque Madrid tiene ya su catedral, que como Iglesia particular tánto necesitábamos, y por aquella gracia especial que fue su dedicación por el mismo Vicario de Cristo y cabeza de la Iglesia, que con este gesto mostraba una vez más su amor y su solicitud pastoral por todas las Iglesias. ¡Gracias, Señor, por el Santo Padre! Gracias por el don que supuso para nuestra Iglesia de Madrid su presencia entre nosotros, y especialmente la dedicación de nuestra catedral. Gracias porque su persona y su vida son un don inmenso que Dios nos ha hecho a todos, y que a todos nos ayuda a percibir mejor ese secreto de la vida humana que hemos conocido en Cristo. Ese secreto que consiste en saber que la vida sólo es bella y verdadera cuando se da, que la vida es para darla, sea cual sea nuestro estado y nuestra vocación, y que en eso consiste nuestra realización como personas. El Santo Padre es un testimonio y un punto de referencia constantes de esta consecuencia primera y fundamental de la fe.

3. Al recordar en este primer aniversario la dedicación de este templo, nuestra gratitud quisiera llegar a todos los que han hecho posible, con su esfuerzo y con su generosidad, la terminación de la Catedral. Y en primer lugar, a nuestro Cardenal, sin cuya constancia y dedicación la conclusión de las obras no hubiese sido nunca posible. El hubiese querido estar aquí esta tarde, pero, como todos sabéis, está participando en Roma en el Consistorio Extraordinario que el Papa ha convocado precisamente en estos días. A todos quiero hacer llegar, en su nombre, su afecto y su bendición.

Nuestra gratitud se extiende también al Patronato para la Terminación de las Obras de la Almudena, que con tanta fidelidad y desinterés supo llevar a cabo su misión; y a todas las instituciones y personas que con sus donativos hicieron esa terminación posible. Yo quisiera hacer memoria hoy aquí especialmente de los más pequeños, de los más sencillos: como aquella buena mujer que trabajaba en una empresa de limpiezas y una tarde me abordó en la calle de Bailén, a las puertas del arzobispado, y me pidió que entregase un donativo de doscientas pesetas para la terminación de la Catedral. Había venido hasta aquí por la tarde, porque, como mujer trabajadora, no podía desplazarse por las mañanas. El Obispado estaba cerrado, y ella no quería irse sin dejar su donativo. ¡Dios mío, cuántos como ella! ¡Cuántos fieles de Madrid, y también de otras partes, han contribuido así, anónimamente, llenos de fe, haciendo como ella un esfuerzo para que la diócesis de Madrid pudiera tener este lugar que simboliza visiblemente nuestra Iglesia, esta porción del pueblo de Dios reunida en torno a su Obispo y Pastor! Ellos son, sobre todo, los que con su fe han estimulado las obras y han construido la catedral de la Almudena. A ellos, a todos ellos, conocidos sólo para Dios, va hoy fundamentalmente nuestra gratitud y nuestro homenaje.

4. Dejadme mencionar una anécdota del Santo Padre aquella misma tarde del 15 de junio de 1993, después de finalizar la celebración de la Dedicación de la Catedral. El Papa se había despojado ya de los ornamentos en la sacristía preparada en el edificio del Arzobispado, y salía ya hacia la calle. Allí estaba una multitud de personas, homenajeando al Papa con sus gritos llenos de cariño y de fe. Decían: "¡Se ve, se siente, el Papa esta presente!" Tras saludar con la mano, el Papa pidió el micrófono. Y cuando se hizo silencio, coreó él mismo: "¡Se ve, se siente, que aquí hay una Iglesia de piedras vivas! ¡Y esa Iglesia de piedras vivas es la que ha construido la catedral!" Esa Iglesia de piedras vivas, de la que la catedral es símbolo y expresión, es la que hay que seguir construyendo, cada día, con la gracia de Dios, como un templo vivo en el que Dios mora, en el que habita, que El vivifica con su Espíritu.

Ese templo, esa "morada de Dios con los hombres" de que hablaba la segunda lectura, ese pueblo de "adoradores en Espíritu y en verdad" que prometía el Señor en el evangelio que acabamos de proclamar, sois vosotros, somos nosotros, mis queridos hermanos y hermanas, unidos por la comunión en la misma fe y alimentados por el mismo cuerpo de Cristo, congregados por el Señor en la unidad de su Iglesia, en torno a Pedro y al Obispo en comunión con Pedro. Esa Iglesia de Dios, esa "familia de Dios" que somos nosotros, frágiles, pero salvados por la verdad y el amor de Cristo, es en el mundo el comienzo de "los nuevos cielos y la nueva tierra", el germen de una humanidad siempre nueva, verdadera, a la medida de la vocación del hombre. Y por eso, porque ese pueblo está vivificado por la gracia de Cristo, en ese pueblo está la esperanza del mundo.

5. Recordáis sin duda cómo el Santo Padre nos decía, en su homilía de aquella tarde: "A semejanza de este edificio material que hoy dedicamos para gloria de Dios, y en cuya edificación todas las piedras, bien ensambladas, contribuyen a su estabilidad, belleza y unidad, por ser hijos de Dios, vosotros, mediante el bautismo, «como piedras vivas, entráis en la construcción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por Jesucristo». Y en la base de este edificio, estará, como garantía de estabilidad y perennidad, «la piedra angular, escogida y preciosa» (1 P 2,5-6), cuyo nombre es Jesucristo".

"Por eso, ¡no dañéis ese templo! No entristezcáis al Espíritu Santo de Dios con el que habéis sido marcados (cf. Ef 4,30). Al contrario, cuidad la unidad de la fe y la comunión en todo: en el sentir y en el obrar, en torno a vuestro pastor. En efecto, el Obispo, en comunión con el sucesor de Pedro   "roca" sobre la que se edifica la Iglesia (cf. Mt 16,18)   es el Pastor de cada Iglesia particular, y ha recibido de Cristo, a través de la sucesión apostólica, el mandato de enseñar, santificar y gobernar la Iglesia diocesana (cf. Christus Dominus, n.11). Acogedlo, amadlo y obedecedle como a Cristo; orad constantemente por él, para que desempeñe su ministerio con total fidelidad al Señor"(Juan Pablo II, Homilía en la Dedicación de la Catedral de la Almudena, n.4).

La palabra del Papa nos invitaba aquella tarde a ser una Iglesia viva, fuertemente unida a Cristo mediante la comunión con los pastores, comunión que es garantía de permanencia en el tesoro de fe y de vida recibido de los Apóstoles. Esa comunión no es algo externo, marginal a la existencia cristiana. Constituye el modo mismo de la vida de la Iglesia. Es también la condición indispensable de una evangelización fecunda, es decir, de que Jesucristo sea conocido y amado por los hombres, para que puedan encontrar en El la vida verdadera, la vida en la verdad y en el amor que todo hombre y toda mujer anhelan, pero que sólo en Jesucristo podemos alcanzar.

6. También de la evangelización y de la misión de la Iglesia, de nuestra Iglesia, nos hablaba el Papa aquella tarde. "La Iglesia   decía   ha de ser en la hora presente fermento del Evangelio para la animación y transformación de las realidades temporales, con el dinamismo de la esperanza y la fuerza del amor cristiano. En una sociedad pluralista como la vuestra, se hace necesaria una mayor y más incisiva presencia católica, individual y asociada, en los diversos campos de la vida pública. Es por ello inaceptable, como contrario al Evangelio, la pretensión de reducir la religión al ámbito de lo estrictamente privado, olvidando, paradójicamente, la dimensión esencialmente pública y social de la persona humana. ¡Salid, pues, a la calle, vivid vuestra fe con alegría, aportad a los hombres la salvación de Cristo, que debe penetrar en la familia, en la escuela, en la cultura y en la vida política! Este es el culto y el testimonio de fe a que nos invita la presente ceremonia de la dedicación de la catedral de Madrid". A que nos invita hoy de nuevo la celebración de este aniversario. A que nos urge nuestra condición de portadores y templos de Cristo, y también la situación del mundo en que vivimos.

Mis queridos hermanos y hermanas, todos vemos, y cada día con más claridad, la necesidad que tiene este mundo nuestro, tan querido, de encontrar caminos para esa humanidad verdadera. Todos sentimos la urgencia de un mundo más humano, más honesto, más solidario. Un mundo donde el hombre sea amado por sí mismo, donde la dignidad de la persona sea valorada y respetada, desde el primer momento de su concepción hasta la muerte. Un mundo en que la vida y la muerte tengan sentido, en que la verdad sea valorada y la mentira rechazada, en que los hombres no luchen entre sí sino que cooperen como hermanos al bien común de todos. La posibilidad misma de que ese mundo surja está vinculada a que los cristianos prestemos oídos a estas palabras del Papa que acabo de citar. A que no escondamos el don que Dios nos ha hecho en Cristo, sino que lo propongamos a todos en todo lo que somos y hacemos, con humildad y libertad, a la vez que con un profundo respeto por la verdad y la dignidad de cada hombre.

7. A todos ruego que, en esta liturgia de acción de gracias, oréis especialmente por la persona del Santo Padre y por nuestro Cardenal Arzobispo; que Cristo Redentor los fortalezca y haga más y más fecundo el don de su vida para bien de los hombres. Orad también por el Consistorio extraordinario que en está teniendo lugar en Roma: los asuntos para los que el Santo Padre ha convocado a los cardenales de la Iglesia Católica conciernen a la vida de toda la Iglesia en este delicado y difícil momento de la historia, y nos conciernen, por tanto, también a nosotros. Estemos, pues, unidos a ellos en la oración y el sacrificio, y pidamos al Señor de la Iglesia y al Espíritu de la Verdad que les ilumine y les guíe en sus deliberaciones y trabajos, para que por ellos la Iglesia entera se disponga, con apertura de corazón, a acometer la Nueva Evangelización que el mundo necesita cada vez con más urgencia, casi en la víspera ya del comienzo del tercer milenio cristiano.

Señora nuestra, Virgen María de la Almudena, Madre del Redentor y de la Iglesia, modelo y paradigma de toda vida cristiana y de toda humanidad verdadera: tus hijos, reunidos hoy en torno a Cristo para dar gracias al Padre por la inauguración, hace un año, de este templo catedral construido en tu honor, por tu intercesión rogamos a Dios por toda la Iglesia y por todo el pueblo de Madrid.
Que esta porción de la familia de Dios sea una Iglesia cada vez más viva, más capaz de testimoniar ante el mundo que la verdadera humanidad nace de Dios. Más valiente y esforzada en anunciar a Jesucristo vivo, plenitud y esperanza de los hombres, y en mostrar la vida y la verdad que nacen de la adhesión a su persona. Más unida --entre unos y otros, y también con sus pastores-- por los lazos de la caridad y el amor que brotan del Espíritu de Cristo. Más dispuesta a dar su vida --como el mismo Señor en quien creemos, cuya donación de sí hasta la muerte celebramos en cada Eucaristía-- por la vida del mundo y de todos los hombres.
Te rogamos, Madre, que presentes al Señor de todo nuestras necesidades y nuestras súplicas, y las de todos los que viven en esta ciudad y esta archidiócesis. Atiendenos, Señora, oye nuestra plegaria. Cuida de los necesitados y afligidos, infunde esperanza en los abatidos, alivia la soledad de los que se sienten abandonados, llena a todos de la fe y el amor que hacen que la vida y la convivencia humanas sean justas y verdaderas. Ayuda a nuestras autoridades, para que en todo favorezcan la solidaridad y busquen sólo el bien común. Sostén a los jóvenes y a los niños: que puedan crecer en un mundo en el que el amor y la verdad son más visibles y más atractivos que el egoísmo y el placer, que el poder y la violencia. Que puedan crecer en un horizonte sano y limpio, que facilite la esperanza en Dios y dé razones sólidas para estar agradecido por el don de la vida. Líbralos, con la ayuda de todos, de las plagas del mal uso del sexo, del alcohol y de la droga, que nacen precisamente de la carencia de sentido en la vida, y que destruyen a tantos jóvenes. Ayudanos a todos, padres y educadores, autoridades y amigos, a mostrarles con amor el camino de la verdad y de la vida, que no es otro que tu Hijo Jesucristo.

En este día, Señora, te pedimos especialmente por los matrimonios y por las familias de nuestra archidiócesis. Es en la familia, "santuario del amor y de la vida", donde la persona humana puede aprender a reconocer su dignidad y su vocación. Donde es posible aprender, con la ayuda de la presencia y de la gracia de Cristo, que el amor es el contenido y el significado de la vida humana. Protege a los matrimonios, cuida de las familias, haz que se mantengan firmes en la unidad y que crezcan en el amor. Haz que las familias sean verdaderas Iglesias domésticas, lugar en el que Cristo es el centro, para que no falten nunca en ellas la alegría y la esperanza. Ayuda en particular a las familias que viven momentos de dificultad, por falta de trabajo o de sustento, o por falta de amor. Haz que quienes estamos cerca de ellas sepamos ayudarles eficazmente. Y bendice a todos tus hijos, cercanos o alejados, desde este lugar, desde este templo que te está dedicado por nuestro amor, y desde el que esperamos que tu auxilio llegue a todos los madrileños, a todos los hombres.
¡Santa María de la Almudena, ruega por nosotros!

† Javier Martínez
Obispo auxiliar de Madrid

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